domingo, marzo 1, 2026
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LA SOCIEDAD JOKERIZADA

Cuando el cinismo sustituye a la cordura

Si viste la película del Joker, recordarás el caos que era Ciudad Gótica, y queda la duda: ¿son las personas las que afectan a las sociedades o las sociedades las que terminan por enfermar a las personas? En una escena de la película el Joker dijo: “Ya no queda nadie civilizado”.

No es necesario que todos pierdan la razón para que una sociedad entera comience a comportarse como si la hubiera perdido. Basta con que el cinismo se normalice, que la indignación sustituya al pensamiento crítico y que el espectáculo desplace a la verdad.

Ciertamente no vivimos en el caos absoluto ni en la anarquía, ni tampoco en un colapso total, pero sí observamos una erosión progresiva del sentido común. Es el resultado de un trauma acumulado: crisis económicas, pandemias, guerras culturales, polarización política e incertidumbre tecnológica. Cada evento, por separado, puede ser manejable. Sin embargo, cuando se encadenan, producen fatiga moral.

Esa fatiga provoca la pérdida de la paciencia frente a la complejidad, la búsqueda de culpables simples para problemas complejos y la aceptación de soluciones radicales como atajos emocionales.

En el Joker vemos lo que ocurre cuando el dolor no se procesa: se transforma en rabia y termina por normalizar el absurdo. Entonces la mentira ya no escandaliza, la contradicción deja de importar y el escándalo se consume como entretenimiento. Así se refuerza el cinismo.

El cinismo ofrece una ventaja psicológica: protege de la decepción. Pero también anestesia la responsabilidad. Cuando el cinismo se convierte en norma, la corrupción se relativiza, la violencia simbólica se justifica y la desinformación se tolera.

Y lo más grave: se pierde la capacidad de indignarse de manera constructiva.

Toda sociedad funcional necesita ciertos acuerdos básicos: hechos verificables, reglas mínimas y límites éticos. Pero con la fragmentación de la verdad, cada grupo vive en su propia narrativa y el algoritmo sustituye al diálogo. Sin un suelo común, la conversación pública se convierte en una suma de monólogos furiosos.

El caos tiene algo seductor: promete libertad frente a estructuras que se perciben como opresivas. Sin embargo, el caos permanente no libera: desgasta. No empodera: fragmenta. No transforma: desestabiliza. Se confunde ruptura con renovación y, en esa confusión, se debilitan las mismas instituciones que podrían reformarse.

Pero el trauma no determina el desenlace. La clave está en cómo se procesa colectivamente el dolor y la frustración. Una sociedad puede evitar su jokerización si fortalece la educación crítica, protege instituciones independientes, fomenta el diálogo genuino y recompensa la responsabilidad, no la provocación. La sensatez colectiva no es automática; es una construcción diaria.

Hablar de “sociedad jokerizada” no implica afirmar que todo está perdido. Es una metáfora para describir una tendencia: la tentación de convertir el desencanto en aniquilación. La pregunta no es si vivimos en una sociedad perfectamente racional —ninguna lo es—, sino si estamos dispuestos a defender los mínimos de cordura que permiten convivir.

Porque el caos puede ser ruidoso y llamativo. Pero la estabilidad, aunque menos espectacular, es la que sostiene el futuro. Y la diferencia entre una sociedad que se quiebra y una que se fortalece ante la adversidad no está en la ausencia de trauma, sino en la elección consciente de cómo responder a él.