jueves, marzo 26, 2026
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COMPETENCIA Y COOPERACIÓN

Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C.

 El tiempo de las mujeres: la desigualdad que sostiene la economía

 Por Abdelali Soto Vázquez

Cada 8M vuelve la discusión sobre la igualdad en el mundo del trabajo. Con frecuencia el debate se centra en salarios y oportunidades. Sin embargo, al observar con atención, la brecha laboral no empieza ahí. Comienza mucho antes: en la forma en que se distribuye el tiempo dentro de los hogares.

En Coahuila, según INEGI, alrededor de 1.6 millones de personas trabajan. De ellas, 624 mil son mujeres y 976 mil hombres. Dicho de otro modo, las mujeres representan apenas cuatro de cada diez personas en el mercado estatal. Además, mientras tres de cada cuatro hombres en edad de trabajar están económicamente activos, entre las mujeres lo está menos de la mitad (ENOE-INEGI, 2025).

La explicación de esta diferencia no se encuentra únicamente en la educación o en la experiencia, sino en algo mucho más cotidiano: quién sostiene la vida diaria.

De acuerdo con la Encuesta sobre Uso del Tiempo, las mujeres en la entidad dedican 48.3 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados, mientras que los hombres destinan 21.7 horas; es decir, menos de la mitad (ENUT-INEGI, 2024).

En economía esta disparidad tiene nombre: pobreza de tiempo. Cuando gran parte de la jornada se dedica a actividades no remuneradas, la posibilidad de participar en el mercado laboral disminuye.

Paradójicamente, ese trabajo invisible sostiene el funcionamiento de la economía. Se estima que el valor del trabajo doméstico y de cuidados representa alrededor del 22.5% del PIB estatal, y cerca del 70% de ese valor lo generan las mujeres (Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares – INEGI, 2024).

En otras palabras, una parte fundamental de la economía depende de actividades que no se pagan, que rara vez se reconocen y que pocas veces se consideran en las decisiones públicas.

Hay, además, un momento en la vida de muchas mujeres en el que esta desigualdad se vuelve todavía más evidente: la maternidad.

Diversos estudios han documentado la penalización por maternidad, un fenómeno que reduce ingresos y oportunidades laborales. Incluso advierten que esta situación puede implicar una desventaja salarial que se mantiene durante buena parte de la vida laboral (OIT, 2019).

Los datos lo muestran con claridad. En Coahuila, las mujeres sin hijos registran un ingreso trimestral promedio de $37,720 pesos, pero cuando tienen dos hijos el ingreso promedio se reduce a $33,141. En contraste, los hombres con dos hijos alcanzan 60,728 pesos, ampliando la brecha hasta cerca de 45 $% (ENIGH-INEGI, 2024).

En otras palabras, mientras la paternidad suele ser neutral —o incluso positiva— para la trayectoria laboral masculina, la maternidad puede convertirse en una desventaja económica que se acumula con el tiempo.

Las interrupciones laborales, las jornadas reducidas o la salida temporal del mercado laboral tienen efectos que se arrastran durante años. Incluso pueden traducirse en pensiones entre 30 % y 40 % menores para las mujeres, ampliando la desigualdad hasta la vejez (OISS, 2025).

Desde una perspectiva económica, esto no solo representa un problema de justicia social; también es un problema de eficiencia. Cuando una parte importante del talento disponible enfrenta barreras estructurales para participar plenamente en la economía, se desaprovecha capital humano, se reduce la productividad y se limita el crecimiento.

Por eso el debate no debería limitarse a la brecha salarial. El fondo del problema está en la organización social del cuidado. Coahuila, con una economía industrial dinámica y niveles relativamente altos de formalidad laboral, tiene una oportunidad clara: avanzar hacia un sistema de cuidados que permita a más mujeres participar en igualdad de condiciones.

La igualdad suele declararse como prioridad, pero solo se materializa mediante decisiones públicas. Un sistema de cuidados, licencias parentales equilibradas, servicios accesibles y empleos compatibles con la vida familiar no son concesiones: son condiciones básicas para que la economía funcione mejor.

Ignorar el problema tiene un costo enorme: menos talento, menor crecimiento y más desigualdad. Reconocerlo, en cambio, abre una oportunidad. Porque cuando una sociedad redistribuye el cuidado, no solo avanza la igualdad: libera tiempo, talento y futuro.

Quizá esa sea la conversación que deberíamos sostener después del 8M. Porque mientras el cuidado siga teniendo rostro de mujer, la igualdad seguirá siendo una promesa incompleta.