
Sostenerse para poder sostener
¿Desde dónde estás sosteniendo a los demás: desde tu fortaleza interior o desde el agotamiento de olvidarte de ti?
El equilibrio y la transformación de un equipo, ya sea en el trabajo, en la familia o en la sociedad, se puede construir desde dos rutas: la primera: desde el nivel de compromiso de los participantes y, la segunda: desde el nivel de crecimiento personal, la capacidad de gestionar personalmente las emociones dominantes y el autoconocimiento.
No comienza cuando pretendemos parecer invulnerables, perfectos o productos terminados, sino cuando podemos hacernos responsables de nuestras decisiones, acciones y reacciones. El liderazgo de vida no nos exige que seamos perfectos: necesita de nuestra disposición a aprender, de hacernos responsables de nuestras elecciones y de reparar cuando nos equivocamos y ajustar nuestras prácticas.
Cuando aprendemos a reconocernos y a sostenernos a nosotros mismos, podemos entonces liderar y acompañar mejor sin absorberlo todo, ni descargar nuestra tensión sobre los demás. Así, el liderazgo deja de funcionar desde nuestras heridas no examinadas y empieza a convertirse en una práctica de conciencia, confianza y desarrollo compartido.
En esa elección se abre la posibilidad de construir una cultura distinta: una donde la exigencia conviva con el cuidado, la responsabilidad con la confianza y los resultados con la salud y la dignidad de las personas.
Cuando, dentro de nuestro liderazgo de vida, aprendemos a reconocernos y a sostenernos, podemos acompañar mejor sin absorberlo todo ni descargar nuestra tensión sobre los demás. Así, el liderazgo deja de funcionar desde la carga y empieza a convertirse en una práctica de conciencia, confianza y desarrollo compartido.
Un liderazgo transformacional no deja como legado un grupo de personas que imitan al líder, sino personas que descubren y desarrollan sus propias capacidades.
Inspira con propósito, da dirección y, al mismo tiempo, crea condiciones para que cada integrante pueda aportar, aprender y asumir responsabilidades.
Para hacerlo posible, podemos comenzar por reconocer los logros y esfuerzos, tanto propios como ajenos, con honestidad y precisión. También ofreciendo oportunidades reales de aprendizaje y de crecimiento abriéndonos a entender perspectivas distintas, incluso cuando cuestionen una decisión.
Cuidar de nosotros mismos y de nuestro entorno requiere que tengamos suficiente madurez, claridad y justicia en la manera en que distribuimos responsabilidades con claridad y confianza, y en la que cuidemos que los sueños, las metas y reglas no se persigan a costa de la salud y la dignidad de nadie, y en reconocer y reparar cuando nuestras acciones hayan causado daño.
Cuidar de nosotros mismos y de otros no significa evitar toda exigencia. Significa sostener estándares claros sin olvidar que detrás de cada resultado hay personas llenas de sueños e ideales. También significa construir equipos y colaboraciones capaces de seguir adelante sin depender de una sola figura, porque el conocimiento, la confianza y el propósito se han compartido.
Si mañana ya no estuvieras aquí, ¿qué sentirían las personas que trabajaron o convivieron contigo al recordarte?
Quizá queramos ser recordados por haber dado una oportunidad, por enseñar sin disminuir, por sostener una conversación difícil con respeto o por reconocer y apoyar un talento que todavía no se atrevía a mostrarse. Esas acciones pueden parecer pequeñas en el momento, pero se convierten en referencias que otros llevan consigo.
Entonces, ¿qué eliges? ¿Crear una cultura donde el valor depende de no equivocarse, de estar siempre disponibles y de cargar en silencio? ¿O una en la que el compromiso conviva con el descanso, la ambición con el cuidado y el logro con la dignidad?

