viernes, octubre 30, 2026
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LOS TRES HERMANOS CONFUSOS

La costumbre es una segunda naturaleza

Blaise Pascal

Los seres humanos tenemos una relación bastante tortuosa con nuestros sentimientos. Perseguimos unos con desesperación, rechazamos otros como si fueran defectos y huimos de aquellos que podrían enseñarnos algo acerca de nosotros mismos.

Este es el caso, en orden consecutivo, del amor, el odio y el dolor. Y hay algo que complica aún más el asunto de los sentimientos: parecen naturales y simples, pero en realidad están muy mediados culturalmente y, por ende, se vuelven muy complejos. Hay, alrededor de ellos, todo un aparato ideológico y moral que causa gran confusión, pero que no está sustentado en la realidad, sino en nuestra reacción hacia ellos.

Al amor, por ejemplo, lo hemos convertido prácticamente en una virtud universal; al odio, en su polo opuesto, y al dolor, en una desgracia de la que debemos librarnos cuanto antes. Son tres hermanos a los que hemos asignado papeles que, examinados con detenimiento, no les corresponden, al menos desde la perspectiva de la aceptación y el rechazo.

Para empezar, hemos olvidado que nuestra vida afectiva tiene una dimensión biológica que interviene constantemente en nuestra manera de experimentar el mundo. La dopamina, la serotonina, la oxitocina, la adrenalina, la noradrenalina y el cortisol participan, mediante distintos mecanismos, en procesos relacionados con la motivación, el bienestar, el apego y las respuestas al estrés.

Nuestra forma de vivir depende de complejas interacciones entre el sistema nervioso, el endocrino y el mundo que nos rodea, aunque nuestros pensamientos y experiencias están condicionados determinantemente por la bioquímica. Tendemos a interpretar la vida de manera que sintamos lo que estamos acostumbrados a sentir. Quien haya aprendido a sentirse miserable, eso buscará, porque es lo que le será familiar. El miedo que le tenemos los seres humanos a lo incierto hace especialmente poderoso el apego a lo cierto, lo conocido.

Con frecuencia creemos que elegimos libremente nuestras circunstancias, cuando parte de nuestras preferencias responde a disposiciones afectivas que nunca hemos examinado. Esto ayuda a explicar por qué una misma situación puede resultar estimulante para una persona y profundamente agotadora para otra. Hay quienes encuentran energía en el enojo, mientras otros experimentan desgaste. Hay personas que parecen necesitar una confrontación cotidiana para ponerse en marcha, del mismo modo que otras buscan constantemente situaciones que les proporcionen entusiasmo o reconocimiento.

A esas inclinaciones se suma la educación sentimental recibida. Desde niños nos enseñan qué sentir y cómo interpretarlo, pero no cómo examinarlo; con el tiempo confundimos esas valoraciones con propiedades de los sentimientos y empezamos a juzgarnos por experimentarlos.

El amor goza de indulgencia y en su nombre justificamos celos, posesividad, control, incluso maltratos, o hacemos sacrificios motivados por el miedo a la pérdida, para depender de otros o para sentirnos necesitados.

Con el odio hacemos lo contrario: lo condenamos antes de comprenderlo y buscamos un culpable para justificarlo. Una ofensa puede despertar un justo enojo, energía muy útil para poner límites; pero su rumiación puede convertirlo en odio, y con el tiempo en resentimiento (odio persistente).

Sin embargo, el odio, considerado malvado, es más veraz que el amor, no puede ser disfrazado ni confundido como aquél; siempre saldrá a la luz, pocas veces podrá ser disimulado. Una mirada o una mueca bastan.

Al dolor lo tratamos como al apestado de la familia, cuando quizá sea el más auténtico, necesario y bondadoso. Su experiencia inmediata puede ocupar toda la conciencia, dejándonos sin explicaciones, completamente indefensos mentalmente. La psique ciertamente lo interpreta como una situación de vida o muerte. Por ello, para escapar nos provocamos sufrimiento, un disfraz el dolor que no es otra cosa que una condición mental de narrativas pesimistas, desafortunadas y victimistas sobre nosotros mismos, que resultan ser, al fin y al cabo, una zona de confort, porque podemos barajear los pensamientos a nuestro gusto.

Por eso dedicaremos a cada uno de estos tres hermanos un artículo propio, comenzando la próxima semana.

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