
Entre bronce, madera y barro, padre e hijo forjan un legado escultórico en Saltillo que incluso se extiende a otras partes del mundo
Más que compartir el nombre y el apellido, Alejandro Fuentes Gil y Alejandro Fuentes Quezada comparten un oficio, una vocación y una historia familiar construida a golpe de cincel y modelado. A sus 74 años, de los cuales 43 los ha dedicado a la escultura, Fuentes Gil mantiene junto a su hijo, de 49, una complicidad que trasciende el lazo de sangre para convertirse en diálogo artístico permanente.
En su taller, ubicado en Saltillo, las piezas en bronce, madera y barro conviven con herramientas, moldes y bocetos que dan cuenta de décadas de trabajo constante, aprendizaje mutuo y pasión heredada. Para ambos, la escultura no sólo es un medio de expresión, sino una forma de vida.
«Desde el 2001 es que me dedico formalmente a la escultura, yo estudié diseño gráfico y después me especialicé en animación por computadora. En la misma carrera me puse a trabajar, después de estudiar diseño gráfico me fui a Vancouver a estudiar animación por computadora y cuando regreso, en un verano, trabajé en colaboración con mi papá para una serie de piezas que él tenía que terminar, empezamos y ahí me quedé, empezamos un trabajo y otro proyecto, y otro proyecto, y ya no me regresé», señaló Fuentes Quezada.

JUGAR A SERLO
Sin embargo, el origen de esta historia artística se remonta a un gesto sencillo de infancia. Fue el propio padre de Alejandro Fuentes Gil quien sembró la semilla creativa. De niño, recordó, recibió como regalo un pequeño automóvil hecho de plastilina; aquella figura moldeada a mano despertó su curiosidad por transformar materiales y darles forma. Ese primer contacto marcó el rumbo de su vida y, con los años, la misma pasión se transmitió de generación en generación.
«Esto tiene una larga data, desde que era niño. Yo tenía mucha curiosidad por ver, por reproducir el trabajo que hacía mi papá, veía materiales muy sencillos como la plastilina y así lograba hacerlo parecido; el hecho de insistir, de buscar la perfección, fui desarrollando una habilidad para modelar», explicó quien también es ingeniero industrial.
«Para mí esto es como el aire, como la comida, es lo que me mantiene vivo. Mi papá me hizo un cochecito, estaba perfectamente modelado; me impresionó mucho, yo tenía cinco años y no hallaba cómo cuidarlo porque al tocarla la plastilina se va deformando y me dije ‘yo tengo que aprender a hacerlo por si se descompone, yo lo arreglo’. Me preguntaba ‘¿Qué quieres que te traiga Santa Claus?’ Y le decía ‘yo quiero plastilina, papá'», recordó.

SU ARTE EN EL MUNDO
La trayectoria de Fuentes Gil ha cruzado fronteras. Su obra forma parte de colecciones privadas en países como Italia, Estados Unidos, Canadá y Japón, donde su propuesta plástica ha encontrado eco por la fuerza de sus formas y la identidad que imprime a cada pieza.
En Saltillo, las esculturas más emblemáticas que ha hecho junto a su hijo pueden observarse en Paseo Capital, en el Centro Histórico. Se trata de una familia de osos y un jinete de rodeo que forman parte de este espacio público.
«Las más importantes en Saltillo son el jinete y la familia de osos, porque son las que tienen más visibilidad, están más a la mano de las personas, las pueden tocar y las están viendo todos los días, las están fotografiando todos los días», dijo Fuentes Gil.
«De obras de mi papá hay colecciones privadas, por ejemplo en Estados Unidos, en El Vaticano, en la Casa Blanca. A través del programa, por ejemplo, de Pago en Especie, del cual es miembro desde hace muchos años, sus impuestos los paga con obra, a través de ese programa sus piezas van y paran en embajadas alrededor del mundo», resaltó su hijo.

TALENTO HEREDADO, INTERPRETACIÓN PROPIA
Alejandro Fuentes Quezada no sólo heredó el nombre de su padre, sino también el gusto por crear con las manos. Desde joven se involucró en el taller familiar, aprendiendo técnicas, procesos y el valor de la disciplina artística, hasta consolidar su propio estilo. Ambos trabajan hombro con hombro, intercambian ideas y se retroalimentan creativamente, en una relación donde la experiencia del padre se combina con la visión contemporánea del hijo.
Así, entre hornos, moldes y esculturas en proceso, los Fuentes han fraguado un legado que une familia y arte, y que continúa dando forma, literalmente, a una tradición escultórica nacida en Saltillo y proyectada más allá de sus fronteras.
«Nosotros estamos muy agradecidos con la vida porque nos hemos podido dedicar, todo este tiempo, a algo que disfrutamos; a final de cuentas es un negocio y varias familias dependemos de este negocio y estamos muy agradecidos de que el trabajo nos permita vivir de esto», compartió.
«De repente pasas por el Centro o visitas alguna ciudad, o alguien te hace un comentario de que vieron nuestras esculturas en una exposición y es muy satisfactorio que la gente te pueda reconocer, que puedas dejar una huella que perdure en el tiempo», finalizó. (TEXTO: OMAR SOTO / FOTO: MARIANA FALCÓN)




