
Hay gobiernos que prometen empleos, prosperidad y acabar con la pobreza. China se tomó la molestia de cumplir casi todo lo pedido. Construyó ciudades enteras, se convirtió en una potencia económica y sacó a cerca de 800 millones de personas de la pobreza extrema. ¡Casi nada!
Solo hay un pequeño detalle: los chinos pueden cambiar de trabajo, de celular y hasta de estilo de vida. Lo que no pueden cambiar es al partido que los gobierna. Y aquí empieza una historia que vale la pena conocer.
En 1949, Mao Zedong llegó al poder prometiendo igualdad. El gobierno tomó el control de las tierras, las fábricas y prácticamente de todo. El experimento terminó provocando una hambruna que mató a millones de personas y una Revolución Cultural donde pensar diferente podía costarte la libertad, la familia o la vida.
Y fíjense qué interesante: entre las familias perseguidas estuvo la del mismísimo Xi Jinping, quien hoy gobierna China. Su padre, Xi Zhongxun, era un importante dirigente comunista. En 1962 cayó en desgracia por apoyar la publicación de una novela que no le gusto nadita al Partido. Fue perseguido, humillado y al final encarcelado. Pasó ocho años sin ver a su familia.
Una de sus hijas, media hermana del actual presidente murió por suicidio durante esa persecución, según diversos relatos históricos (Chismes en China). El propio Xi fue humillado públicamente y enviado, siendo adolescente, a trabajar al campo durante siete años.
Imagínense: ni siquiera pertenecer a la élite del Partido garantizaba estar a salvo del propio Partido. Después, en 1978, llegó Deng Xiaoping y tuvo una idea bastante peculiar: cambiar el negocio sin cambiar al dueño.
China siguió siendo comunista en lo político, pero empezó a abrirle las puertas al capitalismo en lo económico. Permitió negocios privados, recibió inversión extranjera y se puso a fabricar prácticamente todo lo que consumía el mundo.
Y todos sabemos que funcionó. En 2001 ingresó a la Organización Mundial del Comercio y terminó convirtiéndose en la fábrica del planeta. Aunque la apertura tenía sus límites. En 1989, la represión de las protestas de Tiananmén nos dejó claro que abrir la economía no significaba abrir las elecciones.
Hoy China fabrica carros eléctricos, baterías, tecnología y productos que encontramos hasta en la tienda de la esquina. Negar su éxito económico sería absurdo.
Pero también sería ingenuo pensar que todo ese crecimiento pasó gracias al control político. Buena parte del milagro llegó precisamente cuando el gobierno permitió más competencia, negocios privados e inversión extranjera.
Con Xi Jinping, desde 2012, el poder empezó a concentrarse todavía más. Mayor vigilancia, restricciones a la información y un Partido que busca tener la última palabra sobre prácticamente todo. Y no hablamos únicamente de política.
En China, millones de trabajadores que emigran del campo a las ciudades se las ven negras para acceder a servicios públicos por su sistema de registro de residencia. En Xinjiang, la ONU documentó fuertes violaciones de derechos humanos contra minorías musulmanas, que podrían constituir crímenes de lesa humanidad. El gobierno chino rechaza esas acusaciones.
Entonces, ¿cómo ponemos todo esto en la balanza? Porque tampoco podemos ignorar que millones de familias viven muchísimo mejor que hace cuarenta años.
Pero ¿cuánto vale poder criticar al gobierno que te dio empleo, construyó una carretera o ayudó a mejorar tu calidad de vida? Y todavía falta otra pregunta: ¿cuánto tiempo puede durar el milagro?
China creció 5% en 2025 y el Fondo Monetario Internacional estima alrededor de 4.5% para 2026. Nada despreciable, pero lejos de aquellos años en los que crecía a más del 9%.
Ahora tiene problemas inmobiliarios, deudas, una población que envejece y consumidores que no gastan lo suficiente. Aunque aún tiene una enorme capacidad industrial y tecnológica. En pocas palabras, el modelo que la llevó hasta aquí tendrá que encontrar nuevas maneras de seguir creciendo. Y esto me recuerda algo que pasa en muchas empresas.
Cuando todas las decisiones dependen de una sola persona, las cosas pueden avanzar rapidísimo. El problema sale cuando esa persona se equivoca y nadie tiene los pantalones para decírselo (Cuando lo dices te desaparecen, entiendo que nadie los tenga). Imaginen eso, pero con más de mil millones de habitantes.
No sé ustedes, pero a mí China me genera tanta admiración como preguntas. ¿Los resultados económicos justifican un régimen sin alternancia política? ¿Podemos reconocer sus logros sin estar de acuerdo con su gobierno? ¿Y podrá seguir creciendo cuando las recetas que la hicieron rica comiencen a quedarse cortas?
Se las dejo para que cada uno saque sus conclusiones. Porque una cosa es construir un país a toda velocidad. Y otra muy distinta es vivir en uno donde nadie puede quitarle el volante al conductor.




