viernes, febrero 6, 2026
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Y USTED DÓNDE ANDA

 

Las convicciones son cárceles

Nietzsche 

Aquí no hay escapatoria: todo ser humano existe dentro de la atmósfera mental de la ideología, aunque no lo sepa. La esencia metafísica de la humanidad es la creencia, y toda creencia está ideologizada. No podemos evitarlo, pero sí tomar conciencia de la forma y el fondo, porque lo que nos está dado, como seres que pueden trascenderse a sí mismos, es transformarla. Al fin y al cabo no es más que un asunto de creer otra cosa.

La ideología es, ante todo, una actividad de ideación: un proceso continuo de generación de ideas que racionaliza emociones y necesidades psicológicas para conformar sistemas de creencias organizados en torno a un eje moral. De este resultan diversas certezas indispensables para la existencia humana: pertenencia, identidad, orientación y sentido de vida. Y debido a que ideologías hay para elegir, como en anaquel de tienda de autoservicio, pues usted demanda y con ello manda. Pero… en calidad de qué lo hará, hace la diferencia.

Hay dos tipos de demandantes de ideología: el ideólogo, en minoría, y el ideologizado, en mayoría. Dentro de esta última categoría hay un subtipo: el prófugo, aquel que se conduce al margen de su sistema de creencias. Todos somos, en alguna medida, este último, bajo dos esquemas de “y/o”: porque ya es obsoleto el paradigma para nuestra época, circunstancias y nivel de desarrollo o porque nos reporta un beneficio al cual no estamos dispuesto a renunciar.

El ideólogo es quien se encarga de la ideación; es el generador de conceptos, categorías, tramas intelectuales y narrativas. Aunque convierte su creación mental en creencia propia, se sabe el creador; por ello, puede y suele dar un viraje en su planteamiento. Por si no tenía el dato, Marx lo hizo, pero esa es otra historia. Así pues, quien idea con conciencia de hacerlo, tiene un mayor grado de autonomía y coherencia que le facilita la verdadera transformación.

El ideologizado no sabe que lo está. Es quien toma el producto del ideólogo y se lo encasqueta como verdad; por tanto, no razona, reacciona, sobre todo emocionalmente; reemplaza la realidad por el marco narrativo, defiende la ideología a capa y espada, sin darse cuenta de que es el primer perjudicado por ella; se vuelve vulnerable, pierde su autonomía y adopta, sin darse cuenta, el rol de “persona funcional al poder”.

Más claro todavía: el ideólogo construye el hábitat mental; el ideologizado solo lo habita; el ideólogo hace preguntas; el ideologizado repite respuestas; el ideólogo reformula; el ideologizado se aferra. El ideologizado no piensa: interpreta el mundo según la ideología que lo posee.

Luego están los prófugos de la ideología. Hablemos específicamente de los que obtienen una ganancia y, entre ellos, de los ambiciosos de poder y los “intolerantes al poder”, en particular; es decir, los que escalan y escalan, hasta que llegan al máximo nivel que pueden sostener y, literalmente, enloquecen, y quienes, con solo una pequeña dosis, pierden pie. Ambos creen estar más allá de la ideologización, aunque siguen detentando la creencia como parte de su imagen. Son de moral casquivana, cinismo creciente y justificación en ristre.

Son los que predican las virtudes de la desventaja ajena y viven en la ventaja propia, prometen y no cumplen, distraen la atención, refuerzan la narrativa ideologizante, concentran autoridad, atemorizan, manipulan, chantajean, amenazan, sobornan, aplastan y, sobre todo, se autoengañan: construyen una burbuja mental en la que todo está bien y si no lo está, no importa, pues ellos tienen toda la razón, están en lo correcto, se lo merecen.

Se autojustifican en todo momento porque la columna vertebral de la vida humana, en condiciones de normalidad, es la moral, que no desaparece en su caso, solo se vuelve acomodaticia. Ante el riesgo de perder estima, identidad, pertenencia y/o poder, a nadie le gusta percibirse ni confesarse amoral. Eso sí, hemos instaurado marginalmente el “derecho” a darnos nuestras “licencias”, que pueden consistir en las peores perversiones.

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