
Saltillo es llamada la “Atenas de México” debido a la diversidad de personalidades ilustres en ámbitos culturales, artísticos e históricos que nacieron aquí. Pero, desde mi humilde opinión, este título también se debe a la belleza discreta de las casonas que aún se observan en el Centro Histórico y los alrededores de la Alameda. Al caminar por sus calles, todavía se pueden admirar hermosas fachadas de ladrillo ornamentalmente dispuesto, así como marcos de puertas y ventanas que reflejan el exquisito gusto de aquellos constructores y propietarios. Estas fincas, que se niegan a morir, son testimonio claro de una sociedad que, aunque pequeña, rebosaba vitalidad y miraba al futuro con confianza.
Sin embargo, las cosas han cambiado. El crecimiento acelerado de la ciudad, desafortunadamente, no ha ido a la par de la educación ciudadana, a pesar de los esfuerzos realizados por diferentes instituciones, por ofrecer actividades culturales de calidad. Por ejemplo, de la otrora hermosa calle Victoria ya no queda ni el recuerdo: sus banquetas, manchadas de grasa, se han transformado en un tianguis. El mal estado de las calles, aunque parezca un tema menor, tiene un alto impacto psicológico. Como saltillense, duele ver sectores sucios, paredes grafiteadas y ventanas rotas por el pandillerismo. Todo esto transmite una sensación de abandono y de desorden en muchas colonias y barrios que inevitablemente, conduce a la decadencia.
Cuando el desorden se normaliza, la gente se acostumbra. Primero aparecen los delitos menores y, después, los de mayor escala. El caos no genera progreso porque un edificio descuidado transmite anarquía. Una calle sucia invita, inconscientemente, a tirar más basura; cuando alguien arroja desperdicios desde un vehículo, lo hace porque el entorno susurra: “aquí todo se vale”. El sentido común nos dicta que los seres humanos imitamos lo que vemos.
Si el entorno influye en nuestra forma de ser, pensar y comportarnos, ¿qué sucederá si seguimos tolerando el caos y la corrupción? Simplemente se generará más de lo mismo. ¿Qué pasa si no reparas lo que se rompe, ni ordenas el caos? La respuesta es evidente tu estándar y calidad de vida decae. En lugar de avanzar, nos estancamos. El desorden es contagioso y nos lleva a la decadencia, nunca al progreso. No olvidemos que somos el resultado del sistema que toleramos y alimentamos. Comencemos en poner orden en pequeños aspectos y áreas de nuestra vida, eso esta en nuestras manos.




