Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C.
Del derecho divino al derecho a pensar
Por: Mónica Nahomi Rodríguez Aguilar
La caída del absolutismo no fue un accidente súbito de la historia, sino el resultado de un lento y poderoso cambio en la manera en que los seres humanos decidieron entender el mundo y su propio lugar dentro de él: durante siglos, el poder de los monarcas se justificó como un mandato divino respaldado por instituciones como la Iglesia Católica, que ofrecían certezas, orden y una narrativa incuestionable sobre la verdad.
Sin embargo, a partir del Renacimiento y con mayor fuerza durante la Ilustración, comenzó a gestarse una revolución silenciosa basada en la duda, la observación y la evidencia, impulsada por figuras como Galileo Galilei, Isaac Newton y René Descartes, quienes demostraron que el conocimiento no debía depender únicamente de la autoridad, sino de la comprobación; el método científico introdujo una idea radical para su época: que incluso las verdades más arraigadas podían ponerse a prueba, y esta noción terminó filtrándose fuera de los laboratorios y observatorios hasta llegar a la política y la vida cotidiana, donde el pueblo comenzó a cuestionar por qué los reyes debían gobernar por derecho divino o por qué ciertas normas sociales eran incuestionables.
El cuestionamiento del dogma religioso, que había comenzado siglos antes con voces como la de Martín Lutero, se transformó así en un cuestionamiento del poder absoluto en todas sus formas, dando paso a la idea de ciudadanía, derechos y participación, y sembrando la noción de que la legitimidad debía construirse desde la razón y el consenso y no desde el miedo o la tradición; lo fascinante es que este proceso no pertenece solo a los libros de historia, porque cada vez que hoy contrastamos información antes de compartirla, cuando dudamos de una narrativa dominante, cuando exigimos transparencia a las instituciones o cuando nos preguntamos si las reglas que seguimos tienen sentido en nuestra realidad actual, estamos ejerciendo ese mismo impulso que derrumbó el absolutismo: la voluntad de pensar por cuenta propia; en una era saturada de información, teorías conspirativas y verdades a medias, el método científico y la herencia ilustrada siguen siendo herramientas profundamente contemporáneas, recordándonos que la libertad no es únicamente un sistema político, sino un hábito mental que se practica todos los días al atrevernos a preguntar ¿y si no es así?, porque la historia demuestra que las grandes transformaciones comienzan cuando la duda deja de ser peligrosa y se convierte en el primer paso hacia la autonomía colectiva e individual.
Si bien ese despertar nos liberó de reyes y dogmas religiosos, hoy el desafío es no caer en «nuevos absolutismos». A veces, los algoritmos, la polarización o el fanatismo ideológico intentan que volvamos a dejar de pensar por nosotros mismos. La conexión más vital con aquel pasado es el discernir entre la información real y el ruido digital para no volvernos súbditos de nuevas ideologías invisibles.




