lunes, junio 15, 2026
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Pemex: del orgullo nacional al barril sin fondo

Durante décadas, Pemex fue presentada como la columna vertebral de las finanzas públicas mexicanas. Hoy se parece más a un paciente conectado permanentemente al presupuesto federal. La empresa que alguna vez aportó hasta una tercera parte de los ingresos del gobierno se ha convertido en una organización incapaz de sostenerse sin transferencias multimillonarias de los contribuyentes. Mientras el discurso oficial sigue hablando de soberanía energética, los números cuentan una historia mucho menos heroica.

Las exportaciones petroleras son quizá el mejor retrato de esa caída. En enero de 2026, Pemex exportó apenas 294 mil barriles diarios, uno de los niveles más bajos registrados en décadas. El primer trimestre cerró con un promedio de apenas 405 mil barriles por día, una reducción cercana al 70% respecto a los volúmenes que durante años alimentaron las finanzas nacionales. Paradójicamente, esta debacle ocurre en un contexto de precios internacionales relativamente favorables. Es decir, cuando el mercado ofrece una oportunidad para obtener mayores ingresos, Pemex simplemente ya no tiene suficiente petróleo para aprovecharla.

Las consecuencias aparecen con toda claridad en los estados financieros. Solo durante el primer trimestre de 2026, la petrolera reportó pérdidas cercanas a los 46 mil millones de pesos, superiores incluso a las registradas un año antes. En 2025 acumuló números rojos por más de 45 mil millones de pesos pese a los rescates fiscales, reducciones de carga tributaria y apoyos extraordinarios otorgados por el gobierno federal. Cualquier empresa privada que presentara estos resultados estaría enfrentando una reestructura profunda o una quiebra inminente. Pemex, en cambio, recibe otra transferencia pública y una nueva ronda de discursos patrióticos. No por nada las calificadoras siguen ubicando su deuda en territorio especulativo: un bono basura sostenido con dinero de los mexicanos.

Pero los problemas no terminan en las finanzas. También alcanzan la operación cotidiana de la empresa. El reciente derrame de combustóleo en Salina Cruz, Oaxaca, contaminó calles, arroyos y zonas habitacionales en lo que autoridades locales describieron como la mayor contingencia urbana de hidrocarburos en la historia del puerto. El incidente no fue un accidente aislado, sino parte de una larga cadena de fugas y fallas asociadas al deterioro de la infraestructura petrolera. Durante años se prometió rescatar a Pemex; en los hechos, muchas de sus instalaciones siguen funcionando como monumentos al abandono.

Y mientras la empresa pierde dinero y derrama combustóleo, el huachicol goza de excelente salud. En su reporte anual ante autoridades bursátiles estadounidenses, la propia Pemex reconoció pérdidas por más de 23 mil millones de pesos derivadas del robo de combustibles durante 2025. El dato equivale a casi 20 mil barriles diarios robados. Lo más revelador no es la cifra, sino la admisión de que no existe una mejora sostenida en el combate a este delito y de que personal de la propia empresa y servidores públicos podrían estar involucrados. La promesa era acabar con el huachicol. El resultado es una petrolera que reconoce oficialmente que ni siquiera puede descartar que el saqueo ocurra desde dentro de casa.

Los defensores del modelo responden que todo forma parte de una estrategia de transición hacia una mayor autosuficiencia energética. Suena bien en los discursos. El problema es que la realidad muestra algo distinto. México exporta menos petróleo, mientras las refinerías continúan operando con limitaciones, los proyectos emblemáticos siguen sin demostrar la rentabilidad prometida y los subsidios a los combustibles se mantienen para evitar costos políticos. El resultado es una combinación particularmente costosa: se dejan de obtener ingresos en el exterior, se generan pérdidas en el mercado interno y se incrementa la dependencia del presupuesto federal.

Pemex pudo haberse convertido en una empresa moderna capaz de enfrentar la transición energética, atraer inversión, combatir la corrupción y diversificar sus fuentes de ingresos. Morena eligió otro camino. Convirtió a la petrolera en un símbolo ideológico que debía ser defendido a toda costa, incluso cuando las cifras advertían lo contrario. El problema es que los símbolos no pagan deudas, no reparan ductos y no eliminan el huachicol.

Los números son contundentes. La empresa que alguna vez fue presentada como motor del desarrollo nacional hoy consume recursos públicos que podrían destinarse a salud, educación o infraestructura. Pemex ya no es la joya de la corona que el oficialismo describe en sus conferencias. Se ha convertido en un barril sin fondo cuya factura, como suele ocurrir con los errores de gobierno, terminarán pagando las próximas generaciones de mexicanos.