viernes, junio 19, 2026
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NO PASA NADA

La neutralidad ayuda al opresor

Elie Wiesel

Todos, o casi todos, hemos caído alguna vez en actitudes y sus consecuentes conductas omisivas: no hacemos nada justo cuando sí podríamos, y a veces deberíamos; desde tomar una postura firme y sostenerla, hasta actuar en congruencia, lo cual implicaría renunciar a la opinión fácil emitida desde el mullido sillón de la ignorancia y con el descuido de quien sale a la calle en pantuflas.

Lo que hay detrás de esto no es solo miedo a la responsabilidad, inquisidor de la doble moral y verdugo de todas nuestras inconsistencias, también está algo que podríamos llamar resignación funcional, el “pues así es esto”, que nos permite adaptarnos al deterioro y que va necesariamente acompañada de una buena dosis de indolencia, es decir, insensibilidad frente al daño que algunos causan a otros o que nosotros mismos ocasionamos.

Las más comunes excusas de la actitud omisiva son “no pasa nada”, “siempre ha sido así”, “antes también pasaba”, “yo no me ocupo de esas cosas”, “todos son iguales”, “no puedo hacer nada”, “mientras a mí no me afecte”, “hay cosas más importantes”, “para qué”, “qué gano con eso” y agréguele de su ingenio y experiencia a la lista.

Atrás de muchas supuestas ecuanimidades, paciencias y tolerancias parecería estar la incapacidad de indignarnos, pero en realidad está la de responsabilizarnos. Indignación tenemos, solo que selectiva; nos sirve para quejarnos, agredir y ofender a otros en redes sociales, protestar a mansalva, pelearnos en el tráfico, regañar a la familia con malas maneras y cualquier cosa que signifique un desahogo, pero no una toma de conciencia.

Y es que los seres humanos somos grandes prestidigitadores de la moral. Hacemos pasar defectos, miedos, envidias, resentimientos, amarguras, frustraciones e impotencias, por cualidades, legítimas preocupaciones, previsiones, sinceridades, actos justos, realismo, enojo justificado, etcétera, etcétera.

Pero el tipo de omisión del que estamos hablando no es más que una frágil estructura en la que se sostiene la comodidad moral y se evidencia la debilidad emocional. Cuando la realidad nos cae encima, tenemos dos caminos: asumirla y cambiar o maquillarla constantemente, lo que nos llevará a la mentira patológica. Y, por cierto, mientras más pagado de sí el ego, más necesidad tendrá de negar lo evidente.

Pero, he aquí, que la actitud omisiva tiene diversas consecuencias negativas, tanto para nosotros, como para los demás. En primera instancia, aparece la complicidad en la construcción de lo que llamamos imaginarios sociales, conjunto de ideas, creencias, imágenes, relatos, valores y supuestos compartidos con los que un grupo, una clase, una generación o incluso una sociedad completa interpretan la realidad y deciden qué les parece normal, deseable, posible, intolerable o inevitable. En este ámbito, querido lector, está el manido y ficticio asunto de las izquierdas y las derechas.

El segundo aspecto negativo es la normalización progresiva de la disfunción; esto es, de la violencia, la mentira, la simulación, la incongruencia, la doble moral, la corrupción, la burla, la falta de respeto y agréguele. Todas se aceptan como tales y se dejan pasar con cualquiera de las excusas mencionadas en los primeros párrafos. Este es el núcleo de la resignación funcional y su inseparable compañera, la indolencia.

El tercero es fatiga moral. Hay sociedades, familias y oficinas donde reclamar todo lo que está mal sería vivir en guerra permanente. Entonces se seleccionan las batallas, pero esa selección la hace el más poderoso y los demás se someten, por lo que degenera casi siempre en corroyentes silencios, calladas frustraciones y guardados rencores.

Y el cuarto, quizá el más político, es el aprendizaje de indefensión. Cuando durante años una persona ve que reclamar no cambia nada, que denunciar no sirve, que exigir trae costos, que el abusivo gana y el prudente pierde, empieza a protegerse reduciendo expectativas y acumulando impotencia.

Desde la plataforma personal, donde todo empieza, esto explica mucho de los regímenes políticos en cualquier país del mundo, incluido por supuesto México.

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