lunes, junio 22, 2026
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LA MAGIA Y SU DUEÑO

Don Beto lleva 18 años trabajando en una cantina a tres cuadras del estadio. Ha visto de todo. El gol que hizo llorar al señor más macho y bigotón. El penal que dejó a dos compadres sin hablarse seis meses. A los chavos que pasan por la calle con su playera y su bandera.

Así que cuando le dijeron que el Mundial iba a pasar por su ciudad, don Beto hizo lo que haría cualquier emprendedor norteño: pidió un préstamo, compró una pantalla de noventa pulgadas, llenó la bodega de cerveza y contrató dos vecinos como meseros.

«Ahora sí le vamos a sacar provecho al Mundial», le dijo a su esposa. Y la neta es que llovió. Pero no aguacero. Más bien chipichipi. Sí llegó raza.  Sí se vendió 2-3 la cervecita. Sí hubo excelente ambiente. Pero el europeo que iba a llegar con euros y ganas de dejar propinas estratosféricas… se quedó en su sala viendo el partido. El IMEF había prometido 5.5 millones de turistas mundialistas; terminó ajustando la cuenta a unos 800 mil.

Fui al Suecia contra Túnez. Para entrar al estadio cruzas un pasillo comercial: locales que venden playeras, tacos, lo que se te ocurra. Lo que no sabía es que a esos comerciantes les prohibieron vender después del partido. O sea, justo cuando sale la bola de gente con hambre y sed, les bajan la cortina. Y uno se pregunta: ¿cuál es el incentivo de que el Mundial llegue a tu ciudad, si el día del partido te cierran el changarro?

Adentro no perdonaron a ninguna marca. Taparon con cinta hasta los anuncios de 30 por 30 centímetros, esos que dicen quién pone el wifi del estadio. En su lugar, tapizaron con patrocinadores internacionales que en la zona nos son algo distantes.

Nada de esto es casualidad. El primer Mundial, Uruguay 1930, generó unos 17 millones de dólares. La cosa era simple: cabe «X» gente, vendo «X» boletos. Punto.

El de 2026 proyecta cerca de 9 mil millones. Y el dato que más saca de onda: hoy cabe más gente en zonas VIP y paquetes de lujo que todos los que vieron el Mundial entero de 1930. El estadio se tragó la tribuna… y la escupió en palco.

Hubo un tiempo en que a los dueños del fútbol les daba miedo la tele. Sir Stanley Rous pensaba que esa «caja cuadrada» iba a vaciar las gradas. Le salió al revés: la tele no mató la taquilla, la multiplicó.

Después llegaron Havelange, Adidas, Coca-Cola, y entendieron que el negocio nunca fue el balón, sino la atención que el balón generaba. De ahí en adelante, todo se volvió transacción. El boleto, la transmisión, la pausa, el palco, la playera, el nombre del estadio.

Le dicen «precios dinámicos», porque decir «te cobro según la desesperación que traigas» se escucha gacho. Hasta la pausa para tomar agua dejó de ser solo eso: es uno de los espacios publicitarios más caros.

Y ojo: esto no quiere decir que el Mundial sea malo. Al contrario. Sigue siendo una de las pocas cosas capaces de juntar en la misma banqueta al godín, al taquero, al niño, al abuelo, al anti-sistema, al experto insoportable y al tío que cada cuatro años se siente Guardiola.

El Mundial sigue teniendo su magia. La bronca es que la magia ya trae dueño. Nosotros ponemos la calle. La carne asada. El grito. La ilusión. Ponemos a don Beto comprando tele nueva porque, por unas semanas, está padre creer que la fiesta también nos va a pagar la renta.

Y algo deja, por supuesto que deja. Pero hay un matiz que cambia la foto.  De los tres países que organizan el Mundial, México fue el único que le firmó a la FIFA una exención de impuestos total y nacional.  Estados Unidos y Canadá cedieron bastante menos.

Estamos viendo una realidad nueva: el comerciante empujado a vender afuera del estadio en el tiempo que los permitan, mientras adentro le tapan su anuncio al empresario regional con cinta para colgar el de una petrolera inglesa o aerolínea asiática.mLa fiesta la ponemos nosotros. La pregunta es: ¿Qué tendría que cambiar para que al que pone la casa también le toque disfrutar la fiesta?