
No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que
nos decimos acerca de lo que nos sucede
Epicteto
Contrario a lo que solemos pensar, estamos muy lejos de ser dueños de nosotros mismos. Tal cosa exigiría, en primer lugar, autodominio, y el autodominio, a su vez, presupone una capacidad sostenida de regulación emocional. Nada de eso ocurre de manera espontánea. No vivimos guiados por el raciocinio, como nos gusta creer. Su función principal no es dirigir la conducta, sino justificar nuestras reacciones.
Reaccionar no es un defecto moral ni una falla del carácter. Es el modo primario de funcionamiento del sistema humano. Antes de pensar, de evaluar o de decidir, el cuerpo ya ha dado una respuesta automática. El problema no es que reaccionemos, sino que rara vez advertimos desde dónde lo hacemos.
Solemos imaginar la reactividad como una respuesta al estímulo presente: algo ocurre y algo en nosotros responde. Sin embargo, gran parte de las reacciones humanas no se activan por lo que sucede, sino por lo que anticipamos que podría suceder. El cerebro no espera el daño, lo ensaya. Simula escenarios, calcula desenlaces posibles y reacciona a esas simulaciones como si fueran hechos consumados. El cuerpo entra en alarma no frente a la realidad, sino frente a una hipótesis.
Aquí aparece una diferencia decisiva entre la reactividad básica y la reactividad propiamente humana. No reaccionamos solo a lo que percibimos, sino a lo que recordamos, a lo que tememos, a lo que creemos que siempre ocurre. La experiencia pasada, la expectativa futura y la narrativa personal se superponen, de modo que el presente queda supeditado a un tiempo que no está ocurriendo. Reaccionamos no al mundo, sino a una historia sobre el mundo.
Cuando esta dinámica se repite, el ensayo del daño deja de ser un recurso adaptativo y se convierte en un guion. El sistema no solo se prepara para el golpe, sino que comienza a necesitarlo. No porque lo desee, sino porque confirma una identidad: “Ya sabía que iba a pasar esto”, “siempre termina igual”, “conmigo es así”. El drama personal no nace del daño vivido, sino del daño ensayado y confirmado una y otra vez como verdad subjetiva.
En resumen, la reactividad humana no se limita a responder a lo que ocurre, sino que se organiza como un sistema anticipatorio que ensaya el daño, reacciona a ese ensayo y, al hacerlo, construye el drama personal como forma de identidad.
Esto explica por qué muchas personas viven en estado de tensión incluso cuando nada grave ocurre, y por qué la regulación resulta difícil de sostener. No se trata únicamente de aprender a calmar el cuerpo, sino de cuestionar la historia que mantiene activa la reacción. La reactividad deja de ser solo un reflejo fisiológico y se convierte en una estructura identitaria: reacciono porque así me reconozco, porque así me explico, porque así mantengo coherencia conmigo mismo.
Regular, en este contexto, no significa eliminar la reactividad ni aspirar a una calma permanente. Significa algo más incómodo: dejar de reaccionar automáticamente a los ensayos internos como si fueran hechos externos. Implica crear un margen no solo entre estímulo y respuesta, sino entre anticipación y obediencia. No toda alarma merece crédito. Pero eso va para la próxima columna.
La dificultad no está en reaccionar, sino en advertir cuándo ya no reaccionamos al presente, sino a una escena previa que necesita repetirse para sostener una identidad. Mientras esa escena gobierne, el raciocinio seguirá llegando tarde, cumpliendo su función habitual: explicar por qué reaccionamos como reaccionamos. Y mientras tanto, seguiremos creyendo que decidimos, cuando en realidad respondemos.
La pregunta que queda abierta no es cómo dejar de reaccionar, sino una más exigente: ¿qué historia necesita nuestro sistema para seguir reaccionando de la misma manera? Porque abandonar la reactividad no es perder una defensa; es arriesgar una identidad. Y eso, casi siempre, asusta más que el daño que llevamos años ensayando.




