viernes, febrero 27, 2026
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POSTERGANDO LA VIDA  

La tortuga puede hablar más del camino que la liebre

Gibrán

La prisa, que en su forma más elemental parece imprescindible frente a lo urgente, puede convertirse, cuando deja de justificarse, pero persiste, en una forma permanente de relación con el tiempo, capaz de absorber la vida entera, como todo hábito pernicioso que, inadvertidamente, termina gobernándolo todo.

La aceleración interna, en principio funcional, termina llevándonos a una tensión continua que fragmenta la mente en tareas, preocupaciones y anticipaciones simultáneas, impidiéndonos habitar el cuerpo, el sentimiento y el momento.

Bajo este ir corriendo por dentro, de una actividad a otra, de un pensamiento a otro, algo, poco o mucho, termina fallando. Perder las llaves, los lentes o el celular es uno de los ejemplos más comunes. Eso es porque no estamos dándonos cuenta de lo que hacemos en el momento en que lo estamos haciendo. Tenemos la cabeza en cualquier otra cosa.

Confundida con dinamismo, con energía, con capacidad de respuesta, esta disposición interior es muy celebrada en el entorno contemporáneo El sujeto rápido parece eficiente; el que se detiene, sospechoso de improductividad. Así, lo que empezó como ajuste a un ritmo social, termina interiorizado como virtud personal e incluso pasa a ser identidad.

En ese tránsito ocurre una transformación más profunda: dejamos de vivir el tiempo y solo lo transcurrimos, pasamos de largo en un estar sin estar. Podemos hasta llegar a experimentarlo con ansiedad, porque si algo tienen las prisas es que lo alargan o lo acortan demasiado, o esperamos con angustia o nos estresamos porque se nos va volando.

Con prisa, cada actividad se ejecuta con la mirada puesta en la siguiente, bajo la promesa de que, más adelante, habrá un espacio propio, una pausa merecida, un momento de calma para “estar” que, paradójicamente, casi nunca llega, y cuando lo hace es avasallado por la lógica de la aceleración: apurarse a descansar para rendir mejor, desconectarse lo más pronto posible para recuperarse rápido. Apurarse es la forma de estrés más recurrida hoy en día.

La consecuencia más silenciosa de esta dinámica es la invisibilización del presente. El apuro constante reduce la capacidad de registrar lo vivido. Se actúa sin pensar, se “sabe” sin cuestionar, se responde antes de comprender del todo.  En esa carrera apresurada, el cuerpo es máquina que puede repararse posteriormente y la interioridad, prescindible por riesgosa, pues empuja la conciencia y esta interrumpe el maratón de las prisas.

La memoria depende de la atención y la atención requiere detención. Cuando la experiencia se atraviesa con prisa, apenas deja huella. De ahí esa sensación inquietante de que se nos fue el tiempo sin saber cómo. Al mirar atrás comenzamos, no a revivir, sino a estrenar vivencias de escenas que estaban archivadas sin ser conscientemente experimentadas en su momento. Y entonces suspiramos por lo que nos perdimos.

La cultura contemporánea no impone la prisa únicamente como mecánica de desempeño, también nos la hace pasar por cualidad deseable, por atributo de inteligencia y adaptabilidad. Hoy en día se premia el multitask y se devalúa la concentración. Sin embargo, esa “adaptación” sostenida inocula una tensión permanente que nos desconecta no solo de nosotros mismos, sino de quienes nos rodean, que si no se convierten en estorbos, a lo sumo solo están ahí de más.

Cuando el apuro se vuelve permanente, vivir adopta la forma de una sucesión de pendientes no resueltos. Nunca ganamos la carrera, siempre vamos a la zaga. Realizamos aquello que de rigor tiene de ser hecho para sobrevivir el día, pero vamos postergando la concreción lo que deseamos y, con ello, la realización, la vivencia. La prisa no es otra cosa que la postergación de la vida.

El apuramiento como estado del ser no solo organiza la agenda; modela la conciencia. Convertido en norma, nos va deteriorando física, intelectual y emocionalmente; cada día un poco y un poco más de cortisol, que no solo engorda, también incrementa la presión arterial y deprime el sistema inmunitario.

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