Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirar hacia fuera. Y existen otras, quizá más difíciles, que nos obligan a mirarnos a nosotros mismos. ¿Estamos siendo los adultos que queremos que nuestros hijos y alumnos lleguen a ser? La respuesta no puede construirse con discursos, buenas intenciones ni frases repetidas acerca de los valores. Tiene que encontrarse en nuestra conducta cotidiana.
Durante años hemos hablado de una supuesta crisis de valores entre niños y jóvenes. Nos preocupa que las nuevas generaciones respeten menos la autoridad, toleren poco la frustración, incumplan reglas, normalicen la violencia, busquen resultados inmediatos o consideren que cualquier medio es válido para alcanzar un objetivo. Pero antes de juzgarlas habría que formular una pregunta más incómoda: ¿de quién aprendieron todo eso?
Ninguna generación se forma en el vacío. Los jóvenes observan mucho más de lo que los adultos imaginamos. Aprenden de nuestras palabras, ciertamente, pero sobre todo de nuestras contradicciones. Un padre puede hablar durante horas sobre el respeto; pero si insulta al conductor que se atraviesa en el tráfico, su hijo aprende una lección diferente. Un maestro puede exigir puntualidad, pero si llega tarde sistemáticamente, convierte su discurso en retórica. Un ciudadano puede indignarse por la corrupción y, al mismo tiempo, intentar evitar una multa ofreciendo dinero o buscando “a alguien que conozca a alguien”. En todos esos casos existe una enseñanza. Sólo que no es la que creemos transmitir. La autoridad moral no se decreta: se construye.
Quizá uno de los problemas de nuestro tiempo sea precisamente que queremos conservar la autoridad sin aceptar las obligaciones que la hacen legítima. Pedimos obediencia, pero no siempre ofrecemos coherencia. Reclamamos respeto, aunque a veces somos incapaces de respetar. Exigimos responsabilidad mientras encontramos explicaciones para justificar nuestros propios incumplimientos. Y los jóvenes detectan esas contradicciones con enorme facilidad. Podemos decirle a un adolescente que debe reconocer sus errores, pero si nunca escucha a sus padres pedir disculpas, aprenderá que disculparse es una señal de debilidad. Podemos enseñarle que todos somos iguales ante las reglas, pero si observa que constantemente buscamos privilegios, contactos o excepciones, comprenderá rápidamente que las normas parecen existir únicamente para quienes no tienen manera de evadirlas. Entonces comienza una peligrosa pedagogía de la incongruencia. El mensaje termina siendo sencillo: haz lo que te digo, no lo que hago.
El problema trasciende el ámbito familiar. También es una cuestión educativa, institucional y profundamente social. Una sociedad entera educa. Educa la familia, pero también la escuela; educan los medios de comunicación, las empresas, las instituciones y quienes ejercen cualquier forma de liderazgo. Educa la manera en que tratamos al trabajador que nos presta un servicio, la forma en que conducimos, nuestra relación con las reglas, la manera en que hablamos de quien piensa diferente y hasta aquello que estamos dispuestos a hacer cuando creemos que nadie está observando. Por eso resulta insuficiente pedir mejores jóvenes si no estamos dispuestos a construir mejores referentes. La responsabilidad, además, no significa perfección. Ningún padre, maestro o adulto puede aspirar a convertirse en un modelo sin errores. Sería artificial y, probablemente, contraproducente. El verdadero ejemplo no está en mostrarse infalible, sino precisamente en enseñar qué hacer cuando fallamos. Reconocer un error frente a un hijo puede educar más que cien discursos sobre honestidad. Pedir una disculpa enseña humildad. Cumplir una promesa enseña responsabilidad. Llegar puntualmente transmite respeto por el tiempo ajeno. Respetar una fila aparentemente insignificante enseña ciudadanía. Devolver aquello que no nos pertenece enseña integridad. Tratar con dignidad a una persona independientemente de su posición social enseña algo que ningún libro de civismo puede explicar completamente.
Los valores adquieren significado cuando tienen costo. Es fácil defender la honestidad cuando ser honesto no implica perder nada. Es sencillo hablar de responsabilidad cuando cumplir no exige esfuerzo. La verdadera enseñanza aparece cuando hacer lo correcto significa renunciar a una ventaja, aceptar una consecuencia, reconocer una equivocación o cumplir una obligación aunque resulte incómoda. Ahí comienza el ejemplo. También deberíamos revisar una idea cada vez más extendida: que educar consiste únicamente en proteger a los jóvenes de cualquier frustración. Amar no significa eliminar todas las dificultades de su camino. Una educación responsable debe enseñar también límites, consecuencias, disciplina, paciencia y esfuerzo.
Durante mucho tiempo esas palabras parecieron volverse incómodas. Se confundió disciplina con autoritarismo, límites con falta de comprensión y exigencia con ausencia de afecto. Sin embargo, una sociedad incapaz de enseñar responsabilidades mientras proclama derechos termina formando ciudadanos preparados para exigir, pero no necesariamente para corresponder. Los derechos son indispensables para una convivencia digna. Precisamente por eso necesitan ciudadanos conscientes de que toda comunidad se sostiene también mediante deberes. Tenemos derecho a espacios públicos limpios, pero responsabilidad de no ensuciarlos. Derecho a exigir instituciones honestas, pero obligación de rechazar pequeñas corrupciones cuando nos benefician. Derecho al respeto y obligación de respetar. Derecho a exigir autoridades responsables, pero también deber de asumir nuestras responsabilidades como ciudadanos.
No podemos construir una ética pública completamente diferente de nuestra ética privada. Ésa quizá sea una de las mayores contradicciones contemporáneas: condenamos en grande aquello que toleramos en pequeño. Nos escandalizan los abusos de poder, pero podemos abusar de nuestras pequeñas posiciones de autoridad. Rechazamos el privilegio cuando beneficia a otros, pero buscamos excepciones cuando nos favorecen. Criticamos la mentira pública mientras justificamos las mentiras privadas bajo el argumento de que “no pasa nada”. Sí pasa. Cada pequeña conducta ayuda a definir aquello que una sociedad considera aceptable. Por eso la transformación más profunda de una comunidad difícilmente comienza mediante grandes discursos. Empieza en acciones ordinarias que rara vez aparecen en las noticias: un padre que cumple su palabra; una madre que reconoce que se equivocó; un maestro que prepara con responsabilidad su clase; un jefe que trata con justicia a sus colaboradores; una persona que devuelve dinero recibido por error; un ciudadano que respeta una regla aunque pudiera incumplirla sin consecuencias. Pueden parecer gestos menores. No lo son. Son pequeñas escuelas de ciudadanía.
Tal vez hemos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos qué les pasa a los jóvenes y demasiado poco a preguntarnos qué están viendo en nosotros. Porque cada generación recibe de la anterior no solamente una herencia económica, institucional o cultural. Recibe también una forma de entender la vida. Nuestros hijos probablemente olvidarán muchos de nuestros consejos. Olvidarán sermones, recomendaciones y regaños. Pero difícilmente olvidarán cómo tratábamos a las personas, si cumplíamos nuestra palabra, cómo reaccionábamos ante una injusticia, qué hacíamos después de equivocarnos y qué principios estábamos dispuestos a defender cuando resultaban incómodos. El ejemplo tiene una característica extraordinaria: educa incluso cuando no pretendemos hacerlo. Por eso quizá la pregunta que debería acompañarnos no sea únicamente qué clase de mundo queremos dejarles a nuestros hijos. Hay otra anterior y mucho más personal: ¿Qué clase de hijos estamos dejando al mundo? La respuesta comienza, inevitablemente, frente al espejo.





