El humo detrás de la carpa
Diciembre llega puntual, como domador al centro de la pista. Luces, aplausos, villancicos… y detrás del telón, el verdadero espectáculo: la contaminación ambiental que se desata cada fin de año. No es magia ni accidente; es un acto repetido, ensayado y tolerado por costumbre. El circo decembrino no solo entretiene: también ensucia, quema y asfixia.
Primero entra el número de los malabaristas de la basura. Bolsas repletas, envases de un solo uso, restos de cenas, cajas, envolturas y adornos que duran días pero contaminan años. Los rellenos sanitarios colapsan, las calles amanecen tapizadas y los arroyos urbanos reciben su cuota de “regalos”. Aquí no hay sorpresa: la falta de separación de residuos y la cultura del “mañana se limpia” convierten la celebración en una resaca ambiental. El costo no se mide en sonrisas, sino en lixiviados, fauna afectada y servicios públicos rebasados.
En México, durante diciembre y enero la generación de residuos sólidos urbanos aumenta entre 25% y 30%, de acuerdo con estimaciones de SEMARNAT y gobiernos estatales, además cada persona genera en promedio 1.2 kg de basura diaria, pero en fiestas decembrinas puede subir hasta 1.5 kg por día, aunado a esto más del 40% de los residuos generados en esta temporada son plásticos, cartón y empaques de un solo uso. Falta la concienta social.
Luego, el público contiene la respiración para el acto estelar de la pirotecnia. Estallidos que duran segundos y dejan partículas finas flotando horas. El humo se cuela en pulmones, agrava enfermedades respiratorias y castiga la calidad del aire justo cuando las inversiones térmicas hacen su parte. Los animales —mascotas y fauna— huyen despavoridos, se pierden o mueren de estrés. El ruido no es folclor: es contaminación acústica con víctimas silenciosas. Aquí el truco es viejo: confundir tradición con impunidad.
En datos duros podemos decir que la quema de pirotecnia incrementa la concentración de PM2.5 y PM10 (partículas finas altamente dañinas para la salud), durante las noches festivas como 24, 25 y 31 de diciembre, se han registrado incrementos de hasta 200% en partículas PM10 en zonas urbanas, la OMS advierte que la exposición a PM2.5 está directamente relacionada con asma, enfermedades cardiovasculares, EPOC y muerte prematura. El ruido de la pirotecnia supera fácilmente los 120 decibeles, nivel que provoca estrés severo en animales, desorientación y riesgo de muerte.
Y cuando la función parece terminar, aparece el número más peligroso: los incendios forestales. Una fogata “controlada”, una colilla mal apagada, basura incendiada para “limpiar” terrenos. El resultado: hectáreas dañadas, suelos erosionados, biodiversidad perdida y comunidades en riesgo. El fuego no distingue calendario ni intención; solo encuentra combustible en la negligencia.
El problema no es diciembre. El problema es la permisividad. La política ambiental no puede quedarse en discursos de temporada ni en operativos reactivos. Se requiere prevención, sanción efectiva y, sobre todo, corresponsabilidad social. Menos pirotecnia, más convivencia; menos desechables, más separación; cero fuego en zonas forestales. No es romanticismo verde: es salud pública, seguridad y futuro.
Al final del acto, cuando se apagan las luces y el circo se desmonta, queda el humo. Ese es el verdadero aplauso que nos damos: respirar peor, vivir con riesgo y repetir la función el próximo año. La pregunta no es si podemos celebrar sin contaminar. La pregunta es si queremos seguir aplaudiendo un espectáculo que nos cuesta el aire.
“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos”
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