El “Quién es Quién” de Jacobo Rodríguez: una ofensiva contra la prensa crítica
Luego de 25 años de recorrer este oficio llamado periodismo, es inevitable detenerse a observar y cuestionar la evolución que han tenido tanto nuestra labor como la política y quienes la ejercen. No hablo desde la nostalgia, sino desde la experiencia de haber vivido distintas etapas, con sus claroscuros, pero también con reglas no escritas que hoy parecen haberse diluido.
En otros tiempos, el acceso a la información pública no era sencillo. No existían instituciones que garantizaran ese derecho, como sí ocurrió durante casi dos décadas gracias a los mecanismos de transparencia que hoy, casualmente, han sido debilitados o desaparecidos bajo el actual régimen. Aun así, el periodista incidía, cuestionaba, buscaba caminos alternos para obtener datos. No siempre había respuestas claras, ni mucho menos completas, pero algo era fundamental: el respeto. Rara vez, un político o funcionario se permitía agredir, exhibir o denostar públicamente a un periodista por hacer su trabajo, aunque existieron eran los menos, y cuando ocurrían el gremio se unía para exhibirlo y defenderse en masa.
Había políticos con colmillo, curtidos en el debate público, que entendían que el cuestionamiento no era un ataque personal. Respondían con inteligencia, con evasivas incluso, pero sin convertir la crítica en un linchamiento. Y del otro lado, los periodistas también sabíamos guardar distancia, ejercer con rigor y no confundir la convivencia con la complacencia.
Hoy el escenario es distinto. Es verdad que el número de reporteros que cuestionan, investigan e inciden en la agenda pública es menor que antes, aunque afortunadamente aún existen. En su mayoría, permanecen en los medios tradicionales y en esa vieja guardia que conoce la escuela periodística, la verificación y la responsabilidad social de informar. Son quienes han formado a nuevas generaciones que sí entienden el oficio, pues ha que decir que también surgieron jóvenes periodistas talentosos que se dedican a la investigación y que han cumplido tanto con las nuevas necesidades de la audiencia como con el rigor periodístico.
Pero también han surgido prácticas que desdibujan la profesión y que han sido aprovechadas por el poder para desacreditar al periodismo en su conjunto.
Ese desprestigio no es casual. Es una estrategia política que se ha normalizado, particularmente desde Morena, donde se ha optado por confrontar, señalar y exhibir a la prensa crítica bajo el discurso de las “mentiras”. El caso del alcalde de Piedras Negras, Jacobo Rodríguez, no es un hecho aislado, sino un ejemplo claro de lo que está ocurriendo en muchos municipios y estados con esta nueva forma de ejercer el poder.
Rodríguez ha sostenido confrontaciones con numerosos compañeros reporteros, aprovechando su posición para lanzar agresiones contra medios de comunicación. Un caso concreto es el de una reportera que le cuestionó sobre su intención de aplicar pruebas de antidoping al personal de Bomberos y Protección Civil. La pregunta fue simple y legítima: si esa medida aplicaría también para él como alcalde. La reacción no fue una respuesta institucional, sino el enojo y la descalificación.
Otro ejemplo es el de la periodista Norma Ramírez, quien cuestionó por qué no había existido un evento de la presidenta en Coahuila, siendo él militante de Morena. Una pregunta válida desde el análisis político y partidista, que nuevamente derivó en molestia y confrontación. A ello se suma el intento de desacreditar a Efraín González, periodista con amplia trayectoria, conocido por sustentar su información y ejercer con rigor profesional, y que hoy también es blanco de esta campaña contra la prensa crítica.
Lo que vemos en Jacobo Rodríguez es la réplica local de un modelo nacional: el “quién es quién en las mentiras”, una fórmula impulsada desde la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, que lejos de fomentar la rendición de cuentas, ha servido para estigmatizar al periodismo. Un discurso que ha contribuido a generar un ambiente hostil y peligroso para quienes ejercemos esta labor, en un país que ya encabeza las listas de agresiones y homicidios de periodistas.
No se trata de partidos, aunque sería ingenuo negar que Morena ha sido el principal impulsor de esta narrativa. También hay políticos del PRI, del PAN, del PT, MC, y otros que han mostrado resistencia a responder.
Aquí hay una responsabilidad compartida. Los políticos deben entender que responder al escrutinio público no es opcional. Y los periodistas debemos exigir el respeto que se ha perdido, marcar límites claros y no permitir que se nos coloque en el mismo plano que un influencer. Son figuras distintas, con responsabilidades distintas, y confundirlas solo beneficia al poder.
Defender el periodismo hoy no es un asunto gremial, es una necesidad democrática. En un país donde informar cuesta amenazas, agresiones y, en demasiados casos, la vida, normalizar la descalificación desde el poder es irresponsable. Recuperar el respeto al periodista no es volver al pasado: es defender el presente y el futuro de la libertad de expresión.





