¿Y si dejas que la vida te sorprenda?
¿Te ha pasado que, en muchas ocasiones, por más que te esfuerces, las cosas no salen como te gustaría?
Y gastamos mucha energía, mucho tiempo; nos preocupamos y pasamos noches eternas tratando de encontrar una respuesta y una luz en el camino que nos diga qué rumbo tomar y poder solucionar las cosas.
Por lo general, esto sucede cuando, en alguna situación, están implícitas las acciones de terceras personas. Cambiar es fácil cuando se trata de uno mismo: requiere de fuerza de voluntad, de cambiar nuestra actitud y de tener coherencia y consistencia en nuestras acciones.
Pero ¿qué sucede cuando enfrentamos una situación en la que se involucran otras personas? Ya sea de nuestra familia o nuestro trabajo, en donde vemos que las cosas están tomando un rumbo que sólo nos permite vislumbrar un desenlace oscuro, peligroso o de pérdida. Y las cosas no cambian: comunicas, accionas, pero no hay un eco que sostenga todos tus esfuerzos…
La incertidumbre nos ahoga, el miedo se aprisiona de las partes más vulnerables de nosotros, y nos sentimos perdidos, desolados y desesperanzados. Y sólo nos queda una salida: aceptar y soltar… soltar el control, soltar las expectativas y dejar que las cosas sucedan como tienen que suceder.
Y es que, hay ocasiones en que la vida primero nos susurra, y luego nos lo muestra de la manera más implacable, de que, por ajustarnos a cómo “deben” o “queremos” que sean las cosas, tenemos que apartarnos y hacernos a un lado.
En esos momentos, si nos aferramos, las cosas no salen, las personas no cooperan, y no como un castigo, sino para recordarnos que nos hemos olvidado de nosotros mismos, que tal vez nos estábamos haciendo pedazos por tratar de completar a otros… y la vida nos da la invitación de volvernos a priorizar, a ponernos en primer lugar.
En esos momentos, aunque parezca absurdo, requerimos de dar un salto al vacío, a un lugar en el cual no sabemos en dónde vamos a caer o si, en algún momento, llegaremos a algún lugar…
Muchas veces no permitimos que la vida nos ayude porque pretendemos controlarlo todo. Olvidamos, por unos momentos, que Dios tiene el control absoluto de todo, que todo lo ve, y que, bajo nuestra perspectiva muy corta, no podemos vislumbrar los horizontes que Él ya conoce.
Cuando tomamos consciencia de eso, y soltamos el control en manos de Dios, es cuando damos un salto de fe. Una fe adulta, que requiere no conocer los resultados, pero confiar en que, sean los que sean, son los que van a ser más benéficos para nosotros. Es fácil tener fe cuando sabemos que las cosas van a terminar “bien”, pero la fe verdadera y sólida requiere dar ese salto al vacío.
Existen dos maneras de enfrentar los problemas que parecen no tener salida: una es cuando puedes influir en ellos y, la otra, cuando no está en tus manos solucionarlos.
Cuando ya has hecho todo lo que estaba de tu parte, y el resultado que esperas depende de la voluntad de otras personas o de situaciones que no están bajo tu alcance, en ese momento es cuando debemos aceptar y confiar: Dar el salto de fe
Cuando aprendemos a aceptar y soltar el control a Dios y a la sabiduría de la vida, es cuando permitimos que las cosas pasen. Pero no de una manera derrotista, sino confiando en que, mientras vuelves a seguir con tu vida y volver a construir tus sueños, creciendo y volviendo a ser feliz, Dios se ocupará de sus otros hijos y acomodará las cosas.
Al hacerlo, pueden suceder estas dos cosas: escuchas el mensaje de que aquello a lo que tanto te aferrabas no era para ti o, al paso del tiempo, no te iba a ser benéfico y comienzas a generar una nueva ruta de vida.
Y, en el segundo caso, cuando comienzas a ser feliz, a volver a voltear a verte, a generar una vida que te de plenitud, las personas se alinean, les inspiras con tu felicidad… y quienes no te escuchaban, cambian. Ya sea contigo, o sin ti.
Recuerda: podemos inspirar e influir en las personas, pero no nos corresponde “salvarlos” ni “cambiarlos”. Esa es responsabilidad de ellos.
La primera responsabilidad que obtuviste cuando naciste fue la de cuidar de ti mismo. Y, al parecer, lo vamos olvidando con el tiempo: cuando tú estás bien, todo está bien.
Entonces, atrévete a ponerte en primer lugar, en un sentido sano, y aprende a crecer en las situaciones que no cambian. Tal vez la vida te está susurrando que requieres cambiar tu manera de pensar, o aprender cosas nuevas, salir de entornos que no te favorecen o, finalmente, ocuparte de ti mismo y recuperar tus sueños e ilusiones.
Confía en Dios y ábrete a su guía. Él te dirá en qué momento puedes generar una acción que inspire, que potencie y que pueda ayudar. Y, mientras ese momento llega, sigue viviendo, construyendo tu presente y tu futuro, siendo la mejor versión de ti mismo.
Al dar el salto al vacío, ese salto de fe, confía en que las manos de Dios te sostendrán y te llevarán al mejor lugar en el que puedas estar.





