
No nos perturban las cosas, sino nuestros juicios
Epicteto
Sin duda alguna, la vida se desordena con mucha más frecuencia de la que nos gustaría y de la que reconocemos. El desorden puede provenir de acontecimientos traumáticos, de inesperados hechos pequeños o de la pura imaginación. No necesitamos una gran pérdida; un comentario o un gesto puede descolocarnos, lo mismo que una fantasía distópica aislada.
Vamos por la vida con la gran seguridad y el paso firme que nos dan los itinerarios, las rutinas, hasta que algo irrumpe y nos desestructura. Lo primero que se activa y toma vuelo en nosotros es el miedo, mecanismo de defensa integral por excelencia. Pero la mayoría somos más proclives a disfrazarlo para evadirlo, que a detectarlo para aceptarlo, lo que le da más poder.
Pero sigamos hablando de lo que se rompe: el itinerario, ese trayecto diario de actividades que constituye la rutina. Se vuelve tan familiar que deja de ser consciente. Mientras funciona, nos da la sensación de que la vida es predominantemente estable; uno sabe qué hacer, qué esperar, a dónde ir, qué papel ocupa, quién lo necesita, de qué depende su día, qué significa su esfuerzo. En ese quehacer cotidiano somos inconscientes de nuestra fragilidad.
Esa bendita inconsciencia es la que nos mantiene en movimiento. Si nos diéramos cuenta realmente de que cualquier cosa que nos desestructure y cambie todo puede suceder en cualquier momento, estaríamos paralizados de pánico.
En realidad, siempre estamos cambiando sin percatarnos cabalmente de ello. Para empezar, cada día somos menos jóvenes o más viejos, como quiera considerarse. Sin embargo, solemos ver el cambio solo en la sacudida que recibimos para efectuarlo o en esa promesa de transformación que nos hacemos. Sean inesperados o planeados, los cambios, tanto los rechazados como los deseados, nos rompen las seguridades porque nos trastocan el itinerario. Tanto dependemos de este que nos desubicamos o flaqueamos, respectivamente, cuando algo que no previmos nos revuelca la rutina o cuando lo hace aquello que nosotros mismos nos propusimos llevar a cabo.
¿Y nuestra reacción, de rechazo al cambio o de flaqueza en el cambio, se debe solo a un desequilibrio temporal de actividades? Por supuesto que no. El desorden activa situaciones y sentimientos a los cuales los seres humanos somos bastante intolerantes. Por un lado, incertidumbre: ante el no saber qué va a pasar, puede consumirnos la ansiedad. Por otro, el anonadamiento práctico: no sabemos qué hacer con nosotros mismos. Uno más es la pérdida de sentido: para qué vivir o para qué seguir haciendo lo que se hace.
Y, por último, está el abismo en que se precipita nuestra autoestima cuando la pérdida consiste en estatus, es decir, en situaciones, posiciones y circunstancias en las que teníamos depositado el sentido de nuestra propia importancia. Dejar de ser significativos para otros y para nosotros mismos es lo más trágico que le puede pasar a un ser humano.
Por eso una ruptura del itinerario puede vivirse como amenaza contra el valor personal. No se trata solo de que me despidan o de que cese abruptamente una actividad que vengo haciendo desde hace años, quizá toda mi vida, sino de qué haré, quién seré, como solventaré las responsabilidades y compromisos que me dan estatus si ello sucede, cómo me verán los demás, cómo me veré a mí mismo.
Es esta la situación de la que más nos cuesta recuperarnos, porque la pérdida está radicada en la identidad, que tenemos que rearmar para estabilizarnos; para lo cual deberemos adaptarnos a nuestras nuevas circunstancias. Estabilizarse no equivale a recuperar el equilibrio interno. Lo primero puede suceder con una nueva rutina, sin que lo segundo pase. Adaptarse no es resignarse. La resignación es derrota; la adaptación, creatividad.
Cuando buscamos la solución en el itinerario mismo, pero no en aquello que realmente se desordenó: nuestro fuero interno, podemos tardar años en aprender a vivir dentro de una vida que ya cambió.




