SI LO QUIERES, NO SERÁ UN SUEÑO…

“Si lo quieres, no será un sueño”, escribió Theodor Herzl hace más de un siglo. No era una frase poética para alimentar ilusiones vacías, sino el núcleo de un proyecto político concreto: el sueño de un Estado judío que parecía imposible y que, con voluntad colectiva, se convirtió en realidad. Herzl creía firmemente que cuando un pueblo desea algo con intensidad y se organiza para alcanzarlo, ese sueño deja de ser fantasía y se convierte en historia.

¿Puede aplicarse esta idea a México?

Al terminar la primaria, y habiendo recibido una educación en la que se buscaba el amor a la Patria, tenía el sueño de un México próspero y justo para todos. Y aquel futuro, hoy ya es un presente, y desafortunadamente la realidad es muy distinta de la que se deseaba, ciertamente muchas cosas han cambiado para bien, pero otras desafortunadamente no. Creo que uno de los factores está en la incapacidad de trabajar juntos por un proyecto nacional común. Aquí, si una buena iniciativa no proviene del grupo, partido o facción de pertenencia, automáticamente es descalificada, boicoteada o saboteada. Incluso dentro de los mismos grupos políticos o sociales, cada quien parece tirar para su propio lado.

Por eso, aunque la tentación del pesimismo es grande, no me gusta la idea de que los mexicanos estamos condenados a la división, a la dependencia eterna de potencias extranjeras, a las remesas o al asistencialismo político como moneda de cambio electoral, a vivir a expensas de la delincuencia organizada . Si algo demuestra la historia es que los pueblos no están atados de por vida a sus errores: pueden transformarse, aprender, renovarse, pero se tiene que hacer algo, deben surgir auténticos líderes que puedan organizar la sociedad, o ¿Esperamos que esto también venga de fuera?

Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿será que los mexicanos simplemente no podemos ponernos de acuerdo? ¿Es nuestra desunión parte inevitable de nuestro carácter nacional? ¿O es que nunca hemos aprendido, ni nos han enseñado, a construir consensos amplios, generosos, duraderos? Ciertamente, en todas las naciones (incluido el pueblo judío) se presentan divisiones internas, pero sin unidad no hay supervivencia posible.

¿Y nosotros? Aquí la división nos ha salido cara durante décadas: una economía dependiente de remesas, un sistema político que reparte dádivas a cambio de votos, una sociedad que ha aprendido a desconfiar de todos y de todo. Nos acostumbramos a sobrevivir, no a construir. Sin embargo, los sismos de 1985 y 2017, entre otros desastres naturales nos permite ver que los mexicanos sí sabemos actuar juntos cuando hace falta. Por eso, pese a todo, sigo teniendo la esperanza, creo que todavía podemos elegir otro camino.

Creo que Herzl tenía razón: si un pueblo quiere algo con suficiente fuerza y decisión, ese sueño puede dejar de ser sueño.