
Nuestra identidad se moldea por el reconocimiento
Charles Taylor
Hablemos de un concepto fundamental para el desarrollo humano: el reconocimiento. No en su sentido más común, reducido al aplauso, al elogio o a la palmada pública, sino en su función más decisiva: como una necesidad psicológica básica para formar la identidad personal; ineludiblemente, a través de la grupal.
Sin reconocimiento, el ser humano no solo carece de aprobación: se extravía en la vida, porque nadie termina de saberse sin la mirada ajena que le dé una primera imagen de sí mismo.
Sin embargo, el reconocimiento no nos viene, nunca, en pureza; la realidad es que no habla de nosotros, sino de quien nos reconoce, de sus expectativas, sus deseos incumplidos, sus necesidades insatisfechas, sus frustraciones, ambiciones, miedos, prejuicios y necesidades.
Por eso no pocas veces, e incluso me atrevería a decir que en la mayoría, el reconocimiento es falaz, una mentira sobre nosotros, y falseante, porque esa interpretación errónea, una vez recibida, empieza a producir efectos reales en quien fue nombrado, descrito y caracterizado equívocamente.
Algunas de las actitudes y conductas más comunes en una familia pertenecen a ese tipo de reconocimiento erróneo. Los padres interpretan el comportamiento de sus hijos a partir de todas las cargas propias que enlistamos arriba, y entonces deciden quiénes son y deben ser.
En la infancia, el reconocimiento tiene una fuerza enorme, porque el niño todavía no puede separar con claridad lo que es de lo que dicen que es. La palabra del adulto no llega como opinión, sino como mandato.
Si lo llaman flojo, intenso, brillante, egoísta, noble, débil, fuerte, problemático, sensible o ingrato, esas palabras empiezan a organizar su modo de auto percibirse, defenderse, corregirse o justificarse. A veces una persona pasa media vida tratando de reparar defectos que nunca tuvo y la otra media sosteniendo virtudes que en realidad fueron necesidades ajenas puestas sobre su espalda.
Creo que todos sabemos, en carne propia, la diferencia entre padres que validan y que invalidan. La validación e invalidación son, por supuesto, un tipo de reconocimiento. Los invalidados no solo reciben una herida, sino un mapa alterado de encuentro consigo mismos. Hay vidas enteras organizadas alrededor de una descripción equivocada recibida demasiado temprano.
En el polo opuesto, aquel que ha sido sobreestimado, constante y falsamente elogiado desde la propia necesidad de recibir tal trato o bajo la creencia de que “la porra” aumenta la autoestima, en realidad es condenado a llenar una botas cuatro tallas más grandes. La ausencia de reconocimiento también forma. Al invisibilizado le cuesta saber qué siente, quiere, puede y cuánto vale, porque nadie lo ayudó a organizar esa primera comprensión.
Por eso el reconocimiento puede ser tan decisivo y tan peligroso. No recibimos una imagen objetiva, recibimos una interpretación. El otro nos reconoce desde su propio aparato de lectura. A veces nos ve con relativa precisión; otras, nos reduce; algunas más, proyecta en nosotros lo que necesita que seamos, confunde una conducta situacional con un rasgo permanente; quizá llama virtud a lo que le conviene y defecto a lo que le incomoda.
Reconocer a alguien no es descubrirlo como quien encuentra un objeto intacto; es interpretarlo desde una mirada cargada de historia. Por eso el reconocimiento construir o destruir a una persona.
Ahora haga un pequeño recorrido en retrospectiva sobre su vida y vaya a esos momentos en que formó su identidad a partir de lo que otros pensaban sobre usted y determinaron acerca de su valía. Coteje. ¿Cuánto de eso se cree usted sobre sí mismo?, ¿qué le ha causado conflicto durante toda su vida? y, aún más importante, ¿cuándo y a quien ha usted determinado de manera errónea?
Una última observación: nadie puede conocer a otro de manera absolutamente correcta. Siempre hay error, y consecuencias del mismo. No solo importa cuánto hemos sido dañados, sino cuánto hemos dañado; tampoco si fue “sin querer”; el resultado es el mismo.



