Sin caos no hay creación
Nietzsche
La palabra agenda suele asociarse a citas, compromisos formales o vidas particularmente activas. Sin embargo, en sentido estricto, casi nadie vive sin agenda. Tenerla es una condición ordinaria de la vida humana. No hay que llevarla en un cuadernillo, con la costumbre basta.
Solo algunas situaciones límite, como la indigencia absoluta, la hospitalización prolongada o la anulación extrema de la autonomía, suspenden por completo la organización del tiempo. Fuera de esas excepciones, todos tenemos una agenda, aunque sea mínima y rutinaria.
Levantarse a cierta hora, bañarse, preparar alimentos, trabajar, limpiar la casa, sacar a los perros, hacer compras e incluso ver televisión por la tarde es agenda. No tiene que ser algo planeado con antelación, solo el quehacer habitual que nos da certezas, seguridades y hace la vida predecible, manejable. La agenda es, pues, una herramienta elemental, planificada o dada de antemano, para estructurar tanto la vida cotidiana como un día inusual y muy agitado.
A la agenda la damos por hecha, pero cuando no la tenemos podemos enloquecer. Aquella mañana en que se encuentre usted ante un día entero, o peor, una vida por delante, en que no pueda realizar ninguno de sus quehaceres habituales, sabrá lo que es el pánico. No exagero. Es distinto cuando no tenga que hacerlo, porque solo pensará que está en posibilidades de descansar.
Gracias a la agenda la mente puede operar sin permanecer en estado de alerta permanente. El cerebro humano necesita esa estructura, necesita saber qué sigue, qué se espera, qué corresponde hacer después. Cuando esas coordenadas existen, la vida se vuelve practicable, el tiempo deja de sentirse caótico, las acciones no parecen arbitrarias; aparece una coherencia mínima entre pasado, presente y futuro, hay una historia para ser narrada, a partir de la cual construimos una visión del mundo y una filosofía personal, para darle sentido a la existencia, es decir, para experimentar que vale la pena vivir, si es usted optimista, o que no lo vale, si es pesimista.
Mientras la estructura funciona, la vida se sostiene sin necesidad de formular grandes interrogantes. Cuando la estructura se altera o se pierde, la pregunta emerge de golpe y se vive como vacío, desorden o amenaza.
Ese vacío no es, en principio, existencial. Es estructural. Lo que falla primero no es el sentido, sino la organización del tiempo. Confundir ambas cosas conduce a errores de diagnóstico. Se busca “sentido” cuando lo que falta es estructura; se espiritualiza lo que es una desregulación cotidiana; se dramatiza una transición que pertenece al orden de los hábitos.
La agenda, además, no es neutral. El uso prolongado de una estructura externa puede convertirse en dependencia. No patológica, sino funcional y socialmente aceptada. Cuando alguien ha vivido durante años con una agenda intensa y altamente organizada, su ausencia genera inquietud inmediata. El cuerpo acusa recibo antes que la reflexión. Aparecen ansiedad, desorientación y una sensación difusa de inutilidad temporal. No porque la vida haya perdido valor, sino porque perdió su forma conocida.
En cualquier caso, la interrupción abrupta de nuestros quehaceres acostumbrados causa un gran malestar, pero es mucho más complicado cuando se trata de una de esas agendas tan complejas que hacen que dejemos de apreciar las cosas simples y rutinarias de la vida, como bañarnos, alimentaros, peinarnos y vestirnos. Eso es porque sentirnos “muy ocupados” hace que nos creamos “muy importantes”.
Así pues, la agenda, por sencilla que sea, nos permite levantar toda la estructura que le da sentido a la vida, pero también aquella en la que acostumbramos basar el sentido de nuestra propia importancia.
Si alguna vez sufre la pérdida forzada de su agenda, acuérdese de este artículo y del siguiente consejo: no busque irreflexivamente qué hacer para calmar el malestar emocional. Tampoco intente forzarse a “fluir”. Eso puede ser incomprensible en primera instancia y, por tanto, muy estresante. Siéntese, acepte el caos, recapitule, reflexione y replantee su vida.





