
Una mirada discreta por primera vez en la Alameda, caminar en sentidos opuestos hasta encontrarse y hasta terminar la relación temporalmente para salir con chicas estadounidenses, así era el amor en la capital de Coahuila en aquella época, señala el historiador Carlos Recio
En una época marcada por la vigilancia familiar, las normas sociales estrictas y la cortesía como regla, el romance juvenil en Saltillo, entre las décadas de 1940 y 1950, encontraba maneras discretas, y creativas, de florecer.
El historiador Carlos Recio Dávila compartió con El Heraldo de Saltillo que entre estas décadas el amor en esta ciudad tenía códigos propios, moldeados por la tradición y el cuidado de la reputación familiar.
«En los años 40 y 50, Saltillo era una ciudad pequeña, tenía alrededor de 150 mil habitantes y ya existía esa idea del noviazgo por amor y no por arreglo. Mucha gente se casaba, en esos años, sin realmente conocer a fondo a la pareja; para empezar.
De acuerdo con el investigador, muchos romances comenzaban en la preparatoria o la universidad. El primer paso era acordar una cita en la Alameda Zaragoza, pero no para caminar tomados de la mano, sino únicamente para mirarse a distancia. Después, algunos se dirigían a una fuente de sodas, hoy desaparecida, para conversar brevemente antes de volver a casa.
«La Alameda era un lugar de encuentro entre los jóvenes, cerca había una fuente de sodas que se llamaba La Guacamaya, donde ahora está la Farmacia Guadalajara, era un punto de reunión de los jóvenes y la calle Victoria era el paseo tradicional», señaló.
Otra práctica común consistía en caminar en sentidos opuestos por la Plaza de Armas hasta coincidir “casualmente”, intercambiar unas palabras y continuar su camino. El encuentro podía durar apenas minutos.
«Los domingos, los hombres caminaban en una dirección y las mujeres en otra, simplemente para verse de frente; se saludaban, en realidad no era de invitaciones por teléfono, sino que empezaban con un trato directo que era empezar viéndose alrededor de la Plaza

ENTRE BAILES Y REGLAS ESTRICTAS
Las tardes eran el único horario permitido para estas salidas. Según Recio Dávila, a las señoritas de la época se les prohibía salir por las noches, salvo en ocasiones especiales
Una de ellas eran los bailes organizados en el antiguo salón de eventos de la Sociedad Manuel Acuña, ubicado en el corazón de la ciudad. Estos encuentros incluían orquestas en vivo, danzones y boleros.
«Ya cuando se iniciaba un noviazgo, en realidad era poco lo que se llegaban a conocer porque, por lo general, solamente se veían un rato en la tarde, en la noche era muy difícil que una mujer saliera, que se subiera al carro del novio era muy mal visto en la ciudad», mencionó.
«Permiso para que la mujer saliera era muy limitado, podían salir un par de horas en la tarde. Había bailes de casino para la gente más adinerada y para el resto de la población, en la Sociedad Manuel Acuña había bailes rancheros, por ejemplo, la banda de Lorenzo Hernández; se vestían de rancheros con sombrero y paliacate, las mujeres de vestido y faldas holgadas, ahí acudían las parejas, pero generalmente era una fiesta para toda la población», abundó.
COSTUMBRES LEJANAS
El historiador añadió que algunas relaciones incluso se «ponían en pausa» temporalmente en verano, cuando jóvenes locales tenían romances fugaces con estadounidenses.
«En verano, todos los hombres jóvenes cortaban con sus novias para poder salir con las ‘gringas’, como les llamaban, con las norteamericanas que venían a estudiar; venían desde 1942 al Instituto Hispanoamericano, en la calle Murguía; mi tío Sergio Recio empezó la Universidad Internacional en 1961, entonces entre todos esos años, venía una gran cantidad de norteamericanos y se hacían esos noviazgos fugaces», expresó.
Sin embargo, la mayoría de los romances se construían con paciencia, cartas, recados y citas breves. Hoy, esas prácticas forman parte de la memoria colectiva de Saltillo, una ciudad que, entre plazas y bailes familiares, también escribió su propia historia de amor.
«Algo que era impensable era el vivir con el novio, es una costumbre que viene de Estados Unidos y Europa desde los años 60; aquí eso era impensable, igual el divorcio era muy mal visto, era una sociedad muy tradicional y las relaciones, por lo tanto, también eran muy sobrias», finalizó. (OMAR SOTO)




