jueves, junio 25, 2026
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EN EL TINTERO

Reflexiones

Han pasado casi tres semanas desde la elección del 6 de junio y, superada la etapa de la efervescencia electoral, el Partido Acción Nacional en Coahuila enfrenta el momento más complejo de su historia reciente. No se trata únicamente de haber obtenido el peor resultado electoral desde su fundación en el estado, sino de asumir que el desplome no fue producto de una sola campaña, sino de un desgaste acumulado durante varios años.

Lo más preocupante no es la derrota en las urnas, sino la ausencia de una conducción política visible después de ella. Mientras diversas voces panistas han comenzado a plantear un ejercicio de autocrítica, la dirigencia estatal permanece prácticamente ausente y la nacional lo dejó solo en un mensaje que aplaudió la estrategia priista frente a la nada notoria albiazul.

No ha existido un posicionamiento institucional en lo estatal que marque una ruta, explique lo ocurrido o convoque a la militancia. Después del duelo electoral llega el momento de reconstruir, y el silencio difícilmente puede convertirse en estrategia.

Las reflexiones expresadas por el diputado local Gerardo Aguado Gómez ofrecen una de las primeras aproximaciones serias al diagnóstico. Reconoce que el PAN lleva varios procesos consecutivos perdiendo respaldo ciudadano y plantea que el partido se alejó de las calles, de las causas sociales y de la cercanía permanente con la gente.

Sostiene que el partido debe volver a ser un instrumento de ciudadanía y no únicamente una maquinaria que aparece durante las campañas. También admite una realidad incómoda: con un padrón inferior a cuatro mil militantes resulta prácticamente imposible aspirar a representar a una sociedad de millones de habitantes.

La organización terminó reduciendo su propia base política mediante candados que dificultaron la incorporación de nuevos perfiles y, en algunos momentos, mediante decisiones internas que derivaron en expulsiones masivas y alejamiento de cuadros con arraigo social y experiencia política. El resultado fue un partido cada vez más pequeño y menos competitivo.

Pero existe otro factor que igualmente influyó en la debacle del PAN: las decisiones de su dirigencia, tanto estatal como nacional. El exdirigente panista Juan Antonio García Villa ha sido particularmente crítico al señalar que el partido cayó en una conducción pasiva, sin capacidad de autocrítica y con procesos internos ampliamente cuestionados. A ello suma un hecho que considera un punto de quiebre: el convenio político difundido en enero de 2024 por el entonces dirigente nacional, Marko Cortés, mediante el cual PRI y PAN proyectaban la distribución de posiciones de gobierno en caso de ganar la elección de ese año en Coahuila.

Para García Villa, ese episodio envió un mensaje equivocado a la ciudadanía, deterioró la credibilidad del partido y terminó alejando a muchos de sus simpatizantes. A ello se agrega una percepción compartida por diversos liderazgos locales: la creciente lejanía de la dirigencia nacional respecto de Coahuila.

Mientras el partido perdía presencia territorial y competitividad, el respaldo político, organizativo y estratégico desde el Comité Ejecutivo Nacional fue insuficiente para enfrentar una crisis que ya se venía gestando desde procesos anteriores.

Esa reflexión coincide con lo que durante años distintos panistas advirtieron sin ser escuchados. Durante dirigencias anteriores se privilegió la confrontación interna sobre la construcción de acuerdos, provocando que militantes históricos, liderazgos regionales y perfiles con reconocimiento ciudadano fueran alejándose del partido. No todos abandonaron formalmente las filas, pero muchos dejaron de participar activamente. El costo terminó reflejándose en las urnas.

Un partido que durante décadas fue la principal fuerza opositora en Coahuila terminó obteniendo apenas alrededor del dos por ciento de la votación y perdiendo las prerrogativas estatales.

En ese contexto también surge el debate sobre el futuro de la estructura partidista. Guillermo Anaya ha planteado la posibilidad de que el Comité Directivo Estatal desaparezca para convertirse en una delegación, aunque, como precisa Gerardo Aguado, esa decisión no es automática y corresponderá analizarla a la Comisión Permanente Nacional. Más allá de la figura administrativa, el verdadero problema no radica en el nombre del órgano de dirección, sino en la capacidad de reconstruir un liderazgo que hoy luce debilitado.

Las voces de experiencia comienzan a marcar el camino. Esther Quintana ha hablado de reconocer la derrota, ejercer una autocrítica auténtica y reconstruir desde los cimientos. Es difícil encontrar argumentos para rebatir esa postura. Ninguna organización política supera una crisis negándola. Tampoco lo hace guardando silencio.

El PAN todavía conserva una historia, una doctrina y cuadros con capacidad política. Pero el tiempo juega en su contra. El siguiente proceso electoral ya se acerca y la reconstrucción no comenzará el día que inicien las campañas, sino el día que el partido vuelva a abrir sus puertas, recupere la calle y, sobre todo, encuentre liderazgos capaces de asumir responsabilidades. Porque las derrotas electorales pueden convertirse en oportunidades de renovación; las ausencias de liderazgo, en cambio, suelen prolongar las crisis.