Donde no todo es lo que parece…
Se levantó la lona y apareció el acto estelar. No hubo red de seguridad ni domadores de fieras: hubo abogados. En la carpa de Jurisprudencia, donde se supone que se enseña a domar conflictos con códigos y procedimientos, los ánimos se soltaron como leones sin jaula. El resultado fue el que ya conocemos: gritos, golpes y vergüenza pública.
El libreto no es nuevo. Desde hace años, el circo funciona por clanes, pequeñas compañías rivales que se disputan el centro de la pista (Jurisprudencia). El columnista Paco de la Peña, lo dejó claro: la confrontación es constante y las pasiones no caben en los pasillos; se desbordan. Y cuando se desbordan, no hay alegatos ni amparos: hay sillazos.
El encontronazo más reciente no nació en el Colegio de Notarios donde se llevaba la toma de protesta; viene del camerino universitario. Ahí donde se maquillan maestros y se ensayan cátedras, se arrastran rencillas viejas, sanciones mal digeridas y derrotas legales que no se aceptan. Dos artistas de mecha corta coincidieron en la misma pista y el número terminó a golpes. El público —estudiantes, colegas, sociedad— miró atónito cómo la toga y camisa se rompía y el saco volaba, mientras la sangre manchaba el tapete.
En cualquier circo serio, el maestro de ceremonias corta el acto cuando hay riesgo. Aquí no. La función siguió. Y eso es lo verdaderamente grave: no el primer golpe, sino la ausencia de dirección. Porque cuando nadie pone orden, el circo se gobierna solo y el espectáculo degenera.
Los rumores dentro de la Facultad de Jurisprudencia —persistentes, corrosivos— hablan de un ambiente intratable: acoso escolar, conductas misóginas, silencios cómplices; inclusive hasta discriminación, porque si eres güerito eres bienvenido. Si todos lo sufren, nadie se atreve a denunciar; y si nadie denuncia, el circo se normaliza. Así, el trapecio de la ética se oxida y el equilibrio se pierde; que les falta a los alumnos y maestros para hacer su denuncia, obviamente: el ejemplo.
La pregunta no es quién ganó el round. La pregunta es quién perdió la autoridad. Una Facultad que forma juristas no puede convertir el aula en ring ni la cátedra en función de lucha libre. La ley no se aprende a puñetazos; se aprende con ejemplo.
Bajen la lona, revisen la jaula y cambien al director de pista si hace falta. Porque mientras Jurisprudencia siga vendiendo golpes como espectáculo, la justicia saldrá del circo cojeando. Y ese, créalo, es un número que nadie debería aplaudir.
“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos”
Escribe tus comentarios a chinoky@me.com





