
Conócete a ti mismo
Maxima délfica, Tempo de Apolo
Ya habrá usted oído, de entre la gran variedad de propuestas de la espiritualidad new age, la que lo invita a vivir en el aquí y el ahora. Bueno, pues permítame felicitarlo, porque ya lo logró. Y es que no hay forma de vivir de otra manera.
Usted no puede experimentar otra cosa que no sea la que está vivenciando aquí y ahora, no puede tomar decisiones con otro estado de ánimo y disposición ni imaginar o planear el futuro desde otro sitio interior que no sea el de aquí y ahora. Y con esta expresión no me refiero el presente. No son sinónimos. El primero es el momento, el segundo es la etapa.
Mi aquí y ahora es este instante en que estoy escribiendo, mi presente abarca un tiempo más amplio, como qué estoy haciendo a mis 66 años con mi vida. Pero, aunque nos es imprescindible una perspectiva amplia: pasado, presente y futuro, para evaluar nuestra historia, posición y posibilidades de ser en el mundo, la verdad es que solo vivimos el instante, y generalmente de forma inconsciente, permítame decírselo.
Es decir, la mayor parte del tiempo tenemos la atención puesta en la memoria o la imaginación, no en la experiencia que está transcurriendo; nos enfocamos en ese pasado, por lo común, doloroso, o el futuro, más frecuentemente, catastrófico, y por tanto los convertimos en el instante presente. Y, si acaso, nos cae “el veinte” en retrospectiva, nos daremos cuenta de que nuestra actividad mental predominante es rumiar o adivinar, algo totalmente inútil, si no es que perjudicial, para forjar destino. Vivir se parece más a una película que a encarnar una forma inteligente de vida.
Es inútil porque no tenemos un propósito racional para dicha actividad, como la reflexión sobre mis experiencias y mis posibilidades, para cambiar ciertos aspectos de mi vida. Para eso sirven la retrospección y la proyección. Es perjudicial, por cuanto en nosotros predominan los estados de ánimo mórbidos.
Para darle ejemplo de lo anterior, veamos dos de las conductas más comunes en todos: por una parte, aceptamos compromisos futuros desde el estado de ánimo y la disposición del momento en que nos fueron propuestos; pero llegado el día, cercana la hora, ya no estamos igual, ya no queremos ir. Por otra parte, posponemos muchos buenos momentos o placeres esperando una mejor ocasión, porque no nos sentimos en condiciones, con la suficiente energía o con la que nos imaginamos que se requeriría, sin darnos cuenta de que quizá nunca llegue el momento o, cuando lo haga, algo lo arruinará; nosotros, por ejemplo.
Y, como es mi costumbre, todo esto no me lo invento yo. Hay estudios de cómo el ser humanos planea, proyecta, juzga y toma decisiones desde el estado afectivo del momento, sin darse cuenta del sesgo, y los efectos que esto tiene. Los de George Loewenstein, Ted O’Donoghue y Matthew Rabin, son algunos de ellos.
Así pues, el ya muy manido aquí y ahora no es una cuestión de “vive tu vida momento a momento”, porque eso ya lo hacemos. Sino de estar presente, y no, usted no podrá estarlo cada instante de su vida, porque de ser así se quedaría sentado para siempre donde lo sorprenda la eterna presencia de su ser. Pero hay un segundo, un soplo de nuestro devenir, aquel en que tomamos decisiones no solo para acudir a un compromiso o dejar algo placentero para después, sino determinantes para nuestro futuro; un instante en el que más nos vale aprender a estar conscientes de lo que está sucediendo en nosotros.
¿Qué instantes son?: su intuición se lo dirá, si aprende a escucharla. ¿Qué tipo de conciencia requiero? Trifásica: advierto cómo me siento, sé que la forma en que me siento es determinante, trato de entender en qué medida. Esto puede cambiarlo todo. Esto y otro “truquillo”, que se llama autosugestión, pero va para la semana que viene.




