
Canelo: qué bonito volver a tener hambre
En México tenemos una costumbre bastante rara: nos encanta jubilar deportistas antes de tiempo. Pierden una pelea, fallan un penal o tienen una mala temporada y ya estamos recomendándoles que pongan un gimnasio, abran un restaurante o se dediquen a narrar deportes.
Con Saúl Canelo Álvarez pasó eso.
En septiembre de 2025, Terence Crawford le ganó por decisión unánime y le arrebató los cuatro cinturones que lo tenían como campeón indiscutido de los supermedianos.
Y aunque para cualquier otro boxeador una derrota sería algo normal, tratándose del Canelo parecía que se había acabado el mundo.
Que si ya estaba viejo. Que si solamente peleaba por dinero. Que si sus mejores años habían pasado.
Pero …
Por primera vez en mucho tiempo, Canelo tenía que volver a perseguir algo que ya había conseguido.
Piénsenlo tantito.
Estamos hablando de un hombre de 36 años, con 21 años de carrera profesional, campeonatos en cuatro divisiones y una fortuna que le permitiría pasar el resto de su vida sin volver a recibir un golpe.
¿Qué necesidad tenía de regresar?
Después de todo, ya había ganado muchísimo. Podía retirarse, disfrutar de sus negocios y dedicarse a jugar golf. Que, dicho sea de paso, parece bastante menos doloroso que recibir un gancho al hígado.
Sin embargo, decidió regresar.
Pasaron más de trece meses desde aquella derrota. Hubo una operación de codo, recuperación, entrenamientos y, seguramente, muchas conversaciones consigo mismo.
Lo curioso es que Canelo regresó con una diferencia que durante años prácticamente había olvidado: ya no era el campeón. Era el retador.
Y eso cambia las cosas.
Durante mucho tiempo, sus rivales llegaban intentando quitarle algo. Él era el hombre del cinturón, el nombre grande de la cartelera y el favorito de buena parte del público.
Esta vez era él quien tenía que ir por lo que otro tenía.
Su rival, Christian Mbilli, llegaba invicto, con 29 victorias y un empate. No era alguien que estuviera esperando su turno para tomarse una fotografía con el mexicano.
Y el sábado 31 de octubre, en Arabia Saudita, Canelo hizo lo que había prometido: volvió a convertirse en campeón mundial.
No fue un nocaut espectacular ni una pelea que terminara en tres rounds. Ganó por decisión unánime, trabajando los doce rounds y demostrando que todavía tiene muchísimo boxeo en los puños.
Pero, para mí, lo mejor fue algo más.
Cuando le entregaron el cinturón del Consejo Mundial de Boxeo, Canelo se mostró emocionado y dijo algo que me llamó muchísimo la atención:
“Se siente como mi primer título”.
¡Imagínense!
Un hombre que ha levantado tantos cinturones (17), que ha peleado frente a millones de personas y que ha cobrado bolsas millonarias, emocionándose como aquel muchacho de Guadalajara que ganó su primer campeonato mundial en 2011.
Ahí está lo interesante de esta historia.
Porque hay algo que pasa cuando empezamos a tener éxito: nos acostumbramos.
Nos acostumbramos al puesto, al sueldo, a los reconocimientos y hasta a que las cosas salgan bien. Lo que antes nos quitaba el sueño de emoción termina convirtiéndose en parte de la rutina.
Y a veces, sin darnos cuenta, dejamos de disfrutar aquello por lo que tanto trabajamos.
Entonces llega una derrota.
En el deporte puede ser perder un campeonato. En los negocios, un proyecto que fracasa. En la vida, descubrir que no somos tan invencibles como pensábamos.
Y ahí tenemos dos opciones: quedarnos explicando por qué perdimos o regresar a trabajar para volver a ganar.
Canelo pudo hacer lo primero. De hecho, razones no le faltaban. Pero también reconoció los méritos de Crawford, revisó aquella pelea varias veces y buscó corregir sus errores.
Me parece una lección importante, especialmente en una época donde todos queremos presumir nuestros triunfos, pero pocos estamos dispuestos a reconocer nuestras derrotas.
Y ojo, tampoco hay que exagerar. Canelo recuperó un cinturón, no los cuatro que perdió con Crawford. Esa derrota sigue en su historial y nadie puede borrarla.
Pero justamente por eso su regreso tiene valor.
Porque no necesitaba inventarse una historia donde nunca hubiera perdido. Le bastaba con aceptarlo y volver a intentarlo.
A mí me gustó ver a ese Canelo. No solamente por ser mexicano ni por haber recuperado un campeonato mundial.
Me gustó verlo emocionado. Con ganas. Hablando del boxeo como alguien que todavía tiene sueños pendientes.
A veces pensamos que el éxito consiste en llegar a un lugar donde ya nadie pueda quitarnos nada.
También consiste en mantener la capacidad de emocionarnos cuando nos toca empezar otra vez.
Canelo recuperó un cinturón que ya había tenido. Pero esta vez parecía estar estrenándolo.
Y después de tantos años viéndolo como campeón, qué bueno fue volver a verlo con hambre de retador.
Porque ganar por primera vez es padrísimo.
Pero volver a emocionarse por ganar, cuando ya lo habías ganado todo, tiene un mérito muy especial.




