viernes, junio 19, 2026
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EN EL TINTERO  

Para quienes no tienen memoria o hemeroteca 

Durante años hemos contado las historias de los demás. Incendios, inundaciones, campañas electorales, manifestaciones, tribunales, etcétera. Hemos documentado triunfos, derrotas, tragedias, abusos de poder y momentos que forman parte de la historia de nuestras comunidades. Pero pocas veces contamos nuestra propia historia.

Aprovecho este 18 de junio, Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, para dirigir este mensaje a quienes han impulsado campañas de descalificación, así como a quienes llegan a mis redes sociales personales y a las de mis colegas únicamente para agredir, insultar o desacreditar nuestro trabajo.

Mi nombre es Jessica Guadalupe Rosales Saucedo. Soy egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila. Soy madre de dos hijos y responsable absoluta de su sustento y educación.

Inicié en el periodismo en el año 2000, en el periódico Vanguardia. Desde niña soñaba con dedicarme a esta profesión. Con gran esfuerzo y, sobre todo, con el apoyo de mis padres, grandes ejemplos de valores, trabajo y respeto, ese sueño se convirtió en una realidad.

A lo largo de poco más de 25 años he trabajado en medios como Vanguardia, Gente, periódico La Opinión, después Milenio Laguna, Multimedios, El Diario de Coahuila, Estéreo Saltillo, La Reina 100.9, corresponsal en Radio 13, Radiorama, Meganoticias y Enfoque Noticias, actualmente en Capital Media hoy Grupo Región. También trabajé un tiempo en el área de comunicación de la Asociación Estatal de Padres de Familia. Además, alrededor de 2004 fundé de manera independiente la agencia UNIMEDIOS, cuando la era digital apenas daba sus primeros pasos.

Cuando comencé, no existían las redes sociales; la consulta de archivos periodísticos se hacía en hemerotecas. Apenas había computadoras, fax y bípers. Antes había que permanecer en las redacciones, a veces haciendo guardias hasta la una o dos de la mañana para documentar en la calle algún hecho relevante. Solo teníamos una cámara, una libreta y una grabadora.

Hoy en día, cuando leo de manera insistente preguntas como: “¿Por qué no cubrieron tal tema?” o “¿Por qué no hicieron una nota sobre esto?”, me gustaría que quienes lo preguntan conocieran cómo transcurre realmente la jornada de un reportero. Los medios de comunicación funcionan con equipos de trabajo, horarios, agendas informativas y asignación de fuentes. Cada reportero tiene responsabilidades específicas y coberturas determinadas. Además, como cualquier profesionista, tenemos límites de tiempo, obligaciones laborales, pero también vida personal y familias. Si los periodistas tuviéramos la capacidad de atender todo lo que se solicita simplemente no terminaríamos nunca una jornada.

Después de más de 25 años de trabajo, cuando alguien pretende definir mi trayectoria o la de algún colega por una nota que no vio publicada o por una cobertura que no realizamos, inevitablemente pienso que no conocen nuestra historia, ni la profesional ni la personal.

Y con toda esa historia puedo afirmar algo con absoluta certeza: las agresiones contra periodistas no son ni serán nunca aceptables, vengan de donde vengan, y nadie puede justificar la violencia ejercida contra nuestra labor.

Desde mis inicios, mi trabajo cuestionó gobiernos de todos los niveles y de todos los colores. Se me asignó la cobertura de un importante número de procesos electorales e incluso, en una contienda interna del PRI, me tocó documentar y publicar hechos cuestionables de todos los candidatos de ese partido, de todos.

Me tocó recorrer hospitales durante la tragedia de Celemanía, viendo de cerca el dolor, la incertidumbre y la angustia de las familias. También estuve en Pasta de Conchos, en aquellos días en que la desesperación y la falta de respuestas llevaron a los deudos a intentar agredir a un funcionario del gobierno de Vicente Fox. Era el reflejo de una herida abierta, de la impotencia de quienes buscaban respuestas sobre el destino de sus seres queridos y no las encontraban.

En este tipo de coberturas dormíamos donde podíamos. Nos acomodábamos en salas de prensa improvisadas o en cualquier lugar que encontráramos para descansar unas horas, no había las facilidades de hoy. No había ratos libres y pasábamos días enteros lejos de nuestras familias.

Desde hace algunos años, participo en convocatorias de capacitación y formación promovidas por organizaciones de la sociedad civil, que sin duda se han convertido en nuestros mejores aliados para fortalecer nuestro trabajo.

