México vende más, pero negocia desde la incertidumbre
México está exportando más. La pregunta es si también está ganando más capacidad para decidir qué produce, cuánto valor conserva y bajo qué condiciones accede a su principal mercado. En agosto, las exportaciones mexicanas sumaron 78 mil millones de dólares, un aumento anual de 40.4%. Las importaciones crecieron 34.2%, hasta 77 mil 405 millones de dólares. El mes cerró con un superávit comercial de 605 millones de dólares y, entre enero y agosto, el saldo positivo acumulado llegó a 9 mil 860 millones. Son cifras de gran tamaño. Pero, como suele ocurrir en economía, el titular no cuenta toda la historia.
La primera precisión es importante: estos porcentajes reflejan el valor de las mercancías expresado en dólares, no necesariamente un aumento equivalente en el volumen físico exportado. También importa qué productos explican el salto. En agosto, las exportaciones manufactureras no automotrices crecieron 63.2%; las ventas de equipos y aparatos eléctricos y electrónicos aumentaron 122.3%. En cambio, las exportaciones automotrices bajaron 2.2% anual. No estamos ante un auge uniforme. México está creciendo con fuerza en ciertas ramas manufactureras, particularmente las vinculadas con electrónica, equipo eléctrico y la demanda industrial estadounidense. Al mismo tiempo, un sector que durante décadas ha sido emblema de la integración productiva de América del Norte, el automotriz, muestra señales de presión.
También aumentaron las importaciones de bienes de uso intermedio, aquellos que las empresas incorporan a sus procesos productivos: crecieron 41.9% anual en agosto. Las importaciones de bienes de capital avanzaron 6.9%. Esto puede ser una señal favorable si significa que las plantas están comprando insumos y equipo para producir más. Pero también recuerda que una parte de la capacidad exportadora mexicana depende de componentes, maquinaria y materiales que vienen del exterior. Exportar más no equivale, por sí solo, a producir con mayor contenido nacional. Ahí está el reto que suele perderse entre los récords: cuánto de cada dólar exportado se queda en México. Una cifra elevada puede coexistir con proveedores locales que no logran entrar a las cadenas de suministro, con pequeñas empresas sin financiamiento para ampliar capacidad y con regiones que
aportan terreno, mano de obra o infraestructura, pero capturan una proporción limitada del valor generado.
El 12 de octubre, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que todavía no existe un acuerdo con Washington para reducir los aranceles aplicados a vehículos, acero y aluminio, aunque hay avances en las conversaciones. El T-MEC sigue vigente, pero eso no ha eliminado las medidas arancelarias que afectan a esos sectores. Conviene evitar dos simplificaciones. La primera: afirmar que todo el comercio mexicano con Estados Unidos enfrenta los mismos aranceles. La segunda: asumir que la vigencia del tratado resuelve por sí sola los costos que enfrentan industrias específicas. El impacto es desigual, pero real para las empresas expuestas a esos gravámenes y para sus proveedores.
La industria automotriz lo muestra con claridad. En septiembre, las exportaciones de vehículos ligeros cayeron 11.9% anual y la producción bajó 15.1%, de acuerdo con cifras del INEGI. En los primeros nueve meses del año, las exportaciones de autos hacia Estados Unidos disminuyeron 5%, mientras Canadá aumentó sus compras a México en poco más de 9%. No se puede atribuir cada movimiento a una sola causa. La demanda, los calendarios de producción, las decisiones de las armadoras y los cambios de mercado también influyen. Pero sería ingenuo ignorar que la incertidumbre arancelaria modifica cálculos de inversión, costos y ubicación de plantas. Cuando las empresas no saben con suficiente claridad qué reglas prevalecerán, posponen decisiones o buscan reducir su exposición.
El superávit comercial de agosto es positivo, pero no debe convertirse en una medalla que cierre la conversación. Es un resultado de un mes y de una estructura productiva concreta. Para saber si se transforma en mayor desarrollo, hay que revisar la calidad del crecimiento: qué sectores venden más, qué empleos generan, qué proveedores participan y cuánto valor agregado se queda en el país. México necesita aprovechar el dinamismo de las exportaciones tecnológicas y manufactureras sin descuidar los sectores que hoy están bajo presión. Eso exige más que promover el nearshoring en presentaciones. Requiere certidumbre regulatoria, energía suficiente, infraestructura logística, formación técnica y financiamiento para que proveedores mexicanos puedan cumplir estándares, invertir y crecer.
Hoy por hoy, La polémica está en confundir éxito exportador con poder económico. Un país puede ocupar un lugar destacado en las estadísticas y, aun así, depender de decisiones tomadas fuera de sus fronteras, importar buena parte de los insumos que utiliza y dejar fuera de la prosperidad a empresas que no logran integrarse a las cadenas de valor. La pregunta incómoda es esta: si México presume récords de exportación, pero no consigue mayor contenido nacional ni certidumbre para sus
industrias estratégicas, ¿está construyendo una economía más fuerte o simplemente produciendo más dentro de una cadena cuyo control sigue estando en otra parte?





