
Solo los superficiales llegan a conocerse a sí mismos
Oscar Wilde
El ser humano, sin excepciones, oculta cosas de sí mismo a sí mismo, generalmente las desagradables, pero no falta quien esconde cualidades. En el fondo sabe la verdad, la suya, por supuesto, pero no quiere o, más precisamente, no está listo para admitirla, porque amenaza la estructura de personalidad con la que se identifica su ego o el aparente orden con que lleva su vida o, simplemente, lo obliga a enfrentar sentimientos con los que no puede lidiar, que es por cierto lo que está en la base de todo este ocultamiento.
No se trata, en primer término, de mentirse de manera burda ni de fabricar una ficción completamente ajena a uno mismo y a la realidad, sino de administrar para la propia conciencia, con verdades a medias, aquello que todavía no se puede tolerar del todo o incluso se quiere mantener lo más alejado posible, porque procede de algún trauma.
El mecanismo de defensa que se activa para proteger nuestra psique del shock que nos provocaría lo inadmisible es el conocido como autoengaño, y nadie, absolutamente nadie, se salva de él en alguna medida, porque lo suyo es la verosimilitud. El cuento que nos contamos es tan creíble, que nosotros nos convencemos completamente de él, a pesar del chispazo de conciencia que nos arroja la verdad durante un microsegundo, y que tardamos todavía menos en desconocer y olvidar. Justo este último evento instantáneo es lo que permite el autoengaño. Un segundo más de ver lo que no queremos ver y se nos cae el teatro.
El autoengaño no opera con disparates, sino con razones desplazadas; es decir, explicaciones secundarias que no son enteramente falsas, pero tampoco tocan el centro efectivo de lo que está ocurriendo; no son, pues, la verdadera motivación, porque esa en menos de un microsegundo pasó a formar parte del 90 por ciento de nuestra mente: el inconsciente, el encargado, por cierto, de controlar nuestra vida.
Ese centro efectivo puede ser una verdad amplia, un dato sencillo o incluso una confusión interior que solo se aclara cuando por fin se nombra. Sin importar su magnitud, la psique se protege como si el asunto fuera de vida o muerte. Y sí, para el instinto de sobrevivencia es así. Entrar en pánico y huir o montar en furia y atacar son las dos respuestas que tenemos los seres humanos ante la amenaza. Cuando se trata de nosotros mismos frente a nosotros mismos, la primera es lo común.
Y es que lo que estamos tratando de evitar, fundamentalmente, es sentir vergüenza, envidia, culpa, desprecio por nosotros mismos, miedo, dolor, carencia, escasez, rechazo, desamparo, abandono, entre otros muchos sentimientos angustiantes y, de provenir de una mala experiencia, desoladores.
El ser humano no sabe bien qué hacer con lo que siente. Para empezar, no se ha educado a sí mismo para elaborarlo con claridad, mucho menos para lidiar con ello, porque uno no se puede defender de lo que no conoce. De ahí que hayamos depositado todos nuestros horrores internos en una serie de creaciones monstruosas; es la manera en encarnar el peligro y el mal intrínseco para poder combatirlos, cuando menos míticamente.
De modo que, cuando una verdad incómoda viene cargada de una emoción o un sentimiento difícil de tramitar, la mente consciente tiende a apartarse de ella y producir narrativas que llenen las lagunas, porque si algo entendemos muy bien es que sentir no equivale a comprender lo sentido.
Por eso es importante que cuando nos enfrentemos a los autoengaños ajenos, que son ciertamente muy detectables, pensemos en dos cosas: 1) no se trata de nosotros, la gente no nos quiere mentir ni “ver la cara”, solo no puede enfrentar algo de sí mismo, y 2) tenga presente que usted está en la misma situación, justo porque no se da cuenta.




