El domador del Cuatro Bajo
Hay actos en el circo político que arrancan aplausos inmediatos y otros que parecen imposibles de ejecutar. No son espectáculos para la galería ni números de magia que se resuelven con humo y espejos. Son maniobras complejas, de esas donde el artista se juega la reputación y donde cualquier error puede provocar que toda la estructura se venga abajo.
Uno de esos actos es el que hoy se desarrolla en Saltillo.
Durante décadas, el arroyo Cuatro Bajo se convirtió en un viejo monstruo de la pista. Cada temporada de lluvias aparecía con su espectáculo de destrucción, inundaciones, daños materiales y angustia para miles de familias que habitan al norte de la ciudad. Administraciones iban y venían, y el enorme elefante permanecía en medio de la carpa sin que nadie se atreviera realmente a moverlo.
Porque una cosa es prometer y otra muy distinta es meterse al ruedo.
La liberación de predios, las negociaciones con propietarios, los estudios técnicos, la elaboración del proyecto ejecutivo y la gestión de recursos son actos que pocas veces generan reflectores, pero representan el trabajo más complicado del espectáculo.
Y ahí es donde el alcalde Javier Díaz González ha decidido presentarse como el domador principal de una función que muchos consideraban imposible.
Con un avance del 75 por ciento en la liberación de terrenos y prácticamente concluido el proyecto ejecutivo, la primera etapa de la canalización del Cuatro Bajo comienza a dejar de ser una promesa para convertirse en una realidad.
No es una obra menor.
La inversión ronda los 450 millones de pesos. Detrás del telón también aparece el maestro de ceremonias estatal, Manolo Jiménez Salinas, quien logró gestionar ante la CONAGUA 250 millones de pesos, mientras que el resto será cubierto mediante recursos provenientes del Impuesto Sobre Nómina.
Y es aquí donde se aprecia una diferencia entre el político que busca aplausos rápidos y el que apuesta por obras que quizá no luzcan en fotografías espectaculares, pero que terminan transformando la vida de miles de personas.
Porque la política moderna suele privilegiar los fuegos artificiales. Los malabaristas abundan; los ilusionistas también. Pero construir infraestructura hidráulica es un número poco glamoroso. No produce tendencias en redes sociales ni genera grandes ovaciones instantáneas.
Sin embargo, cuando las lluvias llegan y las casas permanecen secas, entonces aparece el verdadero reconocimiento del público.
La función todavía no termina. Falta la autorización definitiva de la CONAGUA, iniciar las obras y llevarlas a buen puerto. Pero el simple hecho de haber avanzado en una tarea que por años parecía atrapada entre expedientes, conflictos y promesas incumplidas ya representa una señal importante.
Porque los problemas heredados rara vez son los favoritos de los políticos. La mayoría prefiere montar actos nuevos antes que enfrentarse a los viejos animales indomables que otros dejaron enjaulados.
En Saltillo, el viejo elefante llamado Cuatro Bajo comienza a abandonar el escenario. Y si el número concluye con éxito, miles de familias serán las que terminen de pie, aplaudiendo.
Bajo la lona…
En el circo político abundan los prestidigitadores que venden ilusiones y los trapecistas que buscan el reflector más brillante. Pero las obras más difíciles no se hacen con trucos. Se hacen con paciencia, gestión y la capacidad de enfrentar a los viejos monstruos que durante años nadie quiso sacar a la pista.
“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos”
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