Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C.
El precio de colgar los tenis
Por: Jose Luis Cuevas Quinterio
El punto álgido del otoño es el descenso al ocaso del año y con él llegan las fiestas de los muertos. En México asistimos a los ritos que nos ponen de frente con la muerte de los demás que es siempre la nuestra, pues el culto a la parca quizá sea el elemento más antiguo y autentico de la cultura popular de nuestro país.
Para muestra están los vestigios de las civilizaciones mesoamericanas, las páginas de Pedro Páramo o La muerte tiene permiso, canciones como La Llorona o y la Bruja; la Catrina de José Guadalupe Posada o los murales de Diego Rivera.
De acuerdo con datos preliminares de INEGI para 2025, en México se registraron 762 mil 494 muertes. Esta cifra es la más baja desde 2020 cuando la emergencia sanitaria por COVID-19 elevó la mortalidad. No obstante, supera a la de cualquier año previo desde 1994, respecto del cual presenta un incremento del 81.94%.
Las principales causas de los fallecimientos en el país son enfermedades del corazón, padecimientos derivados de la diabetes mellitus y tumores malignos, principalmente en la mama y próstata. Todas ellas son razones para cuidarse, pues para eso y otras cosas más sirve la estadística.
El pasado mes de septiembre nos enteramos por su Encuesta Intercensal 2025 (EIC 2025) sobre un descenso en la Tasa Global de Fecundidad que pasó de 1.9 hijos por cada mujer en 2019 a 1.2 en 2025. La disminución de unas décimas es más reveladora de lo que parece, ya que anuncia un cambio en el comportamiento social con la desaceleración del remplazo generacional y la discusión sobre una sociedad que envejece.
Razones, como las explicaciones, hay a manos llenas. La economía en lo general. El precio de la vivienda, la canasta básica, los salarios, el transporte, la salud y todas las que nos encontremos hasta hoy en la mañana.
Pero volvamos con los muertos, pues como lo dijo el pintor Marcel Duchamp «siempre son los demás los que se mueren».
Según la PROFECO, solamente cuatro de cada cien mexicanos cuentan con un plan funerario para atender la erogación por servicios derivados de un deceso. Por si fuera poco, irse con la «patas de alambre» no es barato y contratar uno servicio de uso inmediato puede ser hasta 40.0% más caro.
En México un servicio básico cuesta en promedio $22 mil pesos y este monto varía en función de las preferencias que involucran arreglos florales, traslados, alimentos o ceremonias religiosas. Para palear esto existen alternativas de financiamiento, prestaciones laborales, así como servicios propios de los sistemas de seguridad social del IMSS e ISSSTE, cuyos servicios va de los ocho a los trece mil pesos.
Cuenta el periódico El Financiero que sólo el 7.6% de la población nacional tiene un testamento. Su ausencia lleva a sucesiones que pueden prolongarse hasta diez años y gastos que oscilan entre los 50 mil y 500 mil pesos; más los gritos y sombrerazos pertinentes en las ocasiones que el dinero está de por medio.
A menudo se dice que el mexicano se ríe de la muerte. Nada más falso y esnob que eso. La sufre como todo el mundo, pero es cierto que recurre al humor para asimilarla y convivir con ella como si hubiera pasado por el diván del Doctor Freud, quien lo explicó cuando planteó que el humor negro ayuda a enfrentar situaciones que de otro modo podrían destruirnos.
A pesar del talante folclórico con el que se viste, morirse es una cosa seria en términos económicos. Más allá del dolor de perder a alguien y de las fiestas otoñales, el fin de una vida requiere previsión para afrontar los gastos que representa la partida de un ser querido.
Nada más contundente para entenderlo que la prosa de John Donne cuando advirtió nunca mandar preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti, por mí y por todos.

