
El T-MEC se le está yendo de las manos a Sheinbaum
El gobierno de Claudia Sheinbaum quiso vendernos tranquilidad. Nos dijo que no había problema, que el T-MEC seguía vigente, que todo estaba previsto y que, por supuesto, la economía mexicana estaba blindada. La misma receta de siempre: cuando algo sale mal, se maquilla; cuando fracasa, se redefine; y cuando el incendio ya llegó a la sala, se presume que al menos todavía no se quema la cocina.
Pero la realidad, esa grosera costumbre que tiene de arruinar los mentirosos discursos oficiales, volvió a imponerse. Estados Unidos no renovará automáticamente el T-MEC por otros 16 años. Y no lo hará, según su propio representante comercial, porque México y Canadá “no han cumplido con todo”. Peor aún: Washington ya dejó claro que no quiere renovar el tratado en sus términos actuales, que hay apoyo bipartidista para modificarlo y que la revisión anual será utilizada para exigir cambios. Es decir, el gobierno mexicano no logró certidumbre: consiguió una cita anual con el verdugo comercial.
Sheinbaum y Ebrard podrán decir misa en la mañanera, pero los mercados, las calificadoras y las empresas escuchan otra música. Fitch ya advirtió que un periodo prolongado de revisiones anuales agravaría la incertidumbre empresarial, dificultaría la visibilidad de largo plazo y afectaría las decisiones de inversión. También recordó un dato que el oficialismo preferiría esconder debajo del tapete: en 2025, la inversión fija en México se contrajo 6.3 por ciento, precisamente por la incertidumbre relacionada con la renovación del T-MEC, la política monetaria y los recortes al gasto de capital.
Así que no, no estamos ante un simple trámite burocrático. Estamos ante el deterioro de la principal plataforma económica de México. El T-MEC era el ancla de certidumbre para atraer inversión, integrar cadenas productivas y aprovechar el nearshoring. Pero Morena, con esa extraña habilidad para convertir oportunidades históricas en problemas administrativos, llegó a la negociación debilitado, confrontado y cargando expedientes incómodos.
Porque a la mala gestión económica hay que sumarle la crisis política y de seguridad. Estados Unidos no negocia en el vacío. Negocia viendo a un gobierno mexicano que protege a sus aliados, que se niega a entregar a Rocha Moya y compañía, que habla de soberanía cuando le conviene y de cooperación cuando le urge evitar aranceles. La soberanía de Morena es muy valiente frente al micrófono, pero bastante selectiva frente a los expedientes judiciales.
Y mientras el gobierno presume “estabilidad”, las empresas ya se mueven. Toyota anunció que transferirá parte de la producción de su camioneta Tacoma de México a Texas, con una inversión de 3 mil 600 millones de dólares y la creación de 2 mil empleos en San Antonio. Claro, el gobierno mexicano salió a decir que Toyota mantendrá operaciones y empleos en México. Faltaba más: cuando se pierde producción, también se puede celebrar que no se perdió todo. Qué alivio: nos quitaron la cartera, pero nos dejaron la credencial.
Ese es el verdadero costo del fracaso de Sheinbaum: menos confianza, menos inversión, menos empleos potenciales y más presión sobre una economía que depende profundamente de América del Norte. Morena creyó que podía gobernar con propaganda, pleitos ideológicos y encubrimientos políticos sin pagar factura. Pero el T-MEC no se negocia con consignas, se negocia con Estado de derecho, cumplimiento, seriedad y confianza.
Hoy México no está fuera del tratado, pero sí está dentro de una incertidumbre fabricada por la incompetencia. Y la pregunta es inevitable: ¿cuántas inversiones más tendrán que irse antes de que Sheinbaum entienda que la economía no se defiende protegiendo aliados, sino protegiendo al país?




