
La carpa en llamas
Cuando llega Semana Santa, el circo político del norte del país instala su carpa en uno de los escenarios naturales más bellos de Coahuila: la sierra de Arteaga. Miles de visitantes suben como espectadores a disfrutar del paisaje, del aire fresco y de los bosques de pino y encino que, durante unos días, se convierten en el palco natural de la temporada vacacional.
Pero en este espectáculo también aparecen personajes peligrosos: los malabaristas del fuego.
No son artistas del circo. Son visitantes irresponsables que creen que prender una fogata en medio del bosque es parte del picnic. Lo hacen para asar carne, para calentarse o simplemente por descuido. Y ahí es cuando el espectáculo deja de ser familiar y se convierte en tragedia.
En el circo de la realidad, una chispa puede convertirse en un incendio forestal.
En Coahuila ya lo sabemos. Cada año, durante la temporada de calor y vientos, los bosques enfrentan el riesgo de incendios que consumen cientos o miles de hectáreas. En muchas ocasiones, el origen no es natural: es humano. Una fogata mal apagada, una colilla de cigarro o una quema imprudente bastan para que el fuego se convierta en un monstruo fuera de control.
Cuando eso ocurre, entran a escena los verdaderos héroes del circo: brigadistas forestales, voluntarios, personal de Protección Civil, CONAFOR, autoridades estatales y municipales. Ellos son los trapecistas que trabajan al límite, muchas veces colgados entre humo, viento y llamas, para evitar que el bosque desaparezca.
Pero el problema es que apagar incendios cuesta caro. Muy caro.
Mover brigadas, helicópteros, equipo especializado y maquinaria implica millones de pesos. A eso se suma la pérdida ambiental: árboles que tardaron décadas en crecer, fauna desplazada o muerta y suelos que tardarán años en recuperarse.
Por eso la ley es clara y no tiene humor circense.
Provocar un incendio forestal es un delito.
El Código Penal Federal establece sanciones que pueden ir de dos hasta diez años de prisión, además de multas que pueden superar los tres millones y medio de pesos, dependiendo de los daños ocasionados. No se trata de una advertencia simbólica: es una responsabilidad legal.
Dicho de otra manera: el que juegue al “tragafuego” en el bosque puede terminar haciendo su función… pero desde una celda.
La sierra de Arteaga no es un parque de diversiones. Es uno de los ecosistemas forestales más importantes del sureste de Coahuila. Sus bosques capturan carbono, recargan acuíferos, regulan el clima y sostienen una enorme biodiversidad.
Cuidarlos no es un acto romántico. Es una obligación colectiva.
Esta Semana Santa, miles de familias volverán a subir a la montaña. Habrá campamentos, caminatas, ciclismo y días de descanso en medio de la naturaleza. Todo eso es parte del espectáculo que ofrece la sierra.
Pero el libreto debe ser claro: sin fogatas, sin fuego y sin descuidos.
Porque en este circo, si alguien prende la mecha equivocada, no se levanta el telón de los aplausos… se levanta una nube de humo que puede devorar el bosque entero.
Y cuando el bosque se quema, el show termina para todos.
“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos”
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