domingo, febrero 15, 2026
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NAVAJA LIBRE

De la indignación al encubrimiento

En 2018, Morena construyó su victoria sobre una bandera moral: combatir la corrupción. Se trataba, dijeron, del mal que explicaba todos los problemas nacionales. Pero seis años después, el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 revela una realidad incómoda: México obtuvo 27 puntos sobre 100 y cayó al lugar 141 de 182 países. Es una de las calificaciones más bajas desde que se mide con esta metodología.

El promedio global se ubicó en 42 puntos. Las democracias plenas promedian 71; los regímenes con instituciones debilitadas apenas 32. Transparencia Internacional es clara: cuando se erosionan los contrapesos y se politiza la justicia, la corrupción encuentra terreno fértil.

La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrió con la “transformación moral”? El expresidente López Obrador afirmó que el mandatario “está enterado de todo”. Si así era cuando señalaba los abusos de gobiernos anteriores, ¿también lo estuvo frente a los escándalos de su propio círculo? Los lujos de sus hijos, las redes de operadores políticos, el caso del hermano con 13 ranchos adquiridos “poco a poco”, nueve de ellos durante el sexenio, o las denuncias reiteradas sobre desvíos y contratos irregulares en distintas dependencias. Recordemos que el de AMLO, es el sexenio de Segalmex y el del huachicol fiscal; los más grandes hechos de corrupción de la historia.

La corrupción no siempre se expresa en maletas de efectivo; a veces se institucionaliza mediante opacidad, concentración de poder y debilitamiento de órganos autónomos. Se normaliza cuando la crítica es atacada y cuando la rendición de cuentas se sustituye por lealtad política.

Claudia Sheinbaum, lejos de iniciar una etapa de rectificación, ha asumido la defensa irrestricta del legado. Desde la Presidencia se insiste en que “cuando no hay corrupción alcanza para más”, pero los indicadores internacionales dicen otra cosa. Defender lo indefendible no fortalece al Estado; lo compromete.

La corrupción no es un argumento electoral: es un fenómeno que exige controles independientes, auditorías sólidas, justicia imparcial y transparencia en la contratación pública. El propio informe advierte que sin supervisión independiente la corrupción se vuelve sistémica. Morena convirtió la indignación social en su principal capital político. Hoy, frente a cifras que exhiben retrocesos, opta por el encubrimiento discursivo. La diferencia con el pasado no radica en la ausencia de corrupción, sino en la narrativa: antes la negaban; ahora la justifican.

La verdadera transformación pendiente no es de nombre ni de eslogan. Es institucional. Sin contrapesos reales, sin transparencia y sin rendición de cuentas, cualquier proyecto político —sin importar su color— termina atrapado en el mismo círculo vicioso que prometió destruir. Lo dicho: Lo único que de verdad hay en Morena es que “no son iguales”. Son, por mucho, lo peor de lo peor.