domingo, enero 25, 2026
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La paradoja eléctrica de América Latina: más renovables, menos certidumbre

La generación eléctrica en América Latina y el Caribe (ALC) atraviesa una etapa de aparente consolidación renovable, pero con señales estructurales que merecen una lectura crítica. De acuerdo con el Reporte de la Organización Latinoamericana y del Caribe de Energía (OLACDE), en septiembre de 2025 la región alcanzó una generación total de 156 TWh, cifra que representa la segunda más baja del año, sólo por encima de febrero, y que refleja una combinación de factores estacionales, climáticos y de demanda. Más allá del dato agregado, lo relevante es la composición de dicha generación y las implicaciones estratégicas que conlleva para países como México.

La hidroenergía continúa siendo el pilar del sistema eléctrico regional, con una participación del 45.7%, impulsada por una recuperación hidrológica respecto a meses anteriores. Este comportamiento confirma una realidad conocida pero poco discutida: la transición energética latinoamericana sigue profundamente atada al clima. Si bien el índice de renovabilidad regional alcanzó 65%, este avance no es resultado exclusivo de una mayor penetración tecnológica de energías limpias, sino de una menor generación térmica asociada a una caída en la demanda y a mejores condiciones hídricas. En otras palabras, el avance renovable sigue siendo, en buena medida, coyuntural.

Las fuentes solares y eólicas muestran un crecimiento moderado pero constante. La energía solar representó 4.4% de la generación regional, con un crecimiento mensual del 5%, asociado al ingreso de nuevas instalaciones fotovoltaicas. La eólica, aunque alcanza una participación relevante del 11.4%, presentó una disminución en términos absolutos, evidenciando la volatilidad inherente a estas tecnologías cuando no están respaldadas por almacenamiento o generación firme. Para México, este punto es clave: la expansión renovable sin sistemas de respaldo puede traducirse en estrés operativo para el sistema eléctrico.

En contraste, la generación con gas natural, que representa 24% del total regional, mostró una caída significativa tanto en participación como en volumen absoluto, con 4.6 TWh menos respecto al mes previo. Este ajuste no responde a una sustitución

estructural, sino a una recuperación temporal de la hidroelectricidad. En el contexto mexicano, donde más del 60% de la generación eléctrica depende del gas natural, en gran medida importado desde Estados Unidos, confirma que el gas sigue siendo el verdadero estabilizador del sistema, aun cuando el discurso público lo minimice.

El análisis interanual aporta otro matiz relevante. Entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025, la generación eléctrica regional creció 3.3%, con la hidroenergía aportando 12.9 TWh adicionales, seguida por el petróleo y el carbón mineral. Este último dato resulta particularmente incómodo: pese a los compromisos climáticos, los combustibles fósiles siguen incrementando su presencia cuando las condiciones del sistema lo exigen. La transición energética real no avanza en línea recta; retrocede cuando la confiabilidad está en juego.

Para México, este reporte ofrece varias lecciones estratégicas. Primero, la alta renovabilidad no equivale automáticamente a seguridad energética. Países con índices cercanos o superiores al 70%, como Brasil, Colombia o Chile, mantienen matrices diversificadas y esquemas de respaldo claros. Segundo, la planeación eléctrica debe reconocer explícitamente el papel del gas natural, no como enemigo de la transición, sino como habilitador de la misma. Y tercero, la expansión de renovables sin inversión paralela en transmisión, almacenamiento y gestión de demanda incrementa el riesgo sistémico.

En el fondo, el reporte de OLACDE pone sobre la mesa una verdad incómoda: América Latina avanza en renovables más por dotación natural que por diseño institucional. México no puede darse ese lujo. La creciente demanda asociada al nearshoring, la electrificación industrial y la movilidad eléctrica exige un sistema robusto, flexible y tecnológicamente neutral. Apostar sólo a la narrativa verde, sin atender la ingeniería del sistema, es una receta para la escasez.

Hoy por hoy, La transición energética en América Latina, y particularmente en México, corre el riesgo de convertirse en un relato políticamente correcto, pero técnicamente frágil. El reporte de OLACDE demuestra que, cuando el clima ayuda, las renovables brillan; cuando no, los combustibles fósiles regresan silenciosamente al centro del sistema. Negar esta realidad no acelera la transición, la debilita. México enfrenta una disyuntiva clara: construir una política energética basada en dogmas, o diseñar un sistema eléctrico resiliente, donde las renovables crezcan con respaldo, el gas natural sea reconocido como aliado estratégico y la confiabilidad deje de ser un tema incómodo. La electricidad no se gobierna con discursos; se sostiene con planeación, inversión y decisiones impopulares.

X:@pacotrevinoag