
Me agrada la sabiduría popular que se manifiesta perfectamente al retratar la realidad en refranes o dichos. Al expresarlos, suelen ir acompañados de un aprendizaje, un pensamiento o una moraleja que sirven para llamar la atención sobre alguna situación. Por ello, utilizo en esta ocasión el refrán “Farol de la calle oscuridad de la casa” para demostrar cómo el gobierno federal parece hacerlo realidad. Con sus acciones es indudable que se preocupa más por servir afuera que cuidar lo más importante: a los mexicanos. Me refiero a la ayuda incondicional que le ofrece el actual gobierno a Cuba, cuando el país no está en condiciones de hacerlo.
Recordemos que en 1959 triunfó la Revolución Cubana, situación que provocó el deterioro de la relación con Estados Unidos, debido al rechazo de Washington por la política comunista asumida por Cuba. En ese momento, nuestro país fue el único que reconoció al nuevo gobierno cubano. Estados Unidos respetó la decisión del gobierno mexicano; sin embargo, se aseguró de que nuestro país no se viera influenciado por la ideología comunista. Su principal líder Fidel Castro, vivió una larga temporada en nuestro país en donde organizó parte de su movimiento. Desde entonces, los gobiernos se han caracterizado por mostrar solidaridad con la isla.
Desde el anterior gobierno Federal se ha evidenciado una admiración excesiva por Cuba: comenzaron los envíos de petróleo, el acuerdo para aceptar médicos cubanos en clínicas de nuestro país y la impresión de libros de texto para la isla. Lo asombroso es que lo que empezó como una ayuda fraternal se ha convertido en una relación asistencialista, o más bien paternalista. El actual gobierno, desde mi punto de vista, ha exagerado la ayuda. Por mencionar un ejemplo reciente, el mes pasado se enviaron dos buques con más de 800 toneladas de carga, entre alimentos de primera necesidad y productos de higiene personal. Además. no sabemos con certeza cuántos barriles de petróleo se envían de manera constante.
Mi asombro radica en que nuestro país no vive precisamente una bonanza financiera como para sostener a otra nación, cuando esos recursos son indispensables para los mexicanos. Actualmente enfrentamos muchas carencias: no hay suficientes hospitales con médicos, equipos dignos ni medicamentos suficientes. Es decir, el sistema de salud presenta graves deficiencias y nunca llegamos a estar a la altura del sistema de salud de Dinamarca, como se prometió. Resulta absurdo recurrir a médicos extranjeros cuando en nuestro país hay profesionales de la salud sin empleo.
No se puede ayudar a otros países cuando la ayuda que se envía es necesaria en casa. Esto me recuerda lo que las azafatas te recomiendan cuando uno viaja en avión: “En caso de despresurización de la cabina, se abrirá automáticamente un compartimiento sobre sus asientos, que contiene máscaras de oxígeno. Coloque la suya sobre la nariz y boca y respire con normalidad; después preste ayuda a quien dependa de usted”. La lógica es clara: para poder ayudar a otros, primero debemos estar en condiciones de hacerlo.
Por eso sostengo que este gobierno encarna el refrán con el que inicié estas líneas, muy dispuesto a iluminar hacia fuera, mientras dentro de casa persisten la oscuridad y el abandono. Un gobierno responsable debe empezar por cuidar su población. Porque un país donde no se puede garantizar salud, seguridad y bienestar a sus habitantes difícilmente puede darse el lujo de convertirse en benefactor del mundo. De lo contrario, seguiremos siendo —como bien dice el refrán— farol de la calle y oscuridad de la casa




