
“Becarios sí… ¿y luego qué?”
En México se repite, casi como acto reflejo, que los jóvenes son “el futuro”. El problema es que, cuando uno revisa los datos, ese futuro se parece más a un laberinto sin salida. La transición a la vida adulta no solo se está alargando: se está complicando. Y no, no es que “los jóvenes ya no quieran esforzarse”; es que el camino se volvió más empinado… y algunos prefieren fingir que no pasa nada.
La última Encuesta Demográfica Retrospectiva del Instituto Nacional de Estadística y Geografía lo deja claro: solo 16.9% de quienes nacieron entre 1998 y 2007 logró independizarse antes de los 18 años, frente al 31.1% de la generación de 1961 a 1967. En dos generaciones, la independencia temprana prácticamente se partió a la mitad. Los jóvenes estudian más, se cuidan más, planean más… pero salen menos. No por gusto, sino porque cada vez cuesta más hacerlo sin caer en la precariedad.
Mientras tanto, la otra cara del país no espera. Entre los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, las detenciones de jóvenes de 18 a 29 años por delitos vinculados al crimen organizado crecieron casi 150%. El narcomenudeo concentra ya casi 8 de cada 10 capturas, con un aumento de 243%, y los detenidos por homicidio crecieron 86%. Entre menores de edad, la tendencia tampoco da tregua. Pero eso sí: el discurso oficial sigue sonando impecable.
Porque en el país de los eslóganes, basta decir “becarios sí, sicarios no” para suponer que el problema está resuelto. Lástima que la realidad no escuche conferencias mañaneras. Miles de jóvenes siguen encontrando en el crimen organizado lo que el Estado y el mercado no les ofrecen: ingreso, pertenencia y una narrativa de futuro… aunque ese futuro, en muchos casos, no dure más que unas cuantas quincenas.
El mercado laboral tampoco ayuda. De acuerdo con el Inegi, cerca de un tercio de las personas desempleadas tiene entre 15 y 24 años. Y de 23.5 millones de jóvenes, alrededor de 3.7 millones no estudian ni trabajan. Es decir, uno de cada seis está completamente fuera del radar productivo. Luego nos sorprende que alguien más les ofrezca una alternativa.
Frente a este panorama, culpar a los jóvenes es lo más cómodo. Lo serio —y lo incómodo— es preguntarnos qué tipo de país les estamos dejando. Una política juvenil que se tome en serio a la juventud no puede quedarse en becas sin evaluación ni en discursos motivacionales desde el poder.
Se necesitan, al menos, tres cosas. Primero, un pacto nacional por el primer empleo digno, que haga rentable para las empresas contratar jóvenes con seguridad social, salario suficiente y capacitación real. Segundo, programas de prevención del reclutamiento criminal que operen donde ocurre el problema: en barrios, escuelas y familias, no solo en operativos reactivos. Y tercero, una agenda de vivienda y movilidad que permita algo elemental: que trabajar alcance, en unos años, para independizarse sin hipotecar el futuro.
La juventud mexicana no es apática ni perezosa. Es una generación que hace más con menos… y aun así se topa con puertas cerradas. La pregunta incómoda no es qué están haciendo mal ellos, sino qué estamos haciendo mal quienes decidimos las reglas del juego.




