La música ha estado presente en la humanidad desde sus orígenes. En la Prehistoria se vinculaba con la caza, la guerra y las danzas; posteriormente, atravesó las distintas etapas históricas —Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea— acompañando la evolución social y cultural del ser humano. No cabe duda de que la música es un medio de expresión con la capacidad de comunicar emociones, pensamientos y experiencias. Sus manifestaciones varían según el contexto social, pues forma parte de la identidad colectiva, refleja los valores, las tendencias y los desafíos de cada época.
La música puede producir bienestar o, en algunos casos, lo contrario; todo depende de los patrones rítmicos y melódicos. Tiene el poder de evocar los recuerdos y de conectar las neuronas, estimulando las emociones que pueden potenciar tanto la felicidad como la melancolía. Sin embargo, cuando la escuchamos y nos produce placer, se convierte en una experiencia única para cada persona, ya que activa el cerebro y libera dopamina, un neurotransmisor cerebral responsable del movimiento, la motivación, el placer y la recompensa.
A lo largo de nuestra vida, la música esta siempre presente. Nos acompaña en las actividades cotidianas: durante la jornada laboral, para favorecer la concentración al estudiar, para aligerar las tareas domésticas, en eventos sociales, al trasladarnos —ya sea en un vehículo o caminando—, al hacer ejercicio, para relajarnos, descansar o conciliar el sueño. También habita en nuestros diferentes estados de ánimo: cuando estamos eufóricos, tristes, decepcionados o nostálgicos, la música vive en nosotros.
Se le considera un arte porque posee la virtud de organizar de manera sensible y lógica una combinación coherente de sonidos y silencios, a partir de los principios fundamentales de la melodía, armonía y el ritmo. Estos elementos se integran con los de la voz humana junto con los instrumentos musicales, dando lugar a expresiones sonoras cargadas de significado.
En el ámbito de la salud, la música se utiliza como herramienta terapéutica; de ahí surge la musicoterapia, que contribuye a reducir considerablemente la ansiedad, la presión arterial y mejora el estado de ánimo. Asimismo, la música tiene la capacidad de abordar problemáticas sociales y políticas, transmitiendo mensajes que promueven la conciencia social y por ende la justicia. Crea vínculos entre las generaciones, permitiendo compartir experiencias y recuerdos a través de canciones que son representativas en cada etapa de la vida. En la actualidad, además, se ve influida por el avance tecnológico, lo que ha dado origen a nuevos géneros, estilos y formas de creación.
La educación musical es crucial para las personas de cualquier edad, especialmente durante la infancia, ya que favorece la apreciación de la armonía, el ritmo, la creación y el análisis musical, impulsando el desarrollo cognitivo, emocional y social. Por ello, debería ser obligatoria en todos los niveles educativos, no solo para comprender las notas musicales, sino porque es una herramienta capaz de transformar vidas y de desarrollar habilidades que trascienden el ámbito artístico.
Estimulemos el placer por la música en nuestro entorno social mediante acciones sencillas: escuchar activamente las melodías, explorar diferentes géneros de música —desde la clásica, jazz, hasta la folclórica —, animarnos a tocar un instrumento musical y asistir a conciertos, que afortunadamente en nuestro estado pueden disfrutarse incluso de manera gratuita. Como afirmó el filósofo Friedrich Nietzsche “Sin música, la vida sería un error”.




