
El mejor líder es aquel del que nadie sabe que es el líder.
Lao Tsé
Como animal social, el ser humano, a lo largo de su historia, ha delegado responsabilidades y poder en personas a las que considera destacadas y las ha llamado líderes. Para garantizar su seguridad y supervivencia en las mejores condiciones posibles, se ha sometido a su autoridad.
En su necesidad de creer en algo superior que puede salvarlo de sí mismo y de todos sus enemigos, ha llegado incluso a sacralizarlas. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más profana, más mundana y, al mismo tiempo, más esperanzadora.
Sí, existen personas brillantes, valientes y dignas de admiración, pero, a diferencia de lo que creemos, están en todas partes, y usted que me lee ahora puede ser una de ellas. El verdadero liderazgo no nace únicamente en los grandes escenarios ni en los discursos multitudinarios. Cada ser humano tiene la capacidad de ser un líder, comenzando por sí mismo.
Ese ciudadano que actúa con honestidad aunque nadie lo observe es su propio líder. No está esperando que otros hagan algo para hacer lo propio ni que nadie le dé la orden. La sociedad suele esperar que su líder resuelva todos los problemas colectivos, como si su destino dependiera únicamente de los poderosos.
Pero las sociedades no se transforman solamente desde arriba; de hecho, lo hacen en realidad desde abajo, desde la ciudadanía y no desde el mando. De la misma manera, los pueblos no se destruyen solamente por la ausencia de grandes líderes, sino, sobre todo, cuando las personas comunes renuncian a asumir su responsabilidad moral y cívica, que es convertirse en ciudadanos conscientes, participativos y comprometidos.
El liderazgo aparece en la vida del ser humano cuando comprende que su conducta tiene consecuencias en los demás, y que el respeto, la honradez y cualquier otra cosa que exija debe practicarla primero. La seguridad, la armonía y las oportunidades no nacen únicamente de leyes o gobiernos, sino de la manera en que cada persona decide comportarse con quienes la rodean. Así es como el ciudadano deja de ser un simple espectador y se convierte en protagonista.
Muchas personas experimentan esta conciencia después de un gran dolor, de la decepción o del cansancio social. Desafortunadamente, muchas otras no: se dan por vencidas e incluso se envilecen.
Viktor Frankl escribió que «al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias». Allí reside la esencia del liderazgo verdadero, pero también de la autoderrota.
La ciencia también ha comenzado a comprender esta dimensión humana y colectiva. Diversos estudios en psicología social y neurociencia han demostrado que las conductas positivas son contagiosas dentro de las comunidades, tal como las negativas.
Investigaciones de la Universidad de Harvard y otras instituciones han señalado que la empatía, la cooperación y la responsabilidad social generan efectos en cadena capaces de modificar comportamientos colectivos. El ser humano influye constantemente en los demás, incluso sin darse cuenta.
Cuando una persona comprende esto, deja de sentirse impotente. Descubre que no necesita ocupar un gran cargo para cambiar su entorno y que su manera de hablar, actuar y convivir también es una forma de liderazgo. La transformación del mundo comienza en las pequeñas decisiones diarias.
Esta forma de liderazgo humano nos da la oportunidad de darle sentido a nuestra existencia. Hay una gran satisfacción en un gesto de bondad que cambia el día de alguien; en retener una palabra en la punta de la lengua para evitar una herida; en una actitud honorable que inspire a otros, sin necesidad de reconocimiento.
La verdadera grandeza rara vez hace ruido; el verdadero liderazgo es poner el ejemplo. Las sociedades no son otra cosa que la suma del comportamiento de quienes las integran. Cada uno de nosotros tiene, efectivamente, el poder de cambiar el mundo.




