sábado, febrero 7, 2026
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UNA TAZA Y DOS DE CULTURA

¿Recuerdan la primera mentira que dijeron? Esa pequeña traición inocente que solía tener como recompensa un dulce, un abrazo extra o el perdón anticipado por alguna travesura infantil. Con el tiempo, las mentiras crecen con nosotros: se vuelven más complejas, más elaboradas, a veces incluso se disfrazan de excusas.

Sirvámonos ahora un café más caliente y viajemos a los primeros amores. A esas mentiras suaves que decimos para protegernos del juicio ajeno: ocultarle a papá que ya tienes novio, decir que sales con amigos cuando en realidad vas a ver a quien no le agrada a tu madre, fingir interés por la persona popular de la preparatoria cuando tu atención está puesta en alguien más silencioso, quizá un poco torpe, pero auténtico.

Existen también las mentiras que habitan la intimidad, las que se guardan en voz baja. Como dicta el refrán, el que come callado, come dos veces, una frase que tal vez no nació pensando en el amor, pero que hoy resuena en conversaciones donde se aconseja la discreción afectiva, como si el deseo tuviera que administrarse con cautela.

Sin embargo, ese silencio pesa.

Hay silencios que se parecen al de Tita en Como agua para chocolate, incapaz de pronunciar el amor que la desborda. Silencios que se sienten como querer otro pedazo de pastel y no pedirlo por miedo a ser juzgados. Ninguno es tan asfixiante como mentir por el qué dirán, permitir que la felicidad se quede a medio camino por temor a ser vistos.

De eso habla Deja de decir mentiras, una novela profundamente emotiva sobre el primer amor: ese que provoca cosquillas en el estómago, náuseas de nervios y suspiros interminables. Es una historia delicada y desgarradora sobre el deseo y la vergüenza, sobre la intensidad de la juventud y los remordimientos que llegan con una madurez que no siempre pedimos.

A través de sus páginas se construye un relato íntimo que captura la tristeza, el anhelo y la pérdida de un amor secreto entre dos adolescentes, condenados desde el inicio a no compartir un futuro. Es un libro que duele con suavidad, que acompaña, que deja huella.

Leerlo es reencontrarse con recuerdos propios. Con decisiones que no tomamos. Con palabras que no dijimos.

Y quizá, al cerrar sus páginas, entendamos que algunas mentiras nacen del miedo, pero que la verdad —aunque tiemble— suele ser más ligera que cargar con silencios.

Un libro ideal para una tarde lenta, acompañado de café, y de esa nostalgia que llega sin avisar.