
De maquila a microchips: el examen que México no puede reprobar
México se acostumbró a medir su éxito manufacturero en parques industriales llenos, exportaciones en niveles récord y anuncios constantes de nuevas plantas automotrices. Esa fotografía, aunque positiva, ya no alcanza para explicar el siguiente ciclo industrial. La economía global está entrando en una fase en la que el valor ya no se mide solo en unidades producidas, sino en transistores por milímetro cuadrado. Y en ese mapa, los semiconductores —los chips que sostienen desde teléfonos y automóviles hasta redes eléctricas e inteligencia artificial— se han convertido en el nuevo acero, la nueva petroquímica, la nueva energía estratégica.
La pregunta es inevitable: ¿está México realmente preparado para jugar en esa liga, o el nearshoring lo dejará atrapado en la periferia de la cadena de valor, ensamblando lo que otros diseñan y fabrican? La oportunidad existe y no es menor. Estados Unidos, a través del CHIPS and Science Act, comprometió más de 50 mil millones de dólares para reconstruir su ecosistema de semiconductores, no solo en la fabricación de chips de punta, sino también en pruebas, empaque avanzado y materiales. Esa reconfiguración no puede hacerse en aislamiento: requiere proveedores, capacidad de manufactura complementaria, logística integrada y, sobre todo, ubicaciones cercanas que absorban partes de la cadena con costos competitivos. Ahí es donde entra México.
Cuando se habla de semiconductores, suele pensarse en fábricas hiper tecnificadas, cuartos limpios y máquinas de litografía que cuestan cientos de millones de dólares. Todo eso es cierto, pero es apenas la parte visible. Detrás existe una cadena extendida de diseño, validación, empaquetado, pruebas, materiales especializados, química fina, logística de alta precisión y servicios avanzados. México no va a competir —al menos en el corto plazo— por las plantas de fabricación más avanzadas, las de 3 o 5 nanómetros concentradas hoy en Taiwán, Corea o Estados Unidos. Pero sí puede insertarse con fuerza en segmentos críticos: empaque y prueba, fabricación de componentes menos complejos para los sectores automotriz e industrial, manufactura avanzada de equipos y servicios asociados a la operación de estas plantas.
Eso, de hecho, ya comenzó. En los últimos años, varios estados industriales han iniciado diálogos con empresas de la cadena de semiconductores. Nuevo León, Jalisco, Chihuahua o Baja California combinan electrónica, industria automotriz, talento de ingeniería y cercanía geográfica con Estados Unidos, lo que los convierte en candidatos naturales. Incluso el propio gobierno estadounidense ha empezado a ver a México como parte del perímetro de seguridad de su política de chips, no solo como un vecino comercial. Sin embargo, el verdadero punto de quiebre no está en la voluntad ni en los discursos, sino en la capacidad de ejecución: megawatts disponibles, metros cúbicos de agua, técnicos calificados y permisos con fechas confiables de salida. El ecosistema de semiconductores no se instala donde reciben más incentivos; se instala dónde puede operar sin interrupciones.
Si el país quiere tomarse en serio la agenda de semiconductores, necesitará una coordinación mucho más agresiva entre gobierno, universidades y empresas: programas de formación dual, currículos diseñados con la industria, certificaciones aceleradas, becas ligadas a necesidades regionales concretas y, sí, una conversación honesta sobre la necesidad de atraer talento extranjero especializado en el corto plazo. Sin esa capa, la inversión en semiconductores corre el riesgo de quedarse en anuncios y memorándums de entendimiento, mientras los proyectos de mayor complejidad se posponen indefinidamente o migran a otras latitudes.
Hoy por hoy, México se narra a sí mismo como ganador natural del nearshoring. Pero en la liga de los semiconductores, la narrativa no basta. El país está frente a una decisión incómoda: o ajusta con rapidez su política energética, hídrica, de talento y de Estado de derecho para jugar en la primera división de la economía del silicio, o se resigna a ser el eterno suplente que celebra cada nueva planta de ensamble como si fuera un trofeo. La controversia es clara: si México no acelera reformas y coordinación para construir un ecosistema real de semiconductores, el nearshoring no se “frustra”; se degrada. No perderemos toda la inversión, pero sí aquella que define quién diseña el futuro y quién solo lo atornilla. Y en esa economía, el mayor riesgo no es que las fábricas no lleguen, sino que lo hagan… pero con el valor agregado más importante instalado, una vez más, en otro país.
X:@pacotrevinoag




