CUANDO LA LUZ DECIDE NACER

No celebramos únicamente una fecha marcada en el calendario. Celebramos algo más hondo, más antiguo que cualquier institución y más nuevo que cualquier moda; el momento en que la luz decide nacer en medio de la fragilidad humana. La Navidad no es un recuerdo cómodo ni una tradición inofensiva; es una interrupción. Una pausa radical en la lógica del ruido, del poder y de la prisa.

La luz no llega como llegan los imperios. No avanza con trompetas ni exige obediencia. Llega sin permiso, en silencio, casi desapercibida. No conquista, acompaña. No impone, transforma. Y por eso incomoda. Porque nos obliga a mirar aquello que solemos esquivar, nuestra vulnerabilidad, nuestra responsabilidad, nuestra manera de estar en el mundo.

En tiempos donde el estruendo parece sinónimo de relevancia, la Navidad nos recuerda que lo esencial no grita. Susurra. Nos invita a detenernos, a apagar por un instante el ruido exterior —y el interior— para escuchar lo que verdaderamente importa. No lo que vende, no lo que divide, no lo que acelera, sino lo que sostiene.

Detenerse hoy es un acto casi revolucionario. Mirar al otro sin prejuicio, sin miedo, sin etiquetas, es un gesto de resistencia ética. La Navidad nos confronta con una verdad incómoda; el otro no es una amenaza, es un espejo. En él se refleja nuestra grandeza y nuestra miseria, nuestra capacidad de amar y nuestra facilidad para excluir.

La grandeza humana no está en acumular, aunque el mundo nos eduque para ello. No está en vencer, aunque se nos haya convencido de que la vida es una competencia perpetua. No está en endurecerse, aunque nos digan que la dureza es fortaleza. La verdadera grandeza consiste en volver al origen; a un corazón despierto, sensible, responsable de sí y de los demás.

La Navidad no es evasión espiritual; es exigencia ética. Nos llama a elegir la bondad incluso cuando cuesta. Cuando no es rentable. Cuando no recibe aplausos. Nos pide renovar la mente para pensar con verdad y no con miedo, porque el miedo paraliza, pero la verdad libera. Nos invita a elevar el espíritu para actuar con justicia y esperanza, aun cuando el entorno parezca negarlas. Y nos ofrece una posibilidad rara y necesaria; sanar el alma, reconciliarnos con lo que somos y con quienes hemos sido.

Reconciliarse no es olvidar ni justificar. Es integrar. Es aceptar la propia historia con lucidez y responsabilidad. Es dejar de huir de uno mismo. Solo quien se reconcilia puede mirar de frente, perdonar con dignidad y construir sin resentimiento.

El mundo actual no necesita más prisa ni más ruido. Ya tenemos de sobra. No necesita discursos vacíos ni promesas grandilocuentes. Necesita personas íntegras. Personas cuya palabra tenga peso porque nace de la coherencia. Necesita gestos pequeños —casi invisibles— que sostengan la vida; escuchar de verdad, cuidar sin exhibirse, actuar con rectitud cuando nadie mira.

Eso no suele aparecer en titulares. No genera tendencias ni acumula likes. Pero es eso, y no otra cosa, lo que ha salvado siempre a la humanidad. La historia no avanza solo por grandes acontecimientos, sino por la suma silenciosa de conciencias despiertas.

Hoy no se trata de celebrar desde la comodidad, sino desde la gratitud lúcida. Gratitud por estar. Por resistir. Por seguir creyendo cuando sería más fácil rendirse al cinismo. Abrazarnos hoy es reconocernos compañeros de camino, no rivales. Es admitir que seguimos aquí porque, a pesar de todo, la luz insiste.

Que la luz que hoy recordamos no se quede encerrada en un día ni atrapada en un ritual. Que camine con nosotros todo el año. Que se vuelva criterio, no adorno. Que ilumine nuestras decisiones cotidianas, nuestras relaciones, nuestra manera de ejercer el poder —pequeño o grande— que cada uno posee.

Cuando la luz decide nacer, no lo hace para ser contemplada, sino para ser encarnada. Y esa tarea, antigua y siempre nueva, nos corresponde a todos.

 

“La luz no vino a deslumbrarnos, vino a recordarnos quiénes somos cuando  dejamos de tener miedo.” Jcdovala