miércoles, junio 10, 2026
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LA FIESTA Y LA CASA

En México somos campeones para organizar fiestas. Boda, carne asada, bautizo, posada, quince años, final de fútbol, reunión que empezó con “nomás una” y terminó con alguien cantando José José toda la noche.

Pero una cosa es organizar una fiesta. Y otra muy distinta es recibir al mundo entero en tu casa. Este jueves arranca el Mundial 2026. México será anfitrión por tercera vez en su historia. Ya lo hizo en 1970. Lo volvió a hacer en 1986. Y ahora, cuarenta años después, le toca otra vez abrir la puerta, poner la mesa y enseñarle al mundo de qué estamos hechos.

Hace unos días, Integralia publicó un reporte Mundial 2026: ¿Cómo llega México? Para quien no la ubique, Integralia no es una cuenta de X. Es una consultora especializada en temas públicos, riesgos, economía, regulación, seguridad y entorno social. Su chamba no es decir si México va a jugar con línea de cinco o si la Hormiga va a tener minutos. Su chamba es leer el evento completo. Y el escenario que presenta no es caótico. Pero tampoco está para celebrar a ciegas.

México llega al Mundial con una economía mucho más grande que la de 1970 y 1986. En 1970 éramos un país de 52 millones de habitantes. En 1986, de 80 millones. Hoy somos más de 134 millones. En 1970, el PIB per cápita estaba por los 699 dólares. En 1986, 1,756. Hoy la estimación supera los 13,700.

Esto nos dice que: México ya no es el mismo país que recibió a Pelé ni el mismo que recibió a Maradona. Somos más grandes. Más conectados. Más visitados. Y también, hay que aceptarlo, bastante más complejos.

Porque el Mundial llega acompañado de una expectativa económica enorme. Como cuando te dicen que abrir una sucursal nueva “solita se va a pagar” y luego descubres que también existen la nómina, la luz, el permiso, el mantenimiento, el contador, etc.

Según Integralia, el Mundial sumaría alrededor de 0.1% al PIB anual. O sea: sí habrá derrama. Sí habrá hoteles llenos. Sí habrá restaurantes felices. Sí habrá turistas comprando sombreros, camisetas, mezcal, tacos y un llavero carísimo que diga “Viva México”.

Pero no nos hagamos bolas: trece partidos no transforman una economía nacional. El Mundial puede ser vitrina. Puede ser aparador. Puede ser oportunidad.

Pero no es varita mágica.

Este Mundial no sólo va a medir estadios. Va a medir coordinación. Va a medir movilidad. Va a medir seguridad. Va a medir salud pública. Va a medir conectividad. Va a medir qué tan bien sabemos operar cuando todos nos están viendo.

En 1970, el reto era enseñar un México moderno. En 1986, después del terremoto, el reto era enseñar un México de pie, resiliente. En 2026, el reto se ve distinto: enseñar un México capaz de organizarse.

Y eso, siendo honestos, a veces nos cuesta más que meter un penal. Y eso que los penales nos traen recuerdos muy malos. El reporte también habla de presión social. Y aquí hay que tener cuidado. No se trata de regañar o señalar a nadie. No se trata de decir que las manifestaciones estorban porque viene la FIFA.

Tampoco se trata de barrer debajo del tapete problemas reales para que el extranjero vea todo completamente impecable. México no deja de ser México porque empieza el Mundial. Las demandas de la CNTE, las madres buscadoras, los transportistas, ganaderos, campesinos, estudiantes, comerciantes y otros grupos no desaparecen porque se juegue a la pelota.

Al contrario. Cuando viene una videocámara internacional, muchos grupos sociales ven una oportunidad para ser escuchados. Y eso puede incomodar. Sí. Pero también nos enseña algo. El Mundial no cancela las conversaciones pendientes de un país. Sólo las pone en 4K.

También se mencionan riesgos sanitarios. Integralia habla de sarampión, influenza y vigilancia epidemiológica. No es para entrar en pánico. Pero sí para entender que recibir turistas no sólo es poner mariachi en el aeropuerto. Es tener protocolos. Hospitales listos. Comunicación clara. Y capacidad de reacción.

Luego está la ciberseguridad. En 1970, el riesgo era que te robaran la cartera. En 2026 también. Nomás que ahora la cartera está en el celular. Pagos digitales, redes públicas, aeropuertos saturados, hoteles conectados, apps de transporte, boletos digitales, códigos QR, promociones falsas, links apócrifos y el típico “entra aquí para ganar boletos gratis”. La delincuencia también se modernizó. Ya no sólo te bolsea en la fila. También te puede bolsear con WiFi gratis.