Entre otros reconocimientos, obtuve el primer lugar nacional del premio otorgado por la organización civil Documenta, Periodistas contra la Tortura, por el trabajo “Cicatrices: El laberinto de mujeres sobrevivientes de tortura”. Casos ocurridos en Coahuila, publicado en UNIMEDIOS.

¿De qué hablan quienes afirman que no cubrimos temas relevantes o que evitamos cuestionar a gobiernos emanados de cualquier partido político?

Recuerdo una visita a Saltillo en la que confronté periodísticamente al expresidente panista Felipe Calderón sobre el uso de testigos protegidos en investigaciones federales durante su gobierno. Una investigación periodística que exhibía la utilización de estos mecanismos para intentar involucrar en delitos a diversos actores políticos, entre ellos, Andrés Manuel López Obrador y Enrique Peña Nieto.

Pero dentro de mi labor informativa se han derivado también intimidaciones y amenazas. Hace años, junto con mi compañera Sofía Noriega, enfrentamos agresiones provenientes de un dirigente vinculado al entonces Partido Progresista de Coahuila, por publicar un boletín informativo de un partido aliado que lo desconocía. En otra ocasión, el representante del Partido Joven ante el Instituto Electoral de Coahuila llegó a amenazarme públicamente, afirmando que yo sería su “juguete judicial”, por una columna sobre un comentario desafortunado que hizo en relación con un feminicidio en Puebla.

También está el caso de la entonces titular de PRONNIF, durante un gobierno priista, quien aseguró que ya no permitiría que volviera a estar frente a un micrófono por cuestionar su actuación en un caso relacionado con presuntas irregularidades que involucraban a un menor. A partir de ahí surgieron otros casos similares, algunos de ellos, que pude documentar y acompañar periodísticamente. Y todo ha sido denunciado.

Y no soy la única. A lo largo de estos años vi cómo mi compañero Rodolfo Pamanes fue derribado de un puñetazo por un simpatizante panista durante una cobertura de la entonces candidata presidencial del PAN, Josefina Vázquez Mota, únicamente por acercar su grabadora para realizar una entrevista.

La periodista Sonia Pérez fue cacheteada y manoteada por una simpatizante de Morena mientras documentaba un evento público. Diana Martínez fue agredida físicamente durante una manifestación relacionada con taxistas y plataformas de transporte.

Chrystian Estrada denunció hostigamiento por parte de autoridades de un gobierno municipal priista en Arteaga. Y recientemente el compañero Jerson Cardona fue perseguido y presionado por ciudadanos involucrados en un accidente vial que no querían ser grabados, a pesar de tratarse de un hecho público.

Y estos son solamente algunos ejemplos. Hay cientos, quizá miles, de historias similares en Coahuila y en todo México.

Tampoco podemos olvidar a compañeros como Valentín Valdés y Eliseo Barrón Hernández, asesinados por el crimen organizado a causa de su labor periodística. Son recordatorios dolorosos de los riesgos que implica informar en México y de tiempos que nadie quiere volver a vivir en Coahuila ni en el país.

De acuerdo con ARTICLE 19, durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se registró una agresión contra la prensa cada 14 horas, con un incremento de 62.13% respecto al gobierno anterior. La organización también documentó que el Estado mexicano se mantuvo como el principal agresor, un panorama que persiste hoy con Morena y sus aliados, como el PT.

Se intenta convencer a la ciudadanía de que los periodistas somos adversarios políticos. Desde las cúpulas del poder se nos señala, se nos insulta, se nos exhibe y se nos responsabiliza de hechos que simplemente documentamos.

Han encontrado en estas campañas de desprestigio y en los mensajes de odio contra la prensa la estrategia perfecta para poner a las audiencias en nuestra contra. Lo más lamentable es que con ello ponen en riesgo nuestra integridad física y la de nuestras familias.

Detrás de cada reportero y reportera hay madres, padres, hijos, hijas, esposos, esposas, hermanos y amigos que también sufren cuando una campaña de odio se convierte en amenazas, insultos o agresiones.

Somos personas. Podemos equivocarnos como cualquier otro profesional. Pero ninguna diferencia de opinión justifica el odio, la intimidación o la violencia.

Si algo hemos aprendido después de décadas de trabajo es que los gobiernos cambian, los partidos cambian y los políticos cambian.

Nosotros seguimos aquí. Seguimos cubriendo las mismas calles, haciendo las mismas preguntas y enfrentando las mismas presiones por contar una realidad que muchas veces resulta incómoda para quienes ostentan el poder y para quienes aspiran a tenerlo.