
El temor une
Las controversias que atraviesa Morena y el resultado de la reciente elección en Coahuila han reabierto, aunque en forma incipiente, un debate que parecía cerrado: reeditar la alianza entre el PAN y el PRI, al menos en algunos estados.
El tema cobra fuerza en entidades que renovarán gubernaturas el próximo año. Entre liderazgos locales crece la percepción de que la única forma de competir frente a Morena es mediante una coalición. De otra manera, el PAN corre el riesgo de ceder más terreno, incluso en estados donde gobierna, como Chihuahua y Aguascalientes.
Por ello, ha trascendido que cuadros panistas, de esos y otros estados, entre ellos Nuevo León, Sonora, SLP y Baja California Sur, ya han planteado el tema a Jorge Romero.
Las conversaciones no han sido fáciles. Recordemos que el dirigente nacional del PAN ha sostenido que su partido debe recuperar su identidad y competir con su propia marca. Sin embargo, el resultado de Coahuila hizo que retomara, en privado, una plática que parecía agotada.
La derrota fue un golpe para el PAN. Perder el registro como partido local y la representación en el Congreso estatal provocó un reordenamiento de prioridades. Con ello resurgen quienes sostienen que hoy el costo de competir por separado puede ser mayor que rehacer una alianza con el PRI.
Ahí está el dilema panista: recuperar la identidad partidista o perder el partido, como ocurrió en Coahuila.
Sin embargo, sería un error pensar que el resurgimiento del debate al interior del PAN se debe a que Morena se haya debilitado. La realidad es que la mayoría de las encuestas revelan que el partido en el gobierno sigue muy fuerte.
Esa es la principal preocupación de la oposición. Morena mantiene una amplia ventaja para conservar la mayoría de la Cámara de Diputados y gubernaturas, a pesar del supuesto desgaste natural de gobernar.
Es temor, no entusiasmo, lo que volvió a poner la alianza sobre la mesa. Más que una apuesta para ganar, parece una estrategia de supervivencia. Quizá por eso las conversaciones se manejan con cautela y sigilo.
El interés existe, pero tras bambalinas. Jorge Romero escucha, pero sin comprometerse; mantiene el discurso de la identidad partidista, mirando de reojo las encuestas.
En el PRI sucede lo contrario. Alejandro Moreno y Rubén Moreira han insistido públicamente en reconstruir una coalición. Recuerdan que este instrumento dejó importantes triunfos a ambos partidos en las elecciones de 2021. Lo ponen como prueba de que el voto unido eleva la competitividad frente a Morena.
Eso no significa que el PRI dormite esperando por una alianza. Al mismo tiempo que la promueve, posiciona sus propios perfiles bajo la figura de defensores.
Pero, más allá de esas diferencias, quienes impulsan la coalición en ambos frentes parten de la misma premisa: las controversias de Morena le cobrarán factura en las urnas, como aseguran sucedió en Coahuila. Confían en que ese desgaste, combinado con candidaturas comunes, permitiría a la oposición competir en estados y distritos que hoy están fuera de su alcance.
Sin embargo, eso no significa que la conformación de una alianza opositora esté garantizada. Persisten obstáculos y vanidades de quienes piensan que competir por separado es la mejor alternativa.
Lo que sí cambió fue la conversación. Hace unos meses, el debate en el PAN era cómo alejarse de las alianzas para reconstruir su identidad. Hoy la pregunta es distinta: ¿vale la pena insistir en la marca propia cuando las encuestas pronostican otra derrota frente a Morena?




