jueves, enero 15, 2026
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AVISO DE CURVA

Aranceles a China, sálvese quien pueda

México hizo sonar los cañones del proteccionismo para dar la bienvenida al 2026. La imposición de fuertes aranceles a China y a otros países sin tratados comerciales —incluido Brasil, una nación con la que guarda cierta afinidad ideológica— hizo mucho ruido tanto en el ámbito local como en el internacional.

La medida resultó controvertida y, para muchos, arriesgada. Analistas y una buena parte de la comunidad internacional, fuera de Estados Unidos, coinciden en que las autoridades mexicanas tomaron riesgos innecesarios.

China es una potencia global, sobra decirlo. Su mercado es colosal y sus importaciones crecen y se diversifican día a día. Su presencia se extiende por todos los continentes; invierten y comercian a raudales.

Y qué decir de la competitividad de su industria automotriz. En poco tiempo, sus vehículos han ganado terreno a las marcas coreanas, japonesas y, en ciertos segmentos, a las estadounidenses y europeas. Los consumidores mexicanos pudieron adquirir automóviles a mejores precios. Con los nuevos aranceles, sin embargo, ese ahorro terminará en manos del gobierno.

Hay más razones, pero estas son suficientes para advertir que los nuevos aranceles podrían comprometer las aspiraciones de México de reducir su dependencia del mercado estadounidense y de fortalecer su presencia en otros mercados, particularmente el asiático, tal como lo dicta el “Plan México”.

El gigante asiático podría responder en cualquier momento con una escalada arancelaria o, peor aún, redirigir sus inversiones hacia otros destinos. África y sus llamados “Leones Africanos” se vuelven cada vez más interesantes para las autoridades de Pekín.

China sostiene que México no ha ofrecido una explicación económica convincente que justifique la medida dentro del actual sistema de comercio global. El riesgo de ruptura es latente.

De hecho, algunos especialistas han encontrado algo que llama la atención en los argumentos oficiales: las mismas razones económicas que México exigió a Estados Unidos cuando se incrementaron los aranceles al acero y aluminio mexicanos —y que nunca llegaron— son hoy las que China sigue esperando escuchar del gobierno mexicano.

Algo similar ocurrió cuando Ecuador anunció un aumento de aranceles a productos mexicanos, justificándolo en una balanza comercial deficitaria. En aquel entonces, el Gobierno de México desestimó el planteamiento ecuatoriano. Lo curioso es que ese mismo argumento —el déficit comercial— sea ahora el principal sustento utilizado por México para justificar los aranceles frente a China.

Cobra sentido entonces que tanto autoridades chinas como algunos analistas nacionales hayan dejado entrever que detrás de esos gravámenes pesaron más consideraciones políticas que razones estrictamente económicas o comerciales. Para estas voces, la decisión parece más bien un guiño a Washington en vísperas de una eventual renegociación del T-MEC.

Sin embargo, si ese fuera el caso, la estrategia política parece que no servirá de mucho. Donald Trump acaba de declarar que Estados Unidos no necesita ni al T-MEC ni a los autos fabricados en México.

Palabras previsibles, muy al estilo del magnate, pero suficientes para colocar a México en una posición de desventaja. Más aún, dichas declaraciones se produjeron apenas después de una llamada telefónica con la presidenta Claudia Sheinbaum.

¿Qué sentido tiene cerrar el paso a los vehículos y otros productos chinos? Si las negociaciones fallan, México podría quedarse sin T-MEC, sin China y sin aliados como Brasil. El país habría entrado, innecesariamente, en un juego de sálvese quien pueda. Vaya lío.