jueves, junio 11, 2026
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LA SOBERANÍA QUE MÉXICO AÚN TIENE PENDIENTE

Hablar de soberanía en México suele despertar emociones profundas. Es una palabra que evoca la Independencia, la defensa del territorio, la resistencia frente a invasiones extranjeras y el orgullo de ser una nación libre. Durante generaciones hemos aprendido que la soberanía es uno de los valores más importantes de nuestra vida pública; sin embargo, vale la pena preguntarnos ¿qué significa realmente ser un país soberano en nuestros días?

Con frecuencia, la discusión sobre la soberanía se centra en lo que ocurre fuera de nuestras fronteras; nos preocupan las presiones de otros gobiernos, las decisiones de organismos internacionales o la influencia económica de las grandes potencias, son preocupaciones legítimas, y ninguna nación digna debe aceptar imposiciones externas que vulneren su derecho a decidir su propio destino; sin embargo, existe una pregunta más profunda y reflexiva, y, quizá por ello, menos frecuente ¿qué ocurre cuando las amenazas a la soberanía provienen desde dentro? Un país no pierde soberanía únicamente cuando una potencia extranjera interviene en sus asuntos; también la pierde cuando el Estado deja de ser la autoridad efectiva en partes de su territorio. La pierde cuando los ciudadanos viven con miedo de denunciar delitos; la pierde cuando una familia modifica sus rutinas para evitar la violencia; la pierde cuando comerciantes, agricultores o empresarios deben pedir permiso a quienes no fueron elegidos por nadie para ejercer poder sobre una comunidad.

La soberanía no es solamente una bandera ondeando en una plaza pública; tampoco es únicamente un discurso pronunciado desde una tribuna. La soberanía se manifiesta cuando la ley es respetada, cuando las instituciones funcionan y cuando los ciudadanos pueden vivir libres de la intimidación y la violencia. Por eso resulta insuficiente entender la soberanía como una simple defensa frente al extranjero; porque la verdadera soberanía comienza cuando el Estado es capaz de garantizar seguridad, justicia y oportunidades para todos sus habitantes. De poco sirve rechazar cualquier injerencia externa si, al mismo tiempo, existen regiones donde la autoridad legítima enfrenta dificultades para ejercer plenamente sus responsabilidades.

Nuestra Patria es una nación extraordinaria. Posee una riqueza cultural incomparable, una ubicación estratégica privilegiada, recursos naturales valiosos y una población trabajadora y resiliente; sin embargo, durante años hemos confundido, en ocasiones, la defensa de la soberanía con la defensa del orgullo nacional; y aunque ambos conceptos están relacionados, no son lo mismo, porque el orgullo puede sostener discursos; la soberanía exige resultados; porque ser soberanos significa que ningún mexicano tenga que abandonar su tierra por miedo; significa que los jóvenes encuentren oportunidades en la educación y el trabajo antes que en la ilegalidad; significa que las instituciones sean más fuertes que cualquier organización criminal, grupo de interés o poder económico; significa que la ley sea la misma para todos.

También implica asumir una responsabilidad colectiva. La soberanía no es una tarea exclusiva del gobierno; esta se construye desde las escuelas, las familias, las empresas, las universidades y las organizaciones civiles. Y cada vez que normalizamos la corrupción, justificamos la ilegalidad o permanecemos indiferentes frente a los problemas públicos, debilitamos los cimientos de la nación que decimos defender. Quizá ha llegado el momento de replantear la conversación nacional; y hace menos preguntas sobre quién amenaza nuestra soberanía desde afuera y más preguntas sobre qué estamos haciendo para fortalecerla desde adentro; porque la soberanía auténtica no se mide por la fuerza de los discursos, sino por la fortaleza de las instituciones. No se demuestra con consignas, sino con ciudadanos libres, no se conserva mediante símbolos, sino mediante la capacidad de garantizar orden, justicia y prosperidad.

Nuestra Patria merece una discusión honesta sobre este tema, una discusión que vaya más allá de las ideologías y de los intereses partidistas; una discusión que nos recuerde que la soberanía no es un patrimonio de los gobiernos ni de los políticos; porque esta es un derecho de los ciudadanos.

Una nación verdaderamente soberana no es aquella que solamente puede decir “nadie decide por nosotros”, sino aquella que puede afirmar, con plena certeza, que el destino de sus comunidades, de sus ciudades y de su futuro está en manos de la ley, de sus instituciones y de sus ciudadanos. Esta es la soberanía que México ha defendido durante siglos; y también es la soberanía que aún estamos llamados a construir; porque la soberanía no se agota en la defensa de las fronteras; alcanza su plenitud cuando cada ciudadano puede vivir bajo la protección efectiva de la ley, y recordemos que una nación es verdaderamente libre no cuando nadie puede imponerle su voluntad desde fuera, sino cuando nada ni nadie puede arrebatarle la justicia desde dentro.

“Los pueblos suelen creer que la soberanía se pierde cuando otro decide por ellos. Pero su erosión comienza mucho antes: cuando la ley deja de ser el límite del poder y la esperanza deja de ser el patrimonio de los ciudadanos. La soberanía auténtica es la capacidad de una nación para gobernarse a sí misma con orden, justicia y dignidad.” Jcdovala