
Ocurra lo que ocurra, toma responsabilidad
Tony Robbins
La realidad es compleja por naturaleza. Casi cualquier situación tiene múltiples causas, grados de responsabilidad, contexto, historia y algo que los seres humanos no soportamos durante mucho tiempo: contradicciones, ambigüedades, incertidumbres, imprecisiones. Por eso la complejidad es cara; se paga con ansiedad y angustia. La mente necesita cerrar o, como decimos coloquialmente, que “la cosa le cuadre”.
¿Y cómo hace eso? Bueno, tomando atajos, no para simplificar, pues este es un procedimiento necesario en el proceso cognitivo, sino para torcer la realidad. Lo hace, en primera instancia, tomando partido cuando hay contradicciones y ambigüedades, interpretando a su favor cuando ve imprecisiones y proyectando futuros deseados ante las incertidumbres.
Pero luego viene otro proceso que le permite cerrar “con broche de oro”: buscar culpables. Cuando los hay todo se ordena. Alguien, que no soy yo, lo hizo; alguien debe pagar por ello. No se trata de que asuma su responsabilidad y actúe en consecuencia, sino de que sea castigado, para placer del que exige “justicia”, porque, sí, el castigo ajeno es placentero. Ese es uno de los rasgos predominantes de la crueldad, que a nadie, por cierto, le gusta admitir.
Sin culpable no hay víctima, sin esta no hay moral superior. Por el contrario, el mundo se queda a la deriva ante la posibilidad de ser nosotros mismos los malos, los villanos; por tanto, los condenables, los despreciables.
Los culpables de nuestras desgracias son aquellos que le dan sentido a nuestra vida, porque a través de ellos justificamos el sufrimiento, sin el cual no sabemos vivir. Esa es una realidad descarnada. Cuando no somos víctimas somos responsables. Asumir la responsabilidad implica dejar de estar completamente del lado correcto, ese donde estoy bien, en lo cierto y tengo la razón.
La víctima no sufre un daño y ya, sino que se vuelve una persona moralmente elevada por ello. Sin el culpable de su desgracia, pasa a ser alguien que simplemente vivió algo complejo y tiene que hacerse cargo de procesarlo. Eso lo coloca ante dolor real, fuera del sufrimiento autoinfligido vía la narrativa de victimización. En resumen, sin un villano el cuento que me he contado toda la vida es una mentira y yo vivo, entonces, en el autoengaño. La verdad que hay en esto es algo de lo que casi nadie escapa y solo pocos pueden soportar.
Por eso la mente humana, por lo común, no busca una explicación certera, sino solo creíble, verosímil para su particularidad, porque lo principal es sostener una posición moral clara; si no totalmente impoluta, sí con pequeñas licencias que no le atraigan la temida condena, el destierro del ámbito de pertenencia.
La gente es capaz de sostener un mundo de mentiras con la facilidad con que Atlas carga el mundo, para no ensuciar la imagen que tiene de sí misma. Si tú crees, con toda tu capacidad de autoengaño, que eres el bueno, más de uno te lo creerá.
Cuando muchas personas operan así, la sociedad empieza a funcionar por asignación de culpables, no por comprensión de procesos, y ahí pasan dos cosas: el culpable se vuelve necesario; la “víctima”, reconozcámosla ahora como el autoengañado, determinará el destino de ambos, tanto de aquel que no reconoce la culpa que le atribuyen, como de quien la deposita en él para no asumir responsabilidades. Y entonces nadie avanza. Unos lastran a otros y además exigen su castigo, con indignación que pareciera bien ganada.
Es así que la existencia de culpables estabiliza emocionalmente a la colectividad; a aquella, claro, que clama ver al enemigo en desgracia. La gente se calma cuando sabe a quién odiar.
La fórmula de una sociedad en deterioro es: agravio-culpable-víctima-elevación moral. Si no es el villano quien está obligado a procurarte, o cuando menos compensarte, sobre todo emocionalmente, entonces tienes que hacerte cargo de ti mismo. A eso le teme más que a nada el ser humano.




