POR JORGE SADI DURÓN
La inteligencia artificial, un mundo de posibilidades y displicencia
La inteligencia artificial (IA) es el sueño humano de generar un “ente” hecho a su imagen y semejanza que cumpla tareas tediosas.
Los smartphones, las redes sociales digitales, incluso los gadgets electrónicos más sencillos, han sido pilares para que la IA, que conocemos ahora funcione. La inteligencia artificial, que estamos esperando (robots autómatas, máquinas que hagan todo por nosotros,) está en desarrollo desde inicios de Siglo XX y con algoritmos a partir de finales de ese mismo siglo. Hoy, en el Siglo XXI, pasamos de lo puramente físico y algorítmico a los simbólico: el pensamiento abstracto.
La inteligencia artificial ha avanzado en el área de la creación científica y artística de formas sorprendentes, basta con escribir unas cuantas palabras para crear una imagen o un video; a partir de una frase la IA puede desarrollar un texto completo. Incluso revisiones y charlas realísticas permiten al inmerso en el mundo de las plataformas y redes desarrollar temáticas que no conoce: he aquí lo efímero de la respuesta, pero queda ahí, y el siguiente comando es “pon la canción fulana.”.
El panorama que se presenta ante nosotros tiene múltiples vías:
1.- Puede servir como herramienta para desarrollar ideas propias y generar contenidos o formas inverosímiles, es decir, para nuestra capacidad de creación.
2.- Puede conducir a una dependencia para la creación de textos que la IA produce parafraseando o citando textualmente investigaciones o publicaciones, situación que nos puede meter en problemas de plagio.
- Puede llevarnos a un mundo amplio de ideas multiplataforma y a un multiverso de posibilidades y, a la vez, amarrarnos al conformismo y la facilidad de creación no humana.
El balance sobre el uso de la herramienta IA, diseñada algorítmicamente por una persona o grupos de personas con intereses diversos (no siempre bien definidos), puede llevarnos a una época de creatividad aumentada, o bien a la flojera constante y la dependencia de la tecnología para pensar. El dilema de la ética de la IA radica en los valores y principios tanto del creador como del usuario.
El capitalismo juega a que no pensemos y sólo emitamos comandos, a meta-estimularnos para continuar en el gusto y gasto en redes y plataformas. A no enfrentar la realidad con una idea propia, sino a buscar ideas dónde aún hay probabilidades creativas.
Debemos balancear el uso tradicional de nuestro conocimiento y las ventajas del mundo digital, y pensar también en el impacto que estas tecnologías implican, en lo económico, social, cultural, cotidiano, artístico y científico. El “ser” de lo humano es lo que no tiene el algoritmo de la IA…aún
IA es un tema de debate actual de múltiples aristas entre periodistas y creativos (consulte a su bando preferido: Chat GTP vs Deep Seek, entre otras) pero aquí llegamos a la pelea de Ser Humano pensante, versus la Inteligencia Artificial “ilimitada”. La IA, tiene sus limitantes basadas en quién la crea y cómo lo hace, desde aspectos comerciales, políticos y sociales, entre otros. La realidad que percibimos a través de las redes y plataformas y de lo que hacemos con la IA, puede no ser precisamente algo innovador, sino copias y estereotipos positivos y negativos que nos afecten a unos u otros de maneras diversas. Desde la desinformación, el racismo, hasta el conocimiento científico, el pacifismo, y más.
El problema de los datos cuantitativos que nos arrojan las investigaciones apunta a usos perniciosos, lúdicos, de autocomplacencia y ocio por parte de la mayoría de la población, que, aunque no completamente malo, acusa falta de responsabilidad.
Es un tema para muchas letras, ahorita sólo rascamos un poquito.
Facultad de Ciencias Política y Sociales. UAdeC Laguna
Jorge_sadi@uadec.edu.mx