Pero creo que el dato más raro de todo el reporte no es económico, sanitario ni tecnológico. A dos días del Mundial, Integralia detecta que domina la indiferencia hacia el torneo y hacia la Selección Mexicana. Sólo cerca de una quinta parte de la conversación digital muestra una percepción positiva. Eso no significa necesariamente que cuatro de cada cinco mexicanos odien el Mundial. Significa que muchos todavía no conectan emocionalmente con él. Y eso es sumamente raro. Porque México puede tener muchas broncas, pero si algo parecía intocable era la emoción mundialista. Antes todos sabían contra quién debutaba México. Hoy muchos saben más del once del Real Madrid, del nuevo anime disponible o del roast semanal entre influencers que de la alineación de la Selección.

¿Nos dejó de importar la Selección? O tal vez…. ¿la Selección dejó de parecerse a nosotros? ¿Será que dejamos de sentirnos representados? Hoy tenemos una selección con varios jugadores nacionalizados o no nacidos en México. Y ojo: eso no los hace menos dignos de portar la camiseta. Si defienden el escudo, se parten la madre y respetan al país, bienvenidos.

Pero sí abre otra plática. ¿Por qué nos cuesta tanto exportar jugadores a Europa? ¿Por qué otros países parecen producir talento competitivo con más facilidad? ¿Por qué una liga con estadios llenos, marcas fuertes y mucho dinero no logra formar suficientes futbolistas de élite? Y ahí sale otro tema que no conviene usar para perder la calma, pero sí para pensar un rato: ¿Qué tanto impactó la eliminación del ascenso y descenso en la presión competitiva del fútbol mexicano?

No digo que sea la única causa. Sería demasiado fácil. Pero cuando quitas consecuencias, todo cambia. En la empresa, en la escuela, en la vida y en el fútbol. Si nadie baja, si nadie pierde realmente su lugar, si el fracaso no tiene costo deportivo, la exigencia corre el riesgo de volverse únicamente decoración.

México juega en casa. Y eso importa. ¿Cómo se calcula la localía en un algoritmo? ¿Cómo mides el peso de un Estadio Azteca (ahora Banorte) lleno? ¿Cómo calculas que un equipo escuche el “Cielito Lindo” y sienta que está jugando contra once futbolistas y contra un país entero?

En nuestros dos mejores Mundiales, 1970 y 1986, México llegó a cuartos de final. Las dos veces fue en casa. Casualidad, tal vez. Pero en el fútbol, como en tantos otros ámbitos de la vida, hay variables que Excel no alcanza a magnificar. El ambiente pesa. La presión pesa. La camiseta pesa. La pregunta es cuánto pesa hoy.

Porque este Mundial será una prueba deportiva, sí. Pero sobre todo será una prueba cultural. Fuera de si eres o no simpatizante del gobierno en turno. Fuera de si la Selección emociona o desespera. Fuera de si llegamos con una generación dorada, plateada o de aluminio reciclado. Tenemos una responsabilidad como país. Enseñar lo mejor de México. La hospitalidad. La comida. La música. El humor. La calidez. La capacidad de resolver.

La forma a veces absurda y otras envidiable en que un mexicano puede ayudar a un extranjero perdido aunque no hable su idioma, aunque llegue tarde, aunque no sepa bien dónde está la calle, pero igual diga: “vente, compadre, yo te llevo”.MEso también es México.MNo sólo los riesgos. No sólo las diferencias. No sólo los pendientes. También somos eso.

Un país que puede estar discutiendo media hora, pero si llega visita, saca la mejor cara. El Mundial no va a arreglar México. Tampoco lo va a destruir. Pero sí lo va a poner en el ojo del mundo.

Durante un mes, el planeta no sólo va a ver cómo juega nuestra Selección. Va a ver cómo recibimos. Cómo coordinamos. Cómo cuidamos. Cómo informamos. Cómo conectamos. Cómo tratamos al turista y al local. Cómo abordamos al que protesta. Cómo protegemos al que viene. Y cómo nos comportamos cuando la cámara está prendida.

Tal vez el Mundial no nos dé el quinto partido. Tal vez no mueva demasiado el PIB. Tal vez no cure en seco nuestra indiferencia futbolera. Pero sí puede recordarnos que México sigue teniendo con qué emocionar al mundo. Sólo hay que estar a la altura de nuestra propia casa. Porque cuando México quiere ser anfitrión, no es suficiente abrir la puerta. Hay que tener la casa lista. Y si vamos a invitar al mundo…más vale que nos agarre listos.