Educación, poder y la disputa por el sentido
Toda educación es una decisión política; forma ciudadanos o produce obedientes.
Durante siglos, la educación cumplió una función política clara, aunque pocas veces explícita, ordenar la sociedad. Enseñar era transmitir conocimiento; aprender, repetirlo. Este modelo, heredado de la modernidad industrial, no fue un error; fue un diseño. Respondía a una lógica donde el sistema necesitaba individuos funcionales, disciplinados y previsibles. Mientras ese orden sostuvo a la sociedad, la escuela cumplió su cometido. Hoy, ese paradigma ya no alcanza. No porque haya fallado, sino porque el mundo al que servía dejó de existir.
El debate educativo contemporáneo suele desviarse hacia lo accesorio; plataformas digitales, nuevos formatos, métricas de desempeño, rankings y competencias. Sin embargo, el problema de fondo no es técnico ni pedagógico. Es político y antropológico. Seguimos educando con estructuras pensadas para ciudadanos que ya no existen, en sociedades que ya no son estables, y bajo Estados que han renunciado, en muchos casos, a formar criterio.
Instruir es cómodo para el poder; educar no. La instrucción produce cumplimiento, la educación produce conciencia. Y la conciencia siempre incomoda. Por eso, en no pocos sistemas educativos, se privilegia la estandarización sobre el pensamiento crítico, la obediencia sobre la deliberación, el resultado inmediato sobre la formación profunda. No es casualidad; una ciudadanía que no piensa es más fácil de administrar.
Hoy, instruir ya no basta. Enseñar no puede reducirse a transferir información ni a cumplir programas oficiales. Exige diseñar experiencias de aprendizaje significativo que permitan al estudiante comprender su realidad, cuestionarla y asumir responsabilidad frente a ella. El conocimiento que no se conecta con la vida concreta no transforma; solo adiestra. Y una sociedad de individuos adiestrados es una sociedad políticamente frágil.
Desde una perspectiva filosófica, esta transición implica abandonar definitivamente la idea del alumno como recipiente vacío —criticada desde Aristóteles hasta Paulo Freire— y reconocerlo como sujeto político, portador de dignidad, historia y capacidad de juicio. Educar no es fabricar resultados medibles ni producir capital humano; es formar criterio, algo que ningún algoritmo puede garantizar.
Ideológicamente, esta pedagogía humanista se sitúa en oposición a dos discursos dominantes. Por un lado, al tecnocratismo educativo, que reduce la escuela a un espacio de entrenamiento laboral y al estudiante a un dato estadístico. Por otro, al relativismo complaciente, que diluye la exigencia en nombre de una falsa inclusión. Educar no es entretener ni adoctrinar; es exigir, orientar y formar carácter.
En un contexto de polarización política, debilitamiento institucional y pérdida de referentes éticos, el aula sigue siendo uno de los pocos espacios donde aún es posible aprender a pensar sin consignas, dialogar sin descalificar y discrepar sin destruir. Cuando el maestro es reducido a un ejecutor de lineamientos, el Estado renuncia a su responsabilidad formativa y deja el terreno libre al ruido, la desinformación y la manipulación.
Esta pedagogía no rechaza los valores tradicionales; los reivindica. El esfuerzo, la disciplina, la responsabilidad y el respeto por la verdad no son conceptos conservadores ni progresistas; son condiciones mínimas para la vida democrática. La diferencia es que hoy deben articularse con una visión de futuro; formar ciudadanos capaces de discernir, no solo de obedecer; de participar, no solo de consumir; de asumir consecuencias, no solo derechos.
La transición de instructores a diseñadores de experiencias de aprendizaje significativo no es una moda académica ni una ocurrencia ideológica. Es una decisión política impostergable. Responde a una pregunta que toda sociedad debe enfrentar con honestidad: ¿qué tipo de ciudadanos quiere formar?
Si la educación no contribuye a formar personas críticas, responsables y conscientes de su papel en la vida pública, entonces habrá servido al sistema… pero no a la democracia.
Aquí no hay neutralidad posible. Todo modelo educativo forma una visión del mundo.
Instruir transmite información; educar construye criterio.
Cuando la escuela olvida esta diferencia, forma resultados… pero pierde personas. Jcdovala





